Elecciones y ética
01/10/2010 - 09:45
CARTAS AL DIRECTOR
JOSÉ SÁNCHEZ GONZÁLEZ - Obispo de Sigüenza-Guadalajara
Metidos en la campaña previa a las Elecciones Generales del próximo día 9 de Marzo, a nadie se le oculta que se trata de un proceso complejo, que está regulado por leyes y normas, a fin de que se desarrolle dentro del marco que exige un acontecimiento social de tal envergadura y conduzca a la meta deseada de unas elecciones en paz, justicia y libertad.
En definitiva, como toda actividad humana, también una campaña electoral y unas elecciones han de estar reguladas por unos principios y normas de naturaleza jurídica, ética y moral que garanticen los derechos de todos, eviten posibles perjuicios y riesgos y se salve el bien común, que está por encima de intereses egoístas, de partido o de grupo.
Un principio, comúnmente admitido es el de la verdad. Aunque, a veces, por desgracia, no sea respetado, tampoco en una campaña electoral se puede mentir. El votante tiene derecho a conocer la verdad de las propuestas, de los programas, de las promesas y de las posibilidades reales de cumplirlas.
Un segundo principio es el de la justicia. El respeto a este principio obliga a los candidatos a evitar toda ofensa personal, difamación o calumnia, la humillación y el desprecio, y a mantener siempre el bien común por encima de los intereses personales y de partido.
En relación con las promesas, no deben hacerse aquellas cuyo cumplimiento constituya la violación de derechos de terceros Y, si se hacen, no hay obligación de cumplirlas. Desde que Herodes mandó decapitar a Juan el Bautista, para satisfacer la petición de una bailarina a la que previamente había hecho la promesa, con juramento, de darle lo que le pidiese, tenemos claro, si antes no lo estaba ya, que hay promesas que no se pueden hacer, y, si se hacen, no hay obligación de cumplirlas, cueste lo que cueste. No es la norma suprema de comportamiento lo que uno promete sino lo que debe hacer, lo haya prometido o no.
Un principio poco tenido en cuenta en las campañas electorales es que la legítima atención a los intereses del propio país no puede hacer perder de vista la solidaridad internacional o mundial. Por desgracia, no suele ser tema de campaña la ayuda más generosa al desarrollo. Aspecto éste tan importante y necesario a la hora de afrontar el fenómeno de las migraciones y la acertada y necesaria actuación sobre sus causas.
Todos coincidimos en que el respeto a los demás es un buen principio en una campaña electoral y siempre, y así lo pedimos y exigimos. Pero perdería toda autoridad quien pidiera a los demás el respeto que él no les tuviera.
Otro principio elemental es el de la sobriedad en el gasto de la campaña electoral. No se pueden gastar en imagen, en propaganda, en pura parafernalia los recursos que necesitan los sectores más humildes de nuestra sociedad o de otras zonas del mundo.
Por lo que se refiere a la religión - católica y otras - y a sus instituciones, no es bueno que la cuestión religiosa sea materia de confrontación en una campaña electoral. Han de evitarse no ya sólo el odio, sino también la burla, la descalificación, la falta de respeto, la infravaloración de la religión y de sus símbolos, de sus ritos, de sus fieles y de sus autoridades. La agitación de la cuestión religiosa por parte del poder suele traer fatales consecuencias para la seguridad, incluso para la integridad física de personas y bienes, para el equilibrio de una sociedad y para la paz. Y el desprestigio de las autoridades religiosas suele repercutir en el desprestigio de la autoridad en general.
Finalmente, los candidatos a ejercer una función pública han de tener siempre en cuenta que los que aspiran a ocupar puestos con responsabilidad pública deben constituir para sus conciudadanos un ejemplo de respeto, de educación y de buenas maneras en el trato con sus adversarios políticos, con las personas diferentes y con los que piensen de distinto modo.
A los que no estamos implicados en la campaña electoral como protagonistas nos corresponde hacer el esfuerzo por conocer las propuestas reales de las diversas ofertas políticas, discernir en conciencia, votar en libertad y pedir al Señor por un proceso correcto de las próxima Elecciones Generales y de la campaña iniciada.
Un principio, comúnmente admitido es el de la verdad. Aunque, a veces, por desgracia, no sea respetado, tampoco en una campaña electoral se puede mentir. El votante tiene derecho a conocer la verdad de las propuestas, de los programas, de las promesas y de las posibilidades reales de cumplirlas.
Un segundo principio es el de la justicia. El respeto a este principio obliga a los candidatos a evitar toda ofensa personal, difamación o calumnia, la humillación y el desprecio, y a mantener siempre el bien común por encima de los intereses personales y de partido.
En relación con las promesas, no deben hacerse aquellas cuyo cumplimiento constituya la violación de derechos de terceros Y, si se hacen, no hay obligación de cumplirlas. Desde que Herodes mandó decapitar a Juan el Bautista, para satisfacer la petición de una bailarina a la que previamente había hecho la promesa, con juramento, de darle lo que le pidiese, tenemos claro, si antes no lo estaba ya, que hay promesas que no se pueden hacer, y, si se hacen, no hay obligación de cumplirlas, cueste lo que cueste. No es la norma suprema de comportamiento lo que uno promete sino lo que debe hacer, lo haya prometido o no.
Un principio poco tenido en cuenta en las campañas electorales es que la legítima atención a los intereses del propio país no puede hacer perder de vista la solidaridad internacional o mundial. Por desgracia, no suele ser tema de campaña la ayuda más generosa al desarrollo. Aspecto éste tan importante y necesario a la hora de afrontar el fenómeno de las migraciones y la acertada y necesaria actuación sobre sus causas.
Todos coincidimos en que el respeto a los demás es un buen principio en una campaña electoral y siempre, y así lo pedimos y exigimos. Pero perdería toda autoridad quien pidiera a los demás el respeto que él no les tuviera.
Otro principio elemental es el de la sobriedad en el gasto de la campaña electoral. No se pueden gastar en imagen, en propaganda, en pura parafernalia los recursos que necesitan los sectores más humildes de nuestra sociedad o de otras zonas del mundo.
Por lo que se refiere a la religión - católica y otras - y a sus instituciones, no es bueno que la cuestión religiosa sea materia de confrontación en una campaña electoral. Han de evitarse no ya sólo el odio, sino también la burla, la descalificación, la falta de respeto, la infravaloración de la religión y de sus símbolos, de sus ritos, de sus fieles y de sus autoridades. La agitación de la cuestión religiosa por parte del poder suele traer fatales consecuencias para la seguridad, incluso para la integridad física de personas y bienes, para el equilibrio de una sociedad y para la paz. Y el desprestigio de las autoridades religiosas suele repercutir en el desprestigio de la autoridad en general.
Finalmente, los candidatos a ejercer una función pública han de tener siempre en cuenta que los que aspiran a ocupar puestos con responsabilidad pública deben constituir para sus conciudadanos un ejemplo de respeto, de educación y de buenas maneras en el trato con sus adversarios políticos, con las personas diferentes y con los que piensen de distinto modo.
A los que no estamos implicados en la campaña electoral como protagonistas nos corresponde hacer el esfuerzo por conocer las propuestas reales de las diversas ofertas políticas, discernir en conciencia, votar en libertad y pedir al Señor por un proceso correcto de las próxima Elecciones Generales y de la campaña iniciada.