La nieve

10/11/2018 - 18:52 Luis Monje Ciruelo

Ni el coche de línea de Molina ni los de los vendedores habituales llegaban esos días a Checa, pero la nieve no era obstáculo para la Guardia Civil.

Cuando veo en televisión escenas de nevadas en pueblos, generalmente norteños, me vienen a la memoria imágenes de mi niñez en Checa, en el Alto Tajo, en los años treinta, cuando la nieve era más frecuente en toda la provincia, y no como ahora en que ver nevar en la capital es casi para nosotros una novedad. Me refiero a nuestra ciudad, pues en las Serranías de Ayllón y de Molina las nevadas son más frecuentes. De todas formas ahora no nieva como antes, como decimos los viejos. Tal vez influya en lo que voy a contar mis ojos de niño de ocho o nueve años, que todo lo magnifican, pero los datos son objetivos. Es cierto que muchas mañanas los checanos  tenían que aplicarse a abrir veredas en la nieve para que los niños pudiéramos ir a la escuela, a la que llegábamos por sendas recién abiertas en la nieve caída durante la noche, a veces con altura equiparable a la estatura de los párvulos con menos años. Ni el coche de línea de Molina ni los de los vendedores habituales llegaban esos días a Checa, pero la nieve no era obstáculo para la Guardia Civil, que, con nieve o sin ella no dejaba de cumplir su programa de correrías. En una de esas noches de hielo y nieve se descubrió al otro día que una pareja del Puesto de Checa que iba a Orea, donde no había Guardia Civil entonces, había pasado por el muro de la presa de un molino sin advertir el peligro al estar helada la superficie de la balsa,  cubierta  de nieve. Algunos años antes la pareja tuvo peor suerte, pues, según me contaron, el guardia que iba delante se hundió al romperse el hielo cargado con el fusil, correaje, y la capa que se usaba entonces, y a pesar de que fue extraido en pocos minutos murió de hipotermia, dada la bajísima temperatura, que en aquella zona se acerca con frecuencia a veinte grados bajo cero.  Los inviernos eran duros allí, sobre todo para los ganaderos, que por eso practicaban la trashumancia de sus ganados trasladándolos previsoramente a las templadas dehesas de Jaén. De ahí la influencia andaluza en Checa, no sólo en el carácter abierto y alegre de los checanos en fiestas, sino en el blancor de sus casas enjalbegadas continuamente por las mujeres al terminar el invierno, mujeres que gozaban en la comarca fama de muy limpias. Comparto las nevadas de Checa en mi niñez con sendos azarosos viajes en coche a Bustares y puerto de la Quesera (1.870 m. de altitud) en los años setenta en que me quedé atrapado por la nieve que comenzó a caer. Gracias a unos cazadores con Land-Rover pude seguir, y todavía les estoy agradecido.