11/05/2019 / 12:28
Antonio Yague


Imagenes

La Molina prevacia

 Pero la Alcarria no es Molina y cuarenta años después de la obra del  Nobel se ha producido una irreversible desbandada.


"Aquí en Luzón ya no hay escuela, ni cura ni médico. Tiendas tampoco quedan”. Lo contaba una paisana a un autoestopista de Gualda llamado Alfredo García Huetos hace más de treinta años, cuando los pueblos del Señorío estaban ya casi despoblados, aunque nadie hablaba de España vacía o vaciada. El pasaje forma parte de una descripción, iniciada en este enclave, durante un viaje en julio con el paisaje convertido en un secarral, la carretera ardiendo y un solitrón que caía a capazos, como dicen en mi pueblo. Nadie hablaba tampoco de cambio climático.

Me he refugiado durante estos días de murga electoralista en la lectura de su libro “Un viaje, otra mirada. Por los pueblos de Molina de Aragón” (Editorial Dulcinea). Y entonado el mea culpa por haberme perdido sus peripecias y las descripciones intimistas y originales de una veintena de nuestras localidades:  Bardales hundidos, huertos invadidos por la maleza, frontones como paneles del olvido, atrios de iglesias y plazas donde ya no juegan niños, construcciones de aire distinguido abandonadas en Maranchón, el interminable callejeo por Molina hasta encontrar posada, el recurso a un pajar para dormir en Tartanedo,  el avituallamiento en la tienda-bar del tio Anastasio de Hinojosa, la hospitalaria acogida en un Milmarcos venido a menos y añorante de su pasado...

El paralelismo con el viaje de Camilo José Cela es inevitable. Pero la Alcarria no es Molina y cuarenta años después de la obra del  Nobel se ha producido una irreversible desbandada. Nada que ver con aquellos años de mi infancia con las calles y el campo llenos de gente a la que ibas saludando. Tras el excelente narrador o caminante forastero y sus encuentros con viajantes que le recogen en un R-12, un Seat-850 o un tractor,  se percibe al profesor, filólogo, filósofo y poeta. También su amor por historias humanas y la soledad “acogedora, sonora, compartida y siempre profundamente terapéutica”.

Conviene leerlo por mero placer literario y como excelente testimonio de un viaje al pasado. Con realismo, sin nostalgias, traumas ni reivindicaciones imposibles. El mundo camina, desde hace tiempo y de manera irreversible, hacia las ciudades. Los padres quieren lo mejor para sus hijos y los nuestros se percataron de que no estaba ni está en estos pueblos. Alfredo  levanta acta de sus efectos.


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