Escrito en la arena
Este verano he tenido tiempo de pisar la arena de la playa. Y lo he podido hacer en la del Cargador, de Alcossebre, un lugar medio perdido de la provincia de Castellón, donde cada vez llega más gente. Y donde he tenido oportunidad de pasar buenos momentos con escritores y escritoras de mi tierra.
El verano, y sus calores, se olvidan con la charla. Bien sentados, en la muelle arena, o bien andando, al estilo greco de los peripatéticos, he tenido oportunidad de encontrarme con amigos y amigas que pasan sus días de descanso en este enclave de la costa mediterránea española. Donde algunos vienen a descansar, y la mayoría siguen ocupándose en llenar de quehaceres las horas de sus días.
Yo tuve la suerte, hace años, de contactar aquí con Pedro Pérez Fuertes, cronista que fue de Molina de Aragón y su Señorío. Pedro era médico, –pediatra concretamente en el Centro de Salud de Vinaroz, y tenía casa en lo alto de la sierra de Irta, en la Urbanización “El Pinar” que pudo construirse después de un incendio de los bosques que cubrían la vertiente marítima de esa sierra. De esos incendios ha habido muchos, y sigue habiéndolos, con los mismos objetivos: limpiar de vegetación verde los espacios donde poder construir luego urbanizaciones. Pedro llegó a escribir dos estupendos libros, que me leí enteros, y que me permitieron aprender más cosas del ámbito molinés. Fueron estos: “Molina, reino de taifa” y “Síntesis histórica-política y socio-económica del señorío y tierra de Molina”. Pero Pedro murió pronto (el terrible glioblastoma prefrontal) y hoy solo me queda su evocación amistosa. Como la de Ángel Sanz Megino, también molinés, de Peralejos, con quien me hice andando muchos largos de playa. Él siempre me contaba que preparaba una gran historia de su pueblo, Peralejos de las Truchas, y yo le animaba y orientaba. Al fin la hizo, se la publiqué, y poco después murió, en este mismo año, aunque con esa perenne empresa en la mente, que al fin pudo cumplir.
Alcossebre. La ermita de San Antonio en Capicorb.
Hace años que apareció por aquí, –y con él pude disfrutar de paseos en el puerto deportivo y paellas en el Montemar de entonces- el médico y escritor Carlos Doñamayor Hernández. Muchas horas pasadas en común, y muchas deducciones en torno a la poesía, la literatura y las sentencias, porque su obra (Hasta que el tiempo vuelva, El eco trascendido, Cicatrices de silencio entre otras) refleja su forma de ser, que es certera y clara.
Otro año más he tenido la oportunidad de charlar con Juan Laborda Barceló, en ese lugar íntimo y difícil de calificar que es la terraza de “El Ancla”, frente a la playa, en lo más alto de la quinta que tiene su madre abierta a la humedad y el sonoro batir de las olas. Con algún invitado venido de América, hemos recuperado ese placer de la charla “de todo y sin cortes” en el que hemos sacado mil temas, por ejemplo el que esos días nos preocupaba, el de las recreaciones culturales que poco a poco se van generalizando, o el de la memoria de Pérez Galdós reflejada en el cine, las películas y el lenguaje cinematográfico. Precisamente en una tierra, esta levantina de palmitos y torreones, en la que otro grande de las pantallas, Luis García Berlanga, compuso sus mejores obras hace ya decenios (Calabuch, Novio a la vista o el León de ojos tristes al que Manolo Vicent eternizó en el Voramar de Benicassim. Estando en Alcossebre y charlando con Juan Laborda, uno evoca sin querer su obra “Paraíso imperfecto” en la que este costado de la costa es protagonista palpitante y obsesivo.
La playa del Cargador presidida por la Villa Llansola es un buen lugar para la charla y la meditación.
Por el paseo marítimo de Alcossebre me he encontrado muchas veces con Juanjo Bermejo Millano, budiero que pasa en este pueblo cada vez más tiempo. Con él escribí la Historia de Budia, corazón de la Alcarria y él se dedicó a memorar los puentes, y las fuentes, de nuestra provincia, en libros grandiosos e ilustrados. Bermejo es buen conversador, porque lleva en su memoria mil caminos.
En el mismo borde del mar, pisando espumas, he seguido meditando con Antonio González, abogado del Estado y Gran Cruz de la Orden de San Raimundo de Peñafort, como todos los años desde hace docenas de ellos, sobre las batallas (jurídicas) en las que él anda metido, y sobre lo que sigue escribiendo, y preparando para dar a imprenta, en temas de fantasía y recuerdos, con temas históricos y asuntos constitucionales de los que él domina.
Recuerdo entonces las estancias de otros escritores alcarreños por este rincón castellonense: aquí estuvo hace unos años pasando unos días Fernando Benito, que cambió el recio perfil de su Valverde de los Arroyos, por este más amable de la costa gaspachera, en la que aun resuenan ecos de los caballeros de Alcántara en su fortín del Cap-i-Corb. O la de Alfonso Herrera, que no falla ningún año, y con quien evoco siempre sus mundos fotográficos (escribió Poniente de Elefante colocando alguna imagen de este mar, o la Historia de los Nemertinos que aunque no se ven cuando se anda por la orilla, también los hay por aquí).
Alcossebre y su Playa del Cargador en Castellón.
A Tina Barriuso, la gran locutora que amenizó durante mucho tiempo, y ya hace años de eso, las noches en vela de millones de españoles, a través de sus programas nocturnos radiofónicos, le he dedicado buenos tardeos en El Punto de Encuentro, o en La Maya, que son sitios ya imperdibles de este Alcossebre al que nos sentimos unidos. Como pasa con el manchego escritor (dedicado, en sus tiempos de actividad profesional, a otros menesteres muy distintos) Paco Andrés Gamarra. Lleva ya varios libros escritos, en forma de memorias que desgrana sin índice pero con certezas irreprochables, acerca de la realidad política y social de nuestra España. El último de sus volúmenes, que se lee sin pestañear como a mí me ha pasado, es el que titula Memoria de un pasado reciente y da la medida justa de su capacidad de escritor.
Playa arriba y playa abajo, andando siempre deprisa, las charlas con el navarro Hipólito Yániz Eguílaz (Poli para los amigos de Durango y Alcossebre) no tienen desperdicio. Porque de su último libro, que ha titulado simplemente Blas me ha surgido el asombro de cómo se puede novelar una vieja historia de pueblo, y poner al que nació, que fue Desojo, en primer plano de atención y esperas. Poli (que ha sido médico en las tierras del norte) tiene tantas anécdotas vividas, contadas por él con desenfado y velada tristeza, que uno vuelve sin querer a pensar en aquellos años gobernados por el hacha de ETA, que tantos sufrimientos trajeron a todos los habitantes del País Vasco.
Aún he tenido la oportunidad de charlar este año, en ese lugar tan secreto de la costa como es la Torre de la Sal, entre Oropesa y Torrenostra, con Vicente Hita Sánchez a propósito del libro que ha escrito, y pronto va a presentar sobre su pueblo, Atanzón. Será ese Atanzón, o el poder de la unión una contundente evocación de un pretérito sonoro en la Alcarria. Con su esposa, mi amiga y amiga de los libros que es María Antonia Cuadrado Marina, hemos podido pasar horas y horas charlando de lo que nos gusta. Y evocando desde estas tierras de humedad, palmeras y mejillones, nuestra querida tierra de Guadalajara, que como se puede comprobar da para mucho, teniéndola siempre –esté donde uno esté– presente y militante, abierta como un bloque de barro húmedo, a todos los moldeos.