25/05/2019 / 17:29
Emilio Fernández Galiano


Imagenes

La España deshilachada

El espectáculo con el que muchas de sus señorías acataron –me descojono doblemente- nuestra Constitución, resultó pornográfico.


O la circense, la esperpéntica, o la tristemente raída por el desgaste permanente de los que no la quieren abrigar sino desnudar, dejándola al albur de la noche y de los animales.

Lo que ocurrió el pasado martes en el histórico hemiciclo sede de la soberanía nacional fue sencillamente dantesco, incluso soez. Es como meter a las zorras en el gallinero, como invitar a cenar a quien te la está pegando con tu mujer. Ignominioso, humillante. 

En el parlamento español no caben anti españoles, lo que en cualquier escenario sería lo lógico, aquí resulta una realidad despiadada, una realidad que invierte los términos y tergiversa los principios. 

El espectáculo con el que muchas de sus señorías acataron –me descojono doblemente- nuestra Constitución, resultó pornográfico. No ya cualquier jurista, cualquier persona cabal sabe que las formas son tan importantes como el fondo. El Congreso de los Diputados supone algo más que un parlamento, es sede de nuestra historia, con sus luces y sus sombras y, cómo no, sede de la soberanía nacional, la de todos los españoles. Si alguien no se siente español qué demonios pinta ahí, como un andorrano en el parlamento de Ucrania, pongo por caso. 

Con todo, nuestra Constitución y alguna sentencia del todo desafortunada, es tolerante, por esencia mucho más que los intolerantes, aunque parezca de Perogrullo. Y permite ser parlamentarios españoles los que no se sienten como tales. Ahora bien permitir que acaten la constitución con leyendas de La Codorniz me parece bochornoso. La sesión se convirtió en un guirigay, un dispendio esperpéntico de groserías, un ultraje, en definitiva, a la nación española. Diputados procesados por secesión, apelaciones a Estados inexistentes –¡que república ni qué cojones, la república no existe!- en acertada expresión de un mosso de escuadra con bastante más criterio que muchos de los allí presentes y, por cierto, expedientado, como no podía ser de otra forma en la región del odio-, fórmulas de juramento o promesa que ni las de Snoopy, en fin, un auténtico despropósito. La Mesa de la Cámara tiene potestad suficiente, o a quien correspondiera, para proponer que el reglamento delimitara la fórmula correspondiente. “Juro –o prometo- acatar la Constitución vigente”. Así de sencillo, así de lógico. Que se acata así, bienvenido, que no, a buscarse el sueldo a Venezuela o a Waterloo.

Decía Cayetana Alvarez de Toledo que es posible que nuestra propia democracia termine siendo una mentira, o algo así. Una irrealidad. O que se nos caiga a plomo por no soportar su peso su mal tejido deshilachado. 


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