La oposición arranca
01/10/2010 - 09:45
ARTICULOS
Antonio Papell Periodista
Se ha echado en falta a la oposición estas últimas semanas. Desde que despegó formalmente la legislatura, el discurrir de la mayoría y del gobierno tenía como contraparte un espeso silencio que desatentaba los equilibrios internos del sistema.
Así lo convinimos unos cuantos periodistas con el recién designado portavoz del PP, Esteban González Pons, en una conversación radiofónica informal la noche del primer día del Congreso valenciano del PP, que cuando menos ha servido para solidificar de nuevo la opción popular en torno a Rajoy, tras un período de caos, desconcierto y crisis, nada extraño en una etapa precongresual compleja y agitada.
En efecto, nuestros modelos democráticos son feliz y generosamente bipolares. La política se forma mediante la tesis y la antítesis, los hegelianos términos que, en el mejor de los casos, concluyen en la síntesis. A menudo prevalece la opinión inflexible de la mayoría, pero aún así, la influencia de la minoría resulta determinante, tanto porque crea opinión pública un poderoso instrumento de presión sobre el poder- cuanto porque obliga a los gobiernos a reflexionar y los lleva a percatarse de otras opciones posibles. En definitiva, no hay peor noticia que la crisis de las minorías, que dejan al poder en una soledad autista y peligrosa.
El discurso final de Rajoy del pasado domingo, muy opinable en ciertos aspectos, anunció con timbales y clarines el principio de una nueva etapa en la que el PP, renovado y eufórico, se dispone a desempeñar su papel. La pieza oratoria tuvo a este respecto dos partes diferenciadas: una primera fue de vapuleo inclemente al Gobierno por la crisis económica como si hubiera sido fruto de su mala gestión y sólo a él hubiera que reprochársela. Una segunda fue de mano tendida al Gobierno para alcanzar acuerdos tanto en la economía cuanto en la política antiterrorista y en aquellas cuestiones en que el consenso forma parte del núcleo constitucional y fortalece al Estado (política exterior, defensa, pensiones, inmigración en cierto modo, etc.).
Lo cierto es que esta contradicción demagogia junto a disponibilidad- resulta tan desconcertante como peligrosa. Porque es evidente que la conjunción de ambas actitudes no es fecunda. La oposición eficaz y constructiva debe basarse en la objetividad y en el sentido de la proporción, elementos que no caracterizaron precisamente al PP en la legislatura pasada. En caso contrario, es imposible cooperación alguna, y la política se convierte como ya fue en el crispado período 2004-2008- en una cruenta lucha por el poder que irrita a la opinión pública, desacredita a sus actores, consume estérilmente energías y no favorece en absoluto el interés general.
Rajoy ha ganado holgadamente el Congreso pero no ha integrado a los críticos, que, aunque son evidente minoría, cuentan con poderosos apoyos, entre ellos los de Aznar y Aguirre. Y no habría que descartar que el líder gallego, presionado por ellos, sienta la tentación del escabullirse del asedio por la vía de volcarse con extrema dureza contra el gobierno. Algo de esto hubo ya en el mencionado discurso, en el que recurrió hábilmente a la estratagema de crear un enemigo exterior que distraiga a los adversarios interiores. Entiéndaseme bien: no se propone que Rajoy sea blando con Zapatero, ni mucho menos que eluda las funciones de contradicción y control que la oposición debe ejercer puntualmente: de lo que se trata es de que esta oposición fuerte realice una labor estimulante, constructiva y por lo tanto útil. En el concreto caso de la crisis económica, hay que reiterar el criterio de que lo ideal sería que el diálogo social, entre el gobierno y los agentes económicos, se enriqueciera con la presencia o al menos con aportaciones de la oposición. A fin de cuentas, el estallido de la burbuja inmobiliaria, que ha agravado en nuestro país los efectos de la desaceleración mundial debida a la crisis de las hipotecas americanas y al alza del precio de la energía, es responsabilidad de ambos partidos: ni el PP ni el PSOE tomaron iniciativa alguna para frenar cuando aún era tiempo aquella espiral alcista que tenía forzosamente que terminar en caída vertical.
En todo lo demás, la posibilidad de acuerdos depende más de la predisposición a alcanzarlos que de las posiciones de que se parta. Es lógico pensar que el discreto deslizamiento del PSOE hacia estribor y del PP hacia babor habría de facilitar la convergencia, pero el entendimiento sólo se logrará si hay verdadera voluntad estratégica de conseguirlo.
