01/11/2019 / 17:59
Pedro Villaverde Embid


Imagenes

La muerte y el más allá

Es cierto que en todas estas fiestas hay quienes hacen caja,  pero prevalecen, pensamos, los sentimientos, en esta ocasión, de pena, nostalgia o añoranza. 


Fiestas de Halloween, muchas organizadas por los ayuntamientos, bares y establecimientos de ocio, para divertirse o hacer negocio con la simbología de la muerte, un mundo aterrador al tiempo que fascinante, lleno de interrogantes y misterios. Es la versión pagana, exportada de otros países, de lo que ha sido siempre en la tradición cristiana la festividad de Todos los Santos y el posterior día de Ánimas. Conviven hoy y se complementan, pues no han de ser excluyentes, estas maneras de afrontar los primeros días de noviembre en el que el recuerdo de los seres queridos se acrecienta o más bien se escenifica con la visita a los cementerios para limpiar lápidas o nichos y dejar flores en su memoria. Los camposantos se convierten en lugar de peregrinación, siendo muchos quienes se desplazan al pueblo o permanecen en él hasta estas fechas, alargando la estancia que se iniciara por Semana Santa. Aunque el cariño es algo que cada uno lleva consigo siempre, es bueno que una vez al año se dediquen unas fechas para el tributo a los que se fueron, como se hace con el Día de la Madre, el Padre o San Valentín. Es cierto que en todas estas fiestas hay quienes hacen caja,  pero prevalecen, pensamos, los sentimientos, en esta ocasión, de pena, nostalgia o añoranza. Es un viaje al pasado que nos muestra etapas quemadas, en las que fueron protagonistas  esos familiares o amigos que partieron, que nos retrotrae a vivencias inolvidables que no volverán y constituye una  invitación a reflexionar sobre la propia vida, ese tiempo que cada uno tenemos y se va agotando hasta en algún momento concluir. Así de duro y cruel. “Tanto penar para morir”, que dice un dicho,  “Polvo somos y en polvo nos convertiremos”. Y así será para todos. “Vivir es la ilusión de hacer cosas, morir el gran fracaso de la humanidad”, dijo mi abuelo Salvador en sus últimas horas consciente del eminente desenlace y después de confesar con un sacerdote amigo.  “Ante todo Dios” fue la despedida de mi otro abuelo, Casimiro, la noche que supo que no habría un mañana al menos en el mundo que conocemos.  Ellos, y otros muchos, afrontaron el final del viaje desde las convicción cristiana en el más allá, en la inmortalidad del alma, en la vida eterna, en el encuentro con el Altísimo. Amén. El que volverá de la muerte, eso sí, será don Juan Tenorio gracias a Gentes de Guadalajara con su magnífica representación por las calles de la ciudad.  


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