09/01/2021 / 12:55
Antonio Yagüe


Imagenes

Invernamiento

Ha caído la otrora terrible invernada, con cantos de zorzales y de urracas acercándose al lugar y barruntando nieve que cae en abundancia, pero sin viejas cuchicheando en las cocinas y hombres jugando al guiñote en el bar.


Los sabios de estas tierras, también aquí hay comités de esos, sospechan que el 2020 no se ha escabullido del todo. En los pagos labreños todo sigue como en otoño, cuando la anterior ola del bichovirus, pero con nieve. El zorro, algún conejo y aves ligeras dejan su rastro sobre el manto blanco. Crujen bajo las pisadas los charcos helados, tiemblan las sabinas vestidas y los robles desnudos, y el cielo se derrumba en atardeceres en tecnicolor con aires pasados por su congelador.

Ha caído la otrora terrible invernada, con cantos de zorzales y de urracas acercándose al lugar y barruntando nieve que cae en abundancia, pero sin viejas cuchicheando en las cocinas y hombres jugando al guiñote en el bar, ni el humo gris de las chimeneas que den señales de vida. La luz se filtra por los ventanucos mientras la noche comienza su interminable recorrido. Piedras heladas, lechos fríos, desvanes y algunos corazones solitarios.

Nadie como Delibes ha descrito los páramos, lugares ásperos y desapacibles con su inmensidad desolada que acoge al que sabe apreciar el pálpito de lo infinito o el misterio de lo inacabado.  “La estepa –dejó escrito- es un mar gris y violáceo en invierno, un mar verde en primavera, un mar amarillo en verano y un mar ocre en otoño, pero siempre un mar”.

 

Sin ánimo de ser un aguafiestas, el 2020 sigue presente, tras unas navidades perfectamente decimonónicas a no ser por el derroche luminoso de falsos nuevos ricos en las calles. No acaban de llegar las vacunas, los bozales-mascarillas se han quedado de temporal y el Gobierno ha activado más impuestos para los pobres (gasoil, seguros, matriculación de vehículos, transacciones bancarias, envoltorios, refrescos…)

No hablamos en cantidad ni calidad como antes. Es normal en un año en que los listos del lenguaje han decidido que la palabra reina, entre tantas posibles, es “confinamiento”. Podría haber sido invernamiento. “La gente se ha dado cuenta de que come alimentos, no tornillos ni informática”, reflexiona un veterano agricultor. Otra paisana lamenta: “El virus me ha dejado un cuerpo que no es el mío. No tengo ni fuerza para contarlo…”

 

 

 

 


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