España en juego
01/10/2010 - 09:45
Santiago López Castillo
Usted, a estas horas, cuando abra el periódico o vea esta página web o ha votado o tiene intención de hacerlo a lo largo de la jornada, o, sencillamente, piensa abstenerse, que es actitud tan respetable como la participativa en las urnas. No me parece ético invocar cualquier nombre de los contendientes, ni a favor ni en contra, por el respeto que me merecen estos comicios.
Usted, a estas horas, cuando abra el periódico, o ha votado o tiene intención de hacerlo a lo largo de la jornada, o, sencillamente, piensa abstenerse, que es actitud tan respetable como la participativa en las urnas. No me parecería ético invocar cualquier nombre de los contendientes, ni a favor ni en contra, por el respeto que merecen estos comicios del 9-M, que han venido precedidos -justo es decirlo- por no pocas irregularidades, muchas amenazas y el persistente hostigamiento de las izquierdas en alianza con los independentistas contra la derecha y hacia los que no muestran fervor al régimen. (¿Alguien se ha parado a pensar en el año 33 cuando la CEDA ganó las elecciones, seguida de radicales, socialistas, agrarios, Ezquerra, etc., fue tachada y perseguida de fascista y pasó lo que pasó? Memoria histórica.)
Desde un análisis objetivo, aun a sabiendas de lo subjetivo que resulta todo criterio, España -a partir de hoy- puede pasar de ser una nación fragmentada (Cataluña, País Vasco, Galicia y Baleares, siempre con el refrendo socialista, gobernar por gobernar) a una nación evanescente, fantasmagórica e inexistente. Los Balcanes son un ejemplo. Negativo. De modo que, fundamentalmente, lo que está en juego es el Estado, cada vez más debilitado por las ansias nacionalistas que, en 30 años, se han apoderado de competencias que sobrepasan las propias autonómicas, gracias a todos los gobiernos de la democracia, desde UCD hasta el PSOE pasando por el PP, y gracias, también -y principal-, a una ley electoral injusta que abría que borrar del mapa. Ya lo dijo Peces-Barba: Los nacionalistas nos han engañado. No han sabido corresponder a nuestra generosidad. Y algo parecido habría que decir de los gobernantes que han cedido hasta límites impensables -v. gr., el estatuto de Cataluña- y, encima, el Tribunal Constitucional, politizado vergonzosamente, sigue haciéndose el sueco, siempre sumiso al Ejecutivo, sin resolver los recursos presentados contra el Estatut, y, para colmo, enmienda la plana al Supremo en el caso de los Albertos, que, aun reconociendo la estafa, no considera que los empresarios ingresen en prisión. Para nota y recochineo. País de locos.
Además de poner en evidencia, salvo contadas excepciones, la independencia de los tres poderes, también está en juego la enseñanza. Cuya libertad se recoge en la Constitución, tantas veces invocada y casi nunca aplicada. De ahí la manipulación desde el poder y no digamos las partidistas y sectarias leyes de determinadas autonomías con imposiciones falsas sobre la historia y geografía de esas regiones (naciones o nacionalidades en lo políticamente correcto), que llegan a prohibir la lengua española, que todos los españoles tiene el deber de conocerla y el derecho a usarla (art. 3, 1).
Asimismo, hay confrontación sobre la libertad religiosa, que, pese a ser España un Estado aconfesional, en estos últimos cuatro años hemos estado mirando a Oriente, en cuclillas, donde se conculcan los más elementales derechos de la persona, o, lo que es lo mismo, la Alianza de Civilizaciones, en versión simplificada. Y todas esas otras cuestiones básicas en las que se debate el ciudadano medio, mitad reflexivas, mitad lúdicas (una de gambas, que hoy, por la regresión económica o llámele equis, se vocea con una de bravas, ¡cocina !). Pero, tras las apariencias, la cesta de la compra se resiente y sus mimbres ceden: aumento de los precios, descenso del poder adquisitivo, inflación y otras hierbas. Más el progresivo aumento de parados: dos millones y medio oficiales a los que hay que sumar un millón de descontrolados por el venid y vamos todos de Caldera.
Desde un análisis objetivo, aun a sabiendas de lo subjetivo que resulta todo criterio, España -a partir de hoy- puede pasar de ser una nación fragmentada (Cataluña, País Vasco, Galicia y Baleares, siempre con el refrendo socialista, gobernar por gobernar) a una nación evanescente, fantasmagórica e inexistente. Los Balcanes son un ejemplo. Negativo. De modo que, fundamentalmente, lo que está en juego es el Estado, cada vez más debilitado por las ansias nacionalistas que, en 30 años, se han apoderado de competencias que sobrepasan las propias autonómicas, gracias a todos los gobiernos de la democracia, desde UCD hasta el PSOE pasando por el PP, y gracias, también -y principal-, a una ley electoral injusta que abría que borrar del mapa. Ya lo dijo Peces-Barba: Los nacionalistas nos han engañado. No han sabido corresponder a nuestra generosidad. Y algo parecido habría que decir de los gobernantes que han cedido hasta límites impensables -v. gr., el estatuto de Cataluña- y, encima, el Tribunal Constitucional, politizado vergonzosamente, sigue haciéndose el sueco, siempre sumiso al Ejecutivo, sin resolver los recursos presentados contra el Estatut, y, para colmo, enmienda la plana al Supremo en el caso de los Albertos, que, aun reconociendo la estafa, no considera que los empresarios ingresen en prisión. Para nota y recochineo. País de locos.
Además de poner en evidencia, salvo contadas excepciones, la independencia de los tres poderes, también está en juego la enseñanza. Cuya libertad se recoge en la Constitución, tantas veces invocada y casi nunca aplicada. De ahí la manipulación desde el poder y no digamos las partidistas y sectarias leyes de determinadas autonomías con imposiciones falsas sobre la historia y geografía de esas regiones (naciones o nacionalidades en lo políticamente correcto), que llegan a prohibir la lengua española, que todos los españoles tiene el deber de conocerla y el derecho a usarla (art. 3, 1).
Asimismo, hay confrontación sobre la libertad religiosa, que, pese a ser España un Estado aconfesional, en estos últimos cuatro años hemos estado mirando a Oriente, en cuclillas, donde se conculcan los más elementales derechos de la persona, o, lo que es lo mismo, la Alianza de Civilizaciones, en versión simplificada. Y todas esas otras cuestiones básicas en las que se debate el ciudadano medio, mitad reflexivas, mitad lúdicas (una de gambas, que hoy, por la regresión económica o llámele equis, se vocea con una de bravas, ¡cocina !). Pero, tras las apariencias, la cesta de la compra se resiente y sus mimbres ceden: aumento de los precios, descenso del poder adquisitivo, inflación y otras hierbas. Más el progresivo aumento de parados: dos millones y medio oficiales a los que hay que sumar un millón de descontrolados por el venid y vamos todos de Caldera.