La comunicación en la familia adoptiva

01/10/2010 - 09:45 Hemeroteca

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JAVIER URRA
Si ser padre, buen padre es difícil, la adopción lo es aún más. Quizás más de lo que se imagina. Exige generalmente mucho de los padres biológicos, del niño adoptado y de los padres adoptivos. Y es que en los ojos y el cuerpo de un hijo adoptado se reflejan (o se ven) sus padres biológicos.
Sépase que un hijo adoptado (un hijo del corazón) no es lo mismo que un hijo propio. No es menos por eso, pero sí es diferente. La comunicación con el hijo adoptado es un emblema (o debe serlo) de lealtad, nobleza, sinceridad, humildad. Se ofrece mucho pero conscientes de que se recibe más. Se entrega como padres pero sabedores de que el hijo un día querrá conocer a los biológicos que mostrará más allá de la rebeldía propia de la adolescencia, aquella que nace de el atisbo por mostrar la posibilidad de ruptura con quien habiéndole dado todo no le pertenece (no se pertenecen mutuamente).

Una comunicación que expresa a los hijos que lo son del corazón, que nacen del deseo de un presente y futuro feliz, que ha sido meditado, sopesado, racionalizado, sentido. Valorándose riesgos, miedos, fantasías.

Una comunicación que sobrevuela lo biológico, el “sangre de mi sangre”, la vivencia y expresión de “la sangre tira mucho” para alcanzar un horizonte de amor compartido, de dignidad y solidaridad humana, para entender que el mundo es uno, que lo importante no es el color, ni la raza, ni que te digan “se parece a…” (buscando el rasgo del padre, madre, abuelo, bisabuelo), porque no nos cabe inmortalizarnos en los apellidos y en los hijos.

Una comunicación que lo es con ternura, delicadeza, cuidado, templanza y que a veces sufre pequeños (o no tan pequeños seísmos), la virulencia no lo es tanto por la erupción verbal o conductual sino por el miedo callado, tapado a que resulte devastadora, incontenible. Miedos callados, silencios que siendo comprensibles y lógicos no lo han de ser. No han de germinar. Los padres que han adoptado deben respetar la memoria de los padres biológicos, pero asumiendo que son los auténticos padres los que dan garantía al presente y el futuro. Los padres biológicos cumplieron su papel al traer al niño al mundo y el niño siempre tendrá un vínculo y aún una lealtad con ellos, quizás inconsciente pero tenaz. Es por ello indispensable incluirles. Si los padres adoptivos ignoran a los biológicos del niño, si los ocultan, el conflicto con el niño adoptado está garantizado.

El niño adoptado puede sufrir una herida narcisística (al sentirse rechazado) pero este dolor puede ser compensado al saberse elegido y querido por otros padres.
Esto da razón (explicar una conducta no es sinónimo de compartirla) a que bastantes hijos adoptados empleen una forma de conducirse provocadora y agresiva con el fin de comprobar si se les acepta y se les quiere. He comprobado conductas inaceptables y cuando se les propone a los padres que se interne durante un tiempo al hijo, el dolor que brota de estos padres que han adoptado es insuperable, pues lo vivencian como un segundo abandono para el hijo sin poder –ni querer- alcanzar a ver que ciertamente es lo mejor para el niño o joven.
Bien es verdad que apreciamos en otros padres adoptantes un posicionamiento egoísta y desresponsabilizador “a mí este niño me lo ha dado la Administración y como es un problema, pues se lo devuelvo”.
Los padres que adoptan silencian sus ansiedades y angustias referidos a las preguntas que se hacen respecto al origen del hijo (preocupación por sus antecedentes biológicos, posibles enfermedades padecidas, malos tratos sufridos, pautas educativas inconvenientes recibidas por los niños), también les preocupa y les genera una verdadera ansiedad anticipatoria el imaginarse cuando desvelarán al hijo que es adoptado. Las dudas de los padres se amplifican si se tienen otros hijos que han de obviamente establecer relación.
Difícultades, pero superables. En mi trayectoria profesional he encontrado mucho amor y gratitud en familias adoptantes, ejemplos de lo mejor del ser humano.