24/11/2018 / 12:15
Antonio Yagüe


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Gordo sin grasa

Las probabilidades de recibir el Gordo son desalentadoras (0,0001 por ciento). Equivaldrían a que resulte agraciado uno de los 100.000 espectadores que acuden al Bernabeu o al Camp Nou durante un ‘clásico’


Décimo a décimo, “por si cae aquí “ y “por si le toca a mi vecino, compañero de trabajo o paisano, y a mí no”, los españoles damos a Hacienda cada Navidad un aguinaldo de más de mil millones de euros. Un pellizco a las extras si le añadimos el IBI, que también toca por ahora. Siempre con la ingenuidad de “a ver si este año” y “siempre le toca a alguien”.

Las probabilidades de recibir el Gordo son desalentadoras (0,0001 por ciento). Equivaldrían a que resulte agraciado uno de los 100.000 espectadores que acuden al Bernabeu o al Camp Nou durante un ‘clásico’. Se podrían vivir unas cuantas vidas sin que te roce esta esquiva fortuna. Y si lo hace, habrías gastado lo ganado por lo jugado a lo largo de tantos años. “Es el impuesto de los pobres, de los que no saben matemáticas”, tiene sentenciado el experto estadounidense en la materia Roger Jones. 

Los extranjeros consideran que el Gordo forma parte de la idiosincrasia hispana. Incluso la fantasmagórica República de Catalunya la mantiene, eso sí, con nombre de mujer, la Grosa (Gorda), más acorde con los tiempos feministas actuales aunque suene a grosería. Es algo typical spanish, como el turrón, la zambomba, los belenes con pastores y caganers o la corrupción. Hacienda controla por encargo de la UE y este año pilla otro pellizco a los premiados con más de 10.000 euros por descubrir  blanqueadores y farsantes a los que siempre, qué suerte, les suele tocar. Otra peculiaridad.

En los juicios por tarjetas black, ERE y cintas de Villarejos vemos a personajes adictos a las loterías, coches, mariscadas, mansiones, relojes de lujo y la alta prostitución. Ya casi no resulta raro. En los anuncios de lotería primitiva se ofrece como sueño el yate, el Caribe y la pereza. El sexo fácil va implícito.  En esta publicidad domina la vulgaridad, lo palurdo y las fantasías consumistas. La de Navidad se refina y edulcora con sinfonías, encuentros nostálgicos, dramas y una extraña y artificial solidaridad. “Lo importante es compartir”, dice el machacón eslogan, como el viejo lema del espíritu olímpico de “lo importante es participar”. 

En Molina de Aragón ya tocaría que vuelva a tocar. Mejor a un número compartido, como aquel 11.528 del lejano, frío y olvidado 1852.


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