05/07/2019 / 20:32
Emilio Fernández Galiano


Imagenes

Jamón y palomitas

Con mentes tan creativas, a ver cómo se las ingenían para que la mejor sanidad del mundo no venga del esfuerzo de todos, vía nuestros impuestos. 


El pasado fin de semana disfruté de la celebración de una boda entrañable en las inmediaciones de Sigüenza. Por parte de los novios, muchos jóvenes a cuál más educado y de mejor aspecto. Tanto ellos como ellas, especialmente éstas últimas. La media de la estatura, sobre todo la de ellos, se acercaba a los dos metros y, de cuando en cuando, esperando el turno para solicitar un plato de magnífico jamón para compartirlo con mi peña, improvisaba conversaciones con los que esperaban a lo mismo, principalmente tíos, mostrando la educación debida –como la mía-. A pesar de que no me puedo quejar de mi estatura, otra cosa es mi perfil, acomplejaba estar al lado de tiarrones de 200 cm y delgados como fideos. Que sí, que a esa edad también uno lucía su palmito, pero, madre mía, qué longitudes. Y en lo que puede dar de sí conversaciones tan improvisadas, comprobé en ellos educación y madurez no exenta de buen humor.

Digo yo que ese perfil, por mucho que una boda algo condiciona, sobre todo al principio, no coincide con el que veo en algunas series de televisión, porque reconozco que no veo muchas. En esos telefilms, como así se llamaban cuando lucía palmito, los jóvenes no son como la mayoría que conozco. Ni van hasta arriba, ni agujereados como coladores ni tatuados como un Kandinsky. Ni hablan como los personajes más sórdidos de Valle Inclán, al contrario, manejan muy bien los idiomas y se expresan de maravilla. 

Mientras el sociólogo Tezanos pretende convencernos de sus encuestas sin cocina, estas series pretenden normalizar que, por ejemplo, cualquier cura es un pederasta, cualquier empresario o político un corrupto, que los “polis” no son los buenos ni los delincuentes los malos. Sin darnos cuenta, mientras comemos palomitas en la soledad del salón -la familia está desprestigiada, vaya antigualla-, vamos asimilando ensimismados cómo nos invierten los valores y estereotipos con los que nos educaron y crecimos. En estas series, los ricos (clase media acomodada) son siempre por producto del pelotazo o corrupción, nunca como premio al esfuerzo y el trabajo, y los pobres, sin duda, por ser víctimas de la explotación de un capitalismo desaforado.

Eso sí, yo sólo veo los AVE a rebosar, los aeropuertos repletos y los bares y terrazas llenas de buena gente gastándose su dinero tan honradamente como lo han ganado, con su puesto de trabajo, ahora que cada vez hay menos paro. Y si tenemos tan buenos trenes, tan buenos medios de transporte, tan buenas carreteras, tan buen turismo, tan buenas playas, tan buenos hoteles, seguro que es por culpa de ese desaforado capitalismo, vaya mierda. 

Con mentes tan creativas, a ver cómo se las ingenian para que la mejor sanidad del mundo no venga del esfuerzo de todos vía nuestros impuestos. Dentro de poco, también los médicos serán unos mafiosos que se lo llevan crudo. Claro, que no hay más que ver un rato la mejor y telebasura del mundo para saber cómo se puede hacer uno rico en un par de programas, pero eso no es políticamente incorrecto porque las productoras son las mismas. 

Por cierto, a ver cuándo hacen una serie sobre esas televisiones, que nos cuenten sus excelencias mientras engullimos palomitas. Prefiero el jamón y los invitados a la boda.


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