02/02/2019 / 12:37
Antonio Yagüe


Imagenes

Gente de pueblo

Conmueve la imagen de ancianos que vuelven, malhumorados y nerviosos, para asegurarse de que todo está igual que entonces.


Urbanistas del más puro asfalto hace tres décadas que novelan, ensayan, hablan y hasta viven de la tragedia de la despoblación. Sobremanera cuando huele a elecciones. Quizá sin buscarlo, están colaborando con los políticos que desde antes de Romanones han otorgado al “mundo rural”  una sobrerrepresentación parlamentaria, que está  imponiendo el secesionismo en Cataluña y amenaza con resucitar las dos Españas.

  Se han inventado términos como “etnicismo silencioso” o “demotanasia”  para definir una “depresión demográfica” que lidera el  Señorío de Molina, con 2,5 habitantes por kilómetro cuadrado. Algunos vivimos el trauma en carne propia desde los planes de desarrollo franquistas para industrializar el país. Buscando una vida mejor, luchábamos por formar parte de una emigración que arrasó los pueblos y sus formas de vida para masificar Madrid, Barcelona o Bilbao.

En las urbes sufrimos el menosprecio e insultos de paletos, gañanes, destripaterrones… Incluso el perdonavidas “gente de pueblo, gente noble, pero gente ignorante”. Es cierto que ser de pueblo marca. Uno sigue siéndolo incluso cuando ya no vive allí. Reconozco que tras tantos años y sacrificios de padres y propio por dejarlo, los de pueblo seguimos teniendo envidia a los de ciudad. Pero en el fondo nos creemos una miaja mejor, porque casi todo nos ha costado un poco más de esfuerzo.

Subleva el ejército de burócratas mediocres en una comunidad desértica. Pero el cabreo se hace monumental ante políticos vicarios de medio pelo que en tantos años no han hecho nada por frenar la devastación y el abandono. Se han dedicado a fáciles iniciativas subvencionadas, a la promoción de un turismo rural que nunca será productivo, al uso de ayudas europeas para fomentar el clientelismo y a la creación de empresas públicas sin fin claro. Mientras, han dejado de lado lo que realmente importa, la creación de riqueza: fomentar la iniciativa privada autóctona o conseguir que vengan empresas de fuera y creen puestos de trabajo para mantener opciones reales de vida en los pueblos.

Conmueve la imagen de ancianos que vuelven, malhumorados y nerviosos, para asegurarse que todo (casas, habitaciones, muebles, aperos) está igual que entonces. A veces, afortunadamente para todos, sus dificultades de visión les impiden comprobar la realidad, que no queda nada de aquello. Se agarran a un pasado que no existe, seguramente mucho peor.


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