Rajoy ya comprobado en carne propia que el ruido no le sirve para ganar elecciones. La vieja tesis de que el barullo y el desorden siempre favorecen a la oposición no se ha confirmado. Debería tomar buena nota de ello.
En efecto, nuestros modelos democráticos son feliz y generosamente bipolares. La política se forma mediante la tesis y la antítesis, los hegelianos términos que, en el mejor de los casos, concluyen en la síntesis. A menudo prevalece la opinión inflexible de la mayoría, pero aún así, la influencia de la minoría resulta determinante, tanto porque crea opinión pública un poderoso instrumento de presión sobre el poder- cuanto porque obliga a los gobiernos a reflexionar y los lleva a percatarse de otras opciones posibles. En definitiva, no hay peor noticia que la crisis de las minorías, que dejan al poder en una soledad autista y peligrosa.
El discurso final de Rajoy del pasado domingo, muy opinable en ciertos aspectos, anunció con timbales y clarines el principio de una nueva etapa en la que el PP, renovado y eufórico, se dispone a desempeñar su papel. La pieza oratoria tuvo a este respecto dos partes diferenciadas: una primera fue de vapuleo inclemente al Gobierno por la crisis económica como si hubiera sido fruto de su mala gestión y sólo a él hubiera que reprochársela. Una segunda fue de mano tendida al Gobierno para alcanzar acuerdos tanto en la economía cuanto en la política antiterrorista y en aquellas cuestiones en que el consenso forma parte del núcleo constitucional y fortalece al Estado (política exterior, defensa, pensiones, inmigración en cierto modo, etc.).
Lo cierto es que esta contradicción demagogia junto a disponibilidad- resulta tan desconcertante como peligrosa. Porque es evidente que la conjunción de ambas actitudes no es fecunda. La oposición eficaz y constructiva debe basarse en la objetividad y en el sentido de la proporción, elementos que no caracterizaron precisamente al PP en la legislatura pasada. En caso contrario, es imposible cooperación alguna, y la política se convierte como ya fue en el crispado período 2004-2008- en una cruenta lucha por el poder que irrita a la opinión pública, desacredita a sus actores, consume estérilmente energías y no favorece en absoluto el interés general.
Rajoy ha ganado holgadamente el Congreso pero no ha integrado a los críticos, que, aunque son evidente minoría, cuentan con poderosos apoyos, entre ellos los de Aznar y Aguirre. Y no habría que descartar que el líder gallego, presionado por ellos, sienta la tentación del escabullirse del asedio por la vía de volcarse con extrema dureza contra el gobierno. Algo de esto hubo ya en el mencionado discurso, en el que recurrió hábilmente a la estratagema de crear un enemigo exterior que distraiga a los adversarios interiores. Entiéndaseme bien: no se propone que Rajoy sea blando con Zapatero, ni mucho menos que eluda las funciones de contradicción y control que la oposición debe ejercer puntualmente: de lo que se trata es de que esta oposición fuerte realice una labor estimulante, constructiva y por lo tanto útil. En el concreto caso de la crisis económica, hay que reiterar el criterio de que lo ideal sería que el diálogo social, entre el gobierno y los agentes económicos, se enriqueciera con la presencia o al menos con aportaciones de la oposición. A fin de cuentas, el estallido de la burbuja inmobiliaria, que ha agravado en nuestro país los efectos de la desaceleración mundial debida a la crisis de las hipotecas americanas y al alza del precio de la energía, es responsabilidad de ambos partidos: ni el PP ni el PSOE tomaron iniciativa alguna para frenar cuando aún era tiempo aquella espiral alcista que tenía forzosamente que terminar en caída vertical.
En todo lo demás, la posibilidad de acuerdos depende más de la predisposición a alcanzarlos que de las posiciones de que se parta. Es lógico pensar que el discreto deslizamiento del PSOE hacia estribor y del PP hacia babor habría de facilitar la convergencia, pero el entendimiento sólo se logrará si hay verdadera voluntad estratégica de conseguirlo.
Rajoy ya comprobado en carne propia que el ruido no le sirve para ganar elecciones. La vieja tesis de que el barullo y el desorden siempre favorecen a la oposición no se ha confirmado. Debería tomar buena nota de ello.