15/05/2021 / 09:23
Antonio Yagüe


Imagenes

Isidros

San Isidro es casi sinónimo de Madrid y de fiesta. También en mi pueblo, Labros, como patrón a la medida de su nombre, y en muchos municipios molineses, antes de que en el campo dejara de haber trabajo y fueran quedándose vacíos. 


 Según el INE, apenas ya 19.882 españoles, con una edad media de 58,8 años, llevan el nombre del santo. Pero quedamos otros miles de “isidros”, otrora humillados, en las capitales.

Los tiempos han cambiado. Ya no se sienten los callos en la esteva del arado, pero sí el orgullo de ser de pueblo, aunque el pueblo esté muerto. A nadie se le ocurre hoy buscar ángeles arando el campo mientras el santo reza. Entre otras cosas porque apenas queda ya campo libre entre tantos parques eólicos, megaplantas fotovoltaicas, cotos, autopistas, urbanizaciones…  Tampoco es seguro que queden ángeles y santos en los tiempos que corren.

Según nos contaban, San Isidro anduvo de acá para allá, buscándose la vida. Parece que a comienzos del siglo XII tampoco abundaban las ofertas de empleo. Empezó de pocero, matrimonió con María, una santa, natural de Uceda y como su heredad de Torrelaguna tampoco daba para vivir se ajustó, como se decía antes, como jornalero con Juan de Vargas. Hoy, con una tasa de paro juvenil del 40%, necesitaría  para sobrevivir más milagros de los 400 atribuidos.

“Los isidros vienen por San Isidro”, escribió hace 35 años Francisco Umbral glosando con cierta mofa la figura de estos “aficionados (a los toros) despistados, guiris incautos, pueblerinos inconscientes, pardillos a los que se puede engañar en las fiestas del patrón”. Parece que aquellos paletos, objeto de bromas y timos, ya son una especie extinguida. O casi. Hasta hace poco la policía municipal no quitaba ojo a los avispados reventas que en cuanto veían a un isidro le vendían entradas de la corrida del día anterior.

Espigan las cebadas y en nuestros pueblos han enmudecido las plegarias al santo como mediador para obtener lluvias. En el Madrid del “ayusazo” también tiene difícil encaje entre neofascistas y comunistas. Aunque nunca faltan políticos ávidos de cámara y micro en su pradera.


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