La Europa de las 65 horas

01/10/2010 - 09:45 Hemeroteca

Fernando Almansa - Periodista
Irlanda dice no al referéndum del tratado de Lisboa, y tras este “no”, se ocultan miedos, los miedos a perder peso en Europa, a peder capacidad de decisión, a ser un satélite girando alrededor de centros gravitacionales lejanos a su realidad.
Los análisis técnicos de las consecuencias del “no” de Irlanda al Tratado de Lisboa, no merecen mayor interés que el de cualquier manual técnico para desmontar una lavadora. Lo verdaderamente interesante, es el aspecto psicosocial de este “no”; y es que tras la negativa Irlandesa hay un creciente rechazo a una Europa que se construye de espaldas a la ciudadanía, con demasiados guiños al neoliberalismo, y demasiado abuso de la buena voluntad, de los millones de europeos genuinamente internacionalistas.

Los miedos de Irlanda a una Europa lejana, también han aparecido en España en la salvaje huelga de transportistas, en la que el Gobierno Español, ha repetido hasta el aburrimiento la frase “ Europa no nos deja subsidiar, o modificar nuestros precios en petróleo”. Europa una vez más, como excusa y razón para la irresolución de conflictos sociales.

Y en esta cadena de mensajes de una Europa mandona y amenazante, aparece con enojo, escándalo y vergüenza la directiva aprobada por los ministros de Empleo y Asuntos Sociales de la Unión Europea que permite extender la jornada laboral hasta 60, e incluso en algunos casos 65 horas semanales. El argumento justificativo encima de la mesa es el de dotar de mayor flexibilidad al mercado, y aumentar la competitividad.
¡¿Se han vuelto locos?!, esta mandanga de la competitividad está llevando al planeta a la ruina, a la ruina social, a la ruina ecológica y además y paradójicamente a la ruina económica. Frente al denominado “dumping” social que algunas economías emergentes, como China o India, imponen, y ante la creciente deslocalización empresarial como consecuencia de las ventajas comparativas de los mercados laborales menos regulados, y por ende más cercanos a la esclavitud laboral, la respuesta no puede ser una renuncia a los derechos sociales adquiridos en Europa a lo largo de dos arduos siglos de desarrollo social.

Europa no puede convertirse en una descerebrada locomotora neoliberal. Más bien Europa debe ser una abanderada de la economía responsable social y medioambientalmente, a pesar de que su defensa sea compleja y dura.

Si Europa quiere seguir desarrollándose tendrá que volver a sus bases, a su esencia y no dejarse arrastrar por los vientos de la sin razón y la locura del “crecimiento sin límites”, que ya hace algunos años se demostró ser la droga más destructiva del capitalismo salvaje.