Eterno Paradiso

19/08/2026 - 13:25 J.P.

Salvatore camina entre las ruinas del Nuovo Cinema Paradiso, dejándose golpear por los recuerdos. «Es fácil derrumbarte cuando empiezas a pensar en el pasado». No es una frase de la película, es de mi padre. Y en ella hay ecos de la orden que le da Alfredo al joven Totó. Vete y no vuelvas nunca, no mires atrás.

Cinema Paradiso es un homenaje a una época perdida y un temor. Tornatore, director y guionista, casi daba por muertas las salas de cine a manos de la televisión y el VHS. Pobre insensato, no sabía lo que estaba por llegar todavía. El alma de sus miedos, hace ya casi 40 años, sigue ahí, aunque con diferentes monstruos. Y las salas de cine han cambiado, pero no muerto.

Salvatore encuentra los sueños de su joven Totó en los besos robados que con tanto celo le guardó Alfredo. Verlos es viajar a la infancia, a la sala que protestaba cada vez que un corte en la película revelaba la presencia de la censura. A la experiencia colectiva y a la magia de la sala de proyección, a las personas con las que compartía dos, tres horas de sueños y evasión.

Totó se marchó de su pueblo y creció, siguiendo los consejos de su buen Alfredo, pero por el camino del éxito perdió el corazón. Alfredo nunca pasó de ser proyeccionista, pero logró tener un hijo sin tenerlo y nunca le faltó el cariño de los suyos. Qué lástima que la frustración profesional no le permitiese darse cuenta de que para ganar no hace falta triunfar en nada, que en el pasado está el dolor tanto como la esperanza, que la ilusión de los niños no se pierde, se esconde, esperando que alguien vaya a buscarla. No es inocencia robada, es inspiración para el mañana... O quizás sí que lo sabía y por eso su último regalo, después de tanto empujarle hacia el futuro, fue una mirada llena de amor al pasado. 

Pasé años viendo el cartel de Cinema Paradiso en las páginas de la revista Fotogramas que mes tras mes compraba mi hermano, mi taquillero personal en esto de la pasión por el cine. Y nunca llegué a verla. Me la fue destripando la vida, sobre todo su escena más icónica, como me destripó El planeta de los simios o Psicosis. Y cuando la daba por perdida, porque quién querría ver Cinema Paradiso solo en el salón de su casa, con todo lo que hay en las plataformas, surgió la oportunidad de verla en un cine, explotando la sonoridad, el romanticismo y la nostalgia de la banda sonora de Morricone. Pensé que habría muchas butacas vacías en la sala... Iluso.

Mientras existan soñadores existirá el sueño. Rostros jóvenes que se enfrentaban a ella por primera vez, maduros que ya la habían gozado, gente con risa ruidosa, yo mismo con mis molestas palomitas y hasta un móvil que habían olvidado apagar. Todo estaba allí, como estaba también en la película. Nada había cambiado tanto. Mientras haya quien se atreva a intentarlo, habrá quien se atreva a comprar la entrada. El salón de tu casa nunca será un cine, porque no tendrás desconocidos con los que conectar a través de un mismo sentimiento. Tornatore lo vivió de niño y temió perderlo cuando le tocó empezar a hacerse mayor.

El pasado, el del cine y el de la vida. Quienes hemos crecido viendo el mundo a 24 fotogramas por segundo sabemos que son lo mismo. Por eso las películas no mueren y por eso reconcilia y asusta reencontrarse con ellas y releerse a través del paso del tiempo. Gracias, Wilder Cinema y Multicines Guadalajara, por atreveros, por darme una segunda oportunidad de ver esta película en pantalla grande. Mi infancia os lo agradece.

Cinema Paradiso (1988, Italia). 

Dirección y guión: Giuseppe Tornatore

Música: Ennio Morricone.