Gracias, Hermanas Trinitarias
01/10/2010 - 09:45
CARTAS AL DIRECTOR
Braulio Carlés Barriopedro - Vicario Episcopal para la Pastoral Social
Estamos en los años 60. Asistimos a una etapa llena de optimismo y esperanza para la sociedad europea y Estados Unidos. El petróleo y la economía, eran algunos de los valores en alza.
La Iglesia Católica acababa de tener su Concilio Vaticano II, iniciado por el Papa Juan XXIII y concluido por Pablo VI. El aire fresco que necesitaba la Iglesia, también lo habían tenido claro las Hermanas Trinitarias. Todo hacía augurar una etapa llena de esperanza y optimismo para la sociedad, especialmente para Europa, para España y sobre todo para nuestra Diócesis de Sigüenza-Guadalajara.
Era un 25 de junio de 1964, hace casi ya medio siglo, la Diócesis de Sigüenza-Guadalajara, acogía, la primera comunidad de hermanas trinitarias. Siete religiosas llegaban a nuestra Diócesis, a nuestra provincia. Era el comienzo de un camino que ha durado cuarenta y cuatro años y de lo cual damos gracias a Dios y a la congregación que desde la humildad y servicio han colaborado en la obra de Dios.
Empezaron su primera etapa en la Residencia de Guadalajara, atendiendo enfermos, escuchando el dolor de sus familiares, realizando tareas como enfermeras, responsabilidades administrativas, jefas de planta, trabajos en quirófanos, trabajos de supervisión en cada planta, etc
Ciertamente en esta etapa las hermanas trinitarias pasaron por un momento de esplendor y de brillo evangelizador en nuestra Diócesis. La formación y el cuidado espiritual a través de retiros, charlas, formación en todas las áreas pastorales, no sólo teológicas, fueron algunos de los pilares que la congregación más cuidó.
Durante todo este tiempo ellas intentaron estar abiertas a la voluntad de Dios, con sus virtudes y defectos haciendo realidad en nuestra Diócesis y en nuestra provincia el Carisma Trinitario. Día a día, buscaban en cada momento cómo cumplir la voluntad de Dios, como hacer una lectura creyente de la realidad, una lectura actual. La humanidad cambiante y permanente exige, nuevas respuestas pero desde los principios permanentes del evangelio. Para ellas, lo importante era mantenerse fieles al carisma y a la identidad de la vocación recibida y cómo llevar a cabo hoy la tarea evangelizadora, especialmente a los más pobres y necesitados. Pregunta que hoy nos seguimos haciendo.
Diferentes hermanas fueron pasando por esta Comunidad de Trinitarias de Guadalajara. Algunas fueron destinadas a otros lugares. Todas dejaron una huella imborrable, siguiendo los pasos de su Maestro y evangelizando a todas aquellas personas que pasaban por el Hospital.
Hasta finales de los años ochenta las hermanas realizaban su trabajo pastoral en el Hospital, es a partir de los años noventa cuando ampliarían su trabajo en el albergue de transeúntes que Cáritas Diocesana tiene en la Avenida Barcelona.
Era un 24 de febrero de 1990 cuando tuvo lugar la inauguración del albergue Betania, con una labor destacada a la vez que discreta del párroco del Santísimo Sacramento, don Jesús Santamaría, parroquia de la que dependía el albergue Betania, juntamente con él trabajaron Germán, Vidal, Manolo y todo el grupo de cursillistas que de una manera generosa y desinteresada fueron los grandes artífices de la construcción del albergue de transeúntes y de su entrega y dedicación del mismo, juntamente con las hermanas. Todos ellos hicieron posible esta realidad que sin lugar a duda no quedará sin recompensa. Aquí y ahora por nuestra parte un profundo agradecimiento a todos y después el ciento por uno y la vida eterna.
También las conversación entre el entonces Delegado Diocesano de Cáritas, Don Eusebio Alonso y la Madre General Luz Ferrero hicieron que Don Jesús Pla inaugurara este proyecto que ha durado dieciocho años. Por ello, desde estas humildes letras no queda otra cosa que dar gracias a Dios por todos sus mediadores en este proyecto y por la decisión acertada desde la búsqueda y el deseo de cumplir la voluntad de Dios por parte de las Hermanas Trinitarias
Cuantos momentos de dolor, también de alegría pero sobre todo de sentir la tarea realizada tendrán guardadas aquellas paredes y sobre todo las hermanas que iniciaron aquella obra, así como las que están hoy, Hna. Gloria, Hna. Filo y Hna Encarna. Cuantas noches duras y difíciles, cuantos momentos en los que la noche oscura parecía hacer entender que no tenía mucho sentido lo que se estaba haciendo, cuantas satisfacciones, cuanta gente agradecida a las hermanas por el cariño, por la acogida, por la comida, la hospitalidad. Me viene a la memoria aquellas palabras de San Mateo fui extranjero y me acogisteis, tuve hambre y me distéis de comer, tuve sed y me distéis de beber
Después de todo esto una única razón hace que todo llegue a su fin. La falta de vocaciones y la edad tan avanzada de las hermanas trinitarias. Esta es la única razón por la que ellas no pueden continuar esta tarea. El esfuerzo de la Madre General por continuar, la invitación a otras comunidades para seguir realizando esta labor tan maravillosa que han llevado a cabo en el albergue durante todo este tiempo, son algunos de los esfuerzos que ha hecho la congregación con la intención de continuar este proyecto pastoral. Por ello, con gran dolor para todos no queda más remedio que dar por concluida esta obra, al menos temporalmente y elevando una oración al Señor recoger aquellas palabras del Evangelio donde se dice Somos unos pobres siervos hemos hecho lo que teníamos que hacer.
