Europa y el cristianismo
En todas las religiones han existido criminales o descerebrados que las han aprovechado para violar derechos humanos“
Una vez más la Semana Santa ha demostrado el fondo católico de una inmensa mayoría del pueblo español. Sería mezquino quitarle a esa manifestación su significado religioso por el aspecto escénico que sin duda presenta. La manifestación externa sin el trasfondo de la fe es puro teatro, pero toda actitud sincera tiene una expresión exterior; por consiguiente, el espectáculo no tiene por qué ser mero teatro. La fiesta muestra la vigencia de la tradición católica en el presente, y esta vigencia no es sino la variante española del cristianismo como seña de identidad de Europa. Frente al protestantismo, la doctrina católica se distingue por la afirmación de la libertad humana frente a la predestinación, el papel de la Virgen-madre (Lutero mantiene el nombre de Madre de Dios), y la fiesta, o sea, la veneración de los santos.
En 1956, en la Universidad Pontificia de Salamanca, escuché un brillante curso sobre Zubiri del profesor Ángel Alcalá Galve. En una de las clases nos describió los factores constitutivos de Europa señalados por el pensador vasco: metafísica griega, derecho romano, cristianismo y ciencia moderna. Por “metafísica griega” no se entiende la asignatura que ahora se estudia en la carrera de filosofía, sino la mirada racional al mundo en el que estamos insertos. La expresión “derecho romano” engloba todo el humanismo clásico que los romanos impusieron en su imperio, matriz de las actuales naciones europeas (Ortega y Gasset). Ese humanismo pagano se funde con la doctrina cristiana en la Edad Media, y si la universidad medieval incardina en el cristianismo la ciencia racional griega a través de Roma, puede decirse que hasta la primera modernidad (Lorenzo Valla, la difusión de la imprenta y el descubrimiento de América) las dos columnas de la cultura europea son el humanismo latino y el cristianismo. Hace años los europeos se negaron a introducir en lo que iba a ser una “Constitución europea” la dimensión cristiana. Desde el punto de vista histórico es una posición absurda, pero se entiende por el intento de tener una conciencia de Europa que no excluya a judíos y musulmanes, cuya presencia en nuestra cultura y política no debe negarse. En España esa presencia es una obviedad; además, los judíos fueron los cosmopolitas de la Edad Media: persecuciones, expulsiones y comercio internacional los hicieron europeos al margen de cualquier nacionalidad concreta.
Por supuesto, el cristianismo es una doctrina pura cuyos principios no son nunca fielmente aplicados por sus seguidores. En todas las religiones han existido criminales o descerebrados que las han aprovechado por violar derechos humanos. Me confieso estudioso y admirador de la portentosa obra de Menéndez Pelayo, pero procesos inquisitoriales como el de María Cazalla y Fr. Luis de León no permiten aceptar la visión positiva del tribunal que tuvo el genio cántabro. Juan Díaz, humanista conquense nacido en 1510, se hizo calvinista, y su hermano gemelo Alfonso, sacerdote, viajó desde Roma a Neuburg (Alemania) para volverle al catolicismo. Cuando no lo consiguió, contrató a un sicario que le asesinó en su presencia (1546). Por suerte, contra los caínes “cristianos” está siempre el código del verdadero cristianismo: el Nuevo Testamento, que impone el amor a todas las personas como hermanas, incluso a los enemigos. No más inquisiciones y no más persecución de disidentes; el cristianismo es hoy Cáritas, la Europa cristiana y democrática que acoge a las víctimas de las agresiones criminales y sale misionera para ayudar a los más pobres de los pobres.