05/07/2019 / 20:30
Jesús de Andrés


Imagenes

Espectáculos

La política se ha convertido en un espectáculo. 


La política se ha convertido en un espectáculo. Quizá no se hayan dado cuenta, pero poco tiene que ver la actividad parlamentaria de antaño, por poner un ejemplo, con las cosas que vemos hoy en día. Los inicios de legislatura se han convertido en una sucesión de llamadas de atención de todo tipo en las que unos y otros intentan atraer el interés de los medios. El tratamiento superficial y frívolo de la información política se ha generalizado y ya no sabemos si fue antes el huevo o la gallina, pero lo cierto es que la política se ha dramatizado hasta el punto de que los espectáculos parlamentarios son noticia en sí mismos, algo que sus actores conocen y manejan a su antojo. En los últimos años, aquí y en el resto del planeta, han surgido programas de televisión que azuzan la confrontación, que alimentan el enfrentamiento gratuito y que, en muchas ocasiones desde el uso reiterado de las fake news, favorecen la polémica inconsistente y promocionan a quien más grita.

No ha sido algo surgido de la noche a la mañana sino un proceso iniciado hace años. Desde el comienzo de las tertulias en radio y televisión, esos espacios en los que sus participantes -todólogos- son capaces de hablar del futuro de las pensiones, de la formación del gobierno, de la cumbre del G-20, de la fusión nuclear, del cambio climático o de cualquier tema que se les ponga sobre la mesa, en los que si hay un terremoto son especialistas en el movimiento de las placas tectónicas y si hay un accidente de avión sus conocimientos superan a los de cualquier ingeniero aeronáutico, la política se fue convirtiendo en una actividad ligada al entretenimiento, a la diversión del oyente, en una actividad cada vez más teatral. Los políticos se han convertido en celebridades y deben dar perfiles de imagen y exposición pública inimaginables hace años. La televisión particularmente ha convertido la política en un espectáculo.

Por ello no nos extrañan montajes como los vistos esta semana en la constitución del Parlamento Europeo, donde los 29 eurodiputados británicos del Partido del Brexit (formación recientemente creada que arrasó en las elecciones en el Reino Unido) se pusieron de espaldas cuando sonó el himno europeo, la “Oda a la alegría” de Beethoven, o los cuatro cantamañanas que apoyan a Puigdemont montaron su enésima performance para intentar llamar de nuevo la atención. Unos y otros rompieron el protocolo y faltaron el respeto a una de las principales instituciones europeas. El rechazo a las formas casi siempre va acompañado del rechazo a los principios sobre los que se sustentan, tanto cuando se monta un show en el parlamento como cuando se actúa como frikis que sólo quieren atraer a las cámaras de televisión.


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