La cara del mal
01/10/2010 - 09:45
Javier Urra
En el caso del denominado monstruo de Austria el sujeto es un hombre inteligente, razona, planifica, engaña, manipula, influye, es capaz de incinerar a un hijo muerto, de dejar a la familia privada de libertad en un zulo quizás de lujo pero jaula al fin mientras él se broncea en Tailandia si es que no eran otros sus objetivos.
Claro que nos interesa entrar en su mente, en por qué gustaba de tener hijos, 7 con su mujer, y 7 con su hija, de por qué y pese al riesgo implícito que sabía conllevaba acercó a su hija gravemente enferma a un hospital. Creo que sabe que ha obrado mal pero porque lo dicen los demás no porque él está convencido, él siente que ha hecho lo mejor, lo correcto para él, y quizás para los suyos. Estamos ante otro caso de enfermo moral no de psicosis.
Espero, esperamos que a pesar de sus 73 años vaya a la cárcel y pase los años que le queden de vida en una prisión encerrado como él ha hecho a los suyos.
Nos interesa saber también por qué una población como la austriaca, cuna del diván y del psicoanálisis, genera casos monstruosos como éste, como el que padeció Natasha, como el de Führer, de tantos conductores de la vida de los demás.
Pero primordialmente lo que nos preocupa, lo que nos conmueve y lo que nos interesa es que será de las víctimas.
Hablemos de la madre. No es creíble que no supiera o intuyera con quien vivía, que en 24 años, no hubiera bajado a limpiar el sótano, que le dejara viajar con un amigo a Tailandia (por cierto un país al que acuden muchos pederastas). He conocido en la Fiscalía casos de madres dependientes que por no perder a su marido admiten y ocultan el incesto a sus hijas.
Más allá de lo que podría saber ahora se enfrenta a una realidad indiscutible, a un horror, a muchos miedos, a que le dirán sus hijos, a como la calificarán.
Vayamos a la hija, la que fue abusada a los 11 años por su padre, la que se ha sentido vejada desde la cotidianidad, la que ha traído al mundo 7 hijos fruto de su relación con su padre, una relación que no es libre, pero que seguro no es interiorizada como producto de una violación continuada. Todos son sombras, dudas, terrenos pantanosos, donde nadie quiere culpabilizar pues intuye equívocamente que puede no ser inocente. ¿Qué siente hoy al ver que se reunifican los hijos? Los que vivían arriba con los padres-abuelos y los que vivían con ella? ¿Qué ha sido de su vida, a dónde ha ido a parar? Porque no puede tirar a la basura el fruto de su relación incestuosa, lo único que tiene, sus hijos.
Y están los hijos que vivían con el susodicho y que hoy descubren a una madre que no lo abandonó, que estaba presa, y a unos hermanos que lo son de la misma sangre, del mismo padre, del que creyeron el abuelo acogedor, y que pasaron (toda su vida) en el zulo y hoy salen a la luz no solo física sino a la verdad, la terrible verdad.
La ciudadanía se pregunta como no han huido, como no han buscado la fuga, quizás la hija, los hijos-nietos estaban bajo el efecto de la denominada dependencia aprendida, más allá del denominado Síndrome de Estocolmo
Todos requieren una nueva identidad, un nuevo espacio físico, una esperanza de vida. Precisan estar todos juntos, ese vínculo de vida, ese nexo social les es tan necesario como el aire. Requieren un tratamiento prolongado en el tiempo, cálido, que les de seguridad.
Espero, esperamos que a pesar de sus 73 años vaya a la cárcel y pase los años que le queden de vida en una prisión encerrado como él ha hecho a los suyos.
Nos interesa saber también por qué una población como la austriaca, cuna del diván y del psicoanálisis, genera casos monstruosos como éste, como el que padeció Natasha, como el de Führer, de tantos conductores de la vida de los demás.
Pero primordialmente lo que nos preocupa, lo que nos conmueve y lo que nos interesa es que será de las víctimas.
Hablemos de la madre. No es creíble que no supiera o intuyera con quien vivía, que en 24 años, no hubiera bajado a limpiar el sótano, que le dejara viajar con un amigo a Tailandia (por cierto un país al que acuden muchos pederastas). He conocido en la Fiscalía casos de madres dependientes que por no perder a su marido admiten y ocultan el incesto a sus hijas.
Más allá de lo que podría saber ahora se enfrenta a una realidad indiscutible, a un horror, a muchos miedos, a que le dirán sus hijos, a como la calificarán.
Vayamos a la hija, la que fue abusada a los 11 años por su padre, la que se ha sentido vejada desde la cotidianidad, la que ha traído al mundo 7 hijos fruto de su relación con su padre, una relación que no es libre, pero que seguro no es interiorizada como producto de una violación continuada. Todos son sombras, dudas, terrenos pantanosos, donde nadie quiere culpabilizar pues intuye equívocamente que puede no ser inocente. ¿Qué siente hoy al ver que se reunifican los hijos? Los que vivían arriba con los padres-abuelos y los que vivían con ella? ¿Qué ha sido de su vida, a dónde ha ido a parar? Porque no puede tirar a la basura el fruto de su relación incestuosa, lo único que tiene, sus hijos.
Y están los hijos que vivían con el susodicho y que hoy descubren a una madre que no lo abandonó, que estaba presa, y a unos hermanos que lo son de la misma sangre, del mismo padre, del que creyeron el abuelo acogedor, y que pasaron (toda su vida) en el zulo y hoy salen a la luz no solo física sino a la verdad, la terrible verdad.
La ciudadanía se pregunta como no han huido, como no han buscado la fuga, quizás la hija, los hijos-nietos estaban bajo el efecto de la denominada dependencia aprendida, más allá del denominado Síndrome de Estocolmo
Todos requieren una nueva identidad, un nuevo espacio físico, una esperanza de vida. Precisan estar todos juntos, ese vínculo de vida, ese nexo social les es tan necesario como el aire. Requieren un tratamiento prolongado en el tiempo, cálido, que les de seguridad.