Las campañas electorales

01/10/2010 - 09:45 Hemeroteca

EL COMENTARIO
JUAN LUIS FRANCOS - Escritor
Estamos en el día de máxima actividad de los partidos políticos para convencernos de que les demos nuestro voto. Mañana silencio, es el día de reflexión, esperamos que en esta ocasión sí se cumpla. Se hace en todo el mundo la campaña electoral, lo cual nos hace pensar que debe ser buena, necesaria y positiva. Seguramente la mayoría de los votantes pensará que la necesita para ayudarle a decantarse.
En este punto no son pocos los que piensan como mi amigo Heliodoro, muy inteligente él. Dice, y así lo piensa, que después de cuatro años enterándose a diario por los distintos medios de comunicación, de lo que pasa en la política, de cómo actúa mengano y citrano, de cómo es uno, y otro, y un tercero, y un cuarto partido político, a él, que sabe como piensa y lo que quiere, no le hace falta campaña, ni debates, ni que se pongan guapos los candidatos, ni que en la tele den mejor o peor. No le importa un candidato guapo o feo, hombre o mujer, le importa su honradez, preparación y confianza basada en los hechos de los últimos cuatro años.
Se extraña de que las campañas estén más en desprestigiar al contrario, aunque sea con falsedades e insultos, que en cantar los méritos propios y los planes de futuro. ¿Has visto como te van dando el programa electoral, gota a gota, mitin a mitin, debate a debate, en vez de mandarte a tu casa un librito con él? Te mandan las papeletas de su partido, pero ninguno el programa electoral. Parece como si quisieran ganar una competición a base de arrastrar mucha gente a los polideportivos, a dar una sorpresa a tiempo, a pillar al candidato opositor en un renuncio porque no sabe el precio de cualquier menudencia, en vez de ponerse serios y contarnos lo que nos importa.
Heliodoro dice, y así lo piensa, que suprimiendo las campañas estaríamos igual de informados o, inclusive, mejor. Que nos ahorraríamos oír falsedades, insultos y alusiones a pasados que ya no tienen remedio y mucho, mucho dinero. Dice que nota a la gente de la ciudad, e incluso a la de los que deberían ser tranquilos pueblos, con una tensión y suspicacia que no debería ser normal cuando llega una fiesta democrática con su máximo exponente: las elecciones.
Mire usted por donde, este amigo mío que tiene una tienda en un pueblo de la Alcarria se atreve a proponer que no haya campañas electorales. ¡Qué se habrá creído, no se da cuenta que se hacen en todo el mundo! Si todo el mundo las hace tendrán que ser buenas y positivas. Pero resulta que tal y como lo pienso parece que le voy dando algún punto de razón. ¿Y si resultara que con los libritos de los programas y las experiencias de los últimos cuatro años tuviéramos bastante para decidir? Leernos los programas nos llevaría menos tiempo que escuchar, aunque sea en los medios, tanto mitin y tanto debate.
Empiezo a apuntarme a la teoría de mi amigo, por muy disparatada que en principio pueda parecer. O, a lo mejor, es que estoy pensando que a las campañas había que darle una