26/11/2018 / 11:49
José Serrano Belinchón


Imagenes

Lactarius

La noticia de la aparición del níscalo en nuestros pinares debió de correr como la pólvora. 


La escasez de lluvia a final del verano nos llevó a pensar que la recolección de setas sería, un año más, cosecha perdida. Llegaron las lluvias entrado el otoño y las diferentes clases de setas comenzaron a brotar al favor de una temperatura adecuada en los bosques. Con las primeras precipitaciones aparecieron las setas de cardo (pleurotus eryngii), después los boletos (boletus edulis), y cuando los incondicionales daban todo por perdido, las copiosas lluvias de noviembre nos trajeron en cantidad comedida el lactarius deliciosus, es decir, el popular níscalo.

La noticia de la aparición del níscalo en nuestros pinares debió de correr como la pólvora entre los micólogos por afición y no menos entre los especuladores, de manera tal, que casi de la noche a la mañana los pinares se vieron invadidos de buscadores, los entornos de las carreteras serranas ocupados por centenares de coches, y entre col y col, el nuevo personaje en escena de esta farsa de temporada que, ojo avizor, y situado preferentemente en los cruces de camino, con la típica furgoneta cargada de cajas vacías, esperan a la caída de la tarde el regreso de los buscadores, con lo que se llega al acto final: la compra del producto por los acaparadores que imponen la ley, es decir, los precios, que suben y bajan a gusto del acaparador con ánimo de lucro.

Serían las cinco o poco más. La tarde desapacible en extremo. Sobre la báscula portátil del traficante se iban vaciando las cestas de algunos buscadores. La tarde anterior les habían pagado a seis euros el kilo de níscalos. Tras el tira y afloja, el hombre y la mujer -extranjeros, por cierto, y al parecer expertos- colocaron su recolección del día por algo más de la mitad que veinticuatro horas antes. Se fue haciendo de noche. Comenzó a llover. El mercado a campo abierto desapareció en cuestión de minutos.

Quien vivió esos momentos como mero espectador concluyó su viaje a casa haciéndose un sinfín de preguntas: quiénes serían aquellas gentes; con qué cuidados habrían tratado el bosque; a qué precio se venderán en los mercados los níscalos de la Sierra Norte…?  Y otra final más comprometida que quizás nos hacemos todos: ¿Qué parte de la ganancia obtenida repercutirá en el bien común? ¿Quién controla esto? ¿No será necesario poner un poco de orden y evitar los abusos…? El papel del comentarista es comentar. La solución a estos problemas está en otras manos.  


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