No quisiera terminar estas líneas sin dar una vez más gracias a Dios y a la congregación de las hermanas Trinitarias, así como a las hermanas que han pasado por nuestra Diócesis a través del Hospital o del Albergue y pedirle a Dios que envíe obreros a su mies y quien sabe si con el paso del tiempo pudieran volver a trabajar en nuestra Diócesis. Mientras tanto, sólo quiero decir un sincero y profundo Gracias.
Era un 25 de junio de 1964, hace casi ya medio siglo, la Diócesis de Sigüenza-Guadalajara, acogía, la primera comunidad de hermanas trinitarias. Siete religiosas llegaban a nuestra Diócesis, a nuestra provincia. Era el comienzo de un camino que ha durado cuarenta y cuatro años y de lo cual damos gracias a Dios y a la congregación que desde la humildad y servicio han colaborado en la obra de Dios.
Empezaron su primera etapa en la Residencia de Guadalajara, atendiendo enfermos, escuchando el dolor de sus familiares, realizando tareas como enfermeras, responsabilidades administrativas, jefas de planta, trabajos en quirófanos, trabajos de supervisión en cada planta, etc
Ciertamente en esta etapa las hermanas trinitarias pasaron por un momento de esplendor y de brillo evangelizador en nuestra Diócesis. La formación y el cuidado espiritual a través de retiros, charlas, formación en todas las áreas pastorales, no sólo teológicas, fueron algunos de los pilares que la congregación más cuidó.
Durante todo este tiempo ellas intentaron estar abiertas a la voluntad de Dios, con sus virtudes y defectos haciendo realidad en nuestra Diócesis y en nuestra provincia el Carisma Trinitario. Día a día, buscaban en cada momento cómo cumplir la voluntad de Dios, como hacer una lectura creyente de la realidad, una lectura actual. La humanidad cambiante y permanente exige, nuevas respuestas pero desde los principios permanentes del evangelio. Para ellas, lo importante era mantenerse fieles al carisma y a la identidad de la vocación recibida y cómo llevar a cabo hoy la tarea evangelizadora, especialmente a los más pobres y necesitados. Pregunta que hoy nos seguimos haciendo.
Diferentes hermanas fueron pasando por esta Comunidad de Trinitarias de Guadalajara. Algunas fueron destinadas a otros lugares. Todas dejaron una huella imborrable, siguiendo los pasos de su Maestro y evangelizando a todas aquellas personas que pasaban por el Hospital.
Hasta finales de los años ochenta las hermanas realizaban su trabajo pastoral en el Hospital, es a partir de los años noventa cuando ampliarían su trabajo en el albergue de transeúntes que Cáritas Diocesana tiene en la Avenida Barcelona.
Era un 24 de febrero de 1990 cuando tuvo lugar la inauguración del albergue Betania, con una labor destacada a la vez que discreta del párroco del Santísimo Sacramento, don Jesús Santamaría, parroquia de la que dependía el albergue Betania, juntamente con él trabajaron Germán, Vidal, Manolo y todo el grupo de cursillistas que de una manera generosa y desinteresada fueron los grandes artífices de la construcción del albergue de transeúntes y de su entrega y dedicación del mismo, juntamente con las hermanas. Todos ellos hicieron posible esta realidad que sin lugar a duda no quedará sin recompensa. Aquí y ahora por nuestra parte un profundo agradecimiento a todos y después el ciento por uno y la vida eterna.
También las conversación entre el entonces Delegado Diocesano de Cáritas, Don Eusebio Alonso y la Madre General Luz Ferrero hicieron que Don Jesús Pla inaugurara este proyecto que ha durado dieciocho años. Por ello, desde estas humildes letras no queda otra cosa que dar gracias a Dios por todos sus mediadores en este proyecto y por la decisión acertada desde la búsqueda y el deseo de cumplir la voluntad de Dios por parte de las Hermanas Trinitarias
Cuantos momentos de dolor, también de alegría pero sobre todo de sentir la tarea realizada tendrán guardadas aquellas paredes y sobre todo las hermanas que iniciaron aquella obra, así como las que están hoy, Hna. Gloria, Hna. Filo y Hna Encarna. Cuantas noches duras y difíciles, cuantos momentos en los que la noche oscura parecía hacer entender que no tenía mucho sentido lo que se estaba haciendo, cuantas satisfacciones, cuanta gente agradecida a las hermanas por el cariño, por la acogida, por la comida, la hospitalidad. Me viene a la memoria aquellas palabras de San Mateo fui extranjero y me acogisteis, tuve hambre y me distéis de comer, tuve sed y me distéis de beber
Después de todo esto una única razón hace que todo llegue a su fin. La falta de vocaciones y la edad tan avanzada de las hermanas trinitarias. Esta es la única razón por la que ellas no pueden continuar esta tarea. El esfuerzo de la Madre General por continuar, la invitación a otras comunidades para seguir realizando esta labor tan maravillosa que han llevado a cabo en el albergue durante todo este tiempo, son algunos de los esfuerzos que ha hecho la congregación con la intención de continuar este proyecto pastoral. Por ello, con gran dolor para todos no queda más remedio que dar por concluida esta obra, al menos temporalmente y elevando una oración al Señor recoger aquellas palabras del Evangelio donde se dice Somos unos pobres siervos hemos hecho lo que teníamos que hacer.
No quisiera terminar estas líneas sin dar una vez más gracias a Dios y a la congregación de las hermanas Trinitarias, así como a las hermanas que han pasado por nuestra Diócesis a través del Hospital o del Albergue y pedirle a Dios que envíe obreros a su mies y quien sabe si con el paso del tiempo pudieran volver a trabajar en nuestra Diócesis. Mientras tanto, sólo quiero decir un sincero y profundo Gracias.