18/10/2021 / 12:58
Javier Sanz


Imagenes

Larga vida, 'Dépor'

La cosa fue hace medio siglo, a golpe de calendario y de botas manufacturadas de Carrasco en el taller de la calle de la Yedra hasta que se importaron de Munich. 


La fotografía del equipo que preside el bar de La Salceda no está descolorida, es la estampa de un tiempo, año 1971, de una España que pedía color pero acababa virando al blanco y negro, estertores del franquismo. Ese equipo glorioso, donde algún jugador de primera habría chupado banquillo, como sigue rezando el argot periodístico, era la gran compañía que debutaba en el mejor escenario de su categoría, la Salceda, el tapete donde los jugadores de fuera creían pisar el Bernabéu. Nueva década y la ciudad episcopal rajaba el pellejo del tambor de la OJE con la navaja del fútbol y la adolescencia empezaba a coleccionar en su memoria los cromos no impresos de los nuevos actores que formaban un once que se había comprometido a defender el águila y el castillo en dos cuarteles sobre la guinda de un balón, el escudo, o sea, sobre el corazón, que no dejaba de ser desde Aristóteles el órgano de la pasión, por ello el día que este órgano se gripaba no se pasaba del empate. Y gracias.

Ni tiempo para levantar unos vestuarios de ladrillo y uralita y el equipo se vestía en la trastienda del bar Lozano, a un kilómetro del campo. A las cinco les aguardábamos como a los toreros cuando salían del hostal para la plaza y en ellos nos veíamos pues no queríamos ser otra cosa. La Salceda o la Sorbona, tanto daba, el caso era doctorarse en lo que a uno le gustara, obtener el título de actor para interpretar tu rol en el gran teatro del mundo, pero el fútbol en vivo había arrancado la tapa de la caja de los truenos y los once elegidos entraban en el Boris después del partido con los aires de un mismo John Wayne de la meseta que hubiera dejado el caballo atado en las rejas de las Clarisas. El personal había de saber que en la margen derecha del Henares se acababa de vivir la última gesta seguntina y el Coslada regresaba a casa con las orejas lacias.

La cosa fue hace medio siglo, a golpe de calendario y de botas manufacturadas de Carrasco en el taller de la calle de la Yedra hasta que se importaron las de Munich. Medio siglo en el que una bendita cofradía de gepettos armó, y arma, cada semana un futbolín como un belén, con su río y su suelo pintado de verde en el que once elegidos vienen viviendo su champions particular porque todavía no saben que el premio será reunirse con el compañero en su boda o en el entierro de los padres, también cuando regresen en verano del destino que ya está escrito muy lejos de ese rectángulo clavado a los pies de Séñigo, donde se despide el sol estorbando al portero. 

El domingo pasado se ordenaron de cardenales los veinte de la primera promoción futbolera de la ciudad episcopal y les fue impuesta la estola azul y roja. Al toque del cuerno del druida acudieron de aquí y de allá, desde la Travesaña baja y desde la arena donde se atisba África, y la batería de la nostalgia daba luz a cada par de ojos que más que mirar abrazaba al compañero de medio siglo atrás. Los códigos de la amistad, o sea, la insuperable gesta de haber compartido un trayecto de juventud en el tren que echaba humo donde más que mirar el paisaje sentíamos que nos miraban, ahí van esos héroes. Un equipo con el uniforme de ciudad, recuperadas las camisetas, hasta entonces sudarios de los héroes de casi la posguerra, se reunía el domingo en el abrazo de la nostalgia y hablaba el código del idioma de juventud, el que se aprende en el vestuario y ya no se olvida. Cruzó una nube marenga cuando se echó en falta a los que se fueron por delante porque así estaba escrito, pero seguían fijos en la foto del bar, como héroes de ese tiempo que parecía eterno cuando ni siquiera sabíamos qué era eso de la eternidad. Quizá media eternidad fueran estos cincuenta años que parió la Salceda cada septiembre, cuando empezaba la liga por esos campos de Dios, pero ninguno como éste.         


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