29/12/2019 / 16:00
Marta Velasco


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Fun Fun Fun

Estos días escribo sobre los mejores recuerdos de mi vida navideña, mi padre tocando el piano en casa de los abuelos, la Catedral preciosa y gélida en la misa del gallo...


He comprado dos preciosos ciclámenes para mi terraza. Cuanto más frío hace más espléndidos se muestran, el ciclamen es una planta valiente que aguanta tempestades con la cabeza bien alta y estos días resiste el vendaval que azota mis cristales como un lobo aullador. Casi es nochebuena ya y leo que el Rey está esperando hasta última hora para terminar su discurso, cuando se contesten algunas preguntas y la incertidumbre deje paso a la certeza. Pienso que el Rey comparte la preocupación de la mayor parte de los ciudadanos y la noche del 24 despejará algunas dudas y nos deseará un año sin sobresaltos.

Para los escritores la perplejidad es estimulante. Piglia afirmó que la literatura ocupa el lugar de la incertidumbre, y Auster, que escribió 4321 con una estructura muy novedosa sobre el azar y la muerte, dice que la duda es el origen de todo. También es el origen para Coetzee, que provoca el dilema en Foe, pone la isla de Crusoe patas arriba y nos hace dudar de todo un clásico. Pero una cosa es la literatura y otra la vida real y, en nuestro país, donde hemos vivido tranquilos y seguros desde 1978, los ciudadanos queremos vivir, trabajar y alumbrar hijos en la certeza y nunca en la incertidumbre. 

Yo también espero, mando el artículo días antes y los temas más calientes pierden interés. Por eso no quiero escribir de política, cambia de rumbo a diario y  hay analistas más cualificados. Así que estos días escribo sobre los mejores recuerdos de mi vida navideña, mi padre tocando el piano en casa de los abuelos, la Catedral preciosa y gélida en la misa del gallo; las cenas familiares, los Reyes de mis hijos, la nochebuena de 2018 en Dubái …   Y este año, el magnífico concierto del coro de mi amigo Josemi, la cena de nochebuena y también el discurso del Rey. Después de escucharlo y quizá con alivio, tomaremos una copa, brindaremos por los que están y los que se fueron y, al final, cantaremos algún villancico, Funfunfun o Creo que mi padre es un elfo… Escribo de mi familia, de mis amigos y les deseo salud y felicidad.  Cuando este artículo esté publicado, ya habrá pasado la navidad, Felipe VI habrá hablado a su pueblo, serio, con melancolía, nos habrá deseado lo mejor y nosotros a él. Pero el Rey y los españoles, de momento, seguiremos instalados en la intranquilidad.

Esta mañana, en la clase de Yoga Hata Raja, he unido las manos sobre el pecho, alzando la cabeza al cielo y, a modo de plegaria dirigida al Universo, he formulado un deseo enviando mi poca fuerza a los que la necesiten de verdad, mientras hago como que canto OM, la sílaba sagrada del hinduismo. A mí me sosiega, pero ignoro si realmente sirve para algo más.  En todo caso es mejor remedio que telefonear a una adivina nocturna cuando algo nos inquieta y nos perturba. 

Que este nuevo año nos traiga a todos paz y prosperidad.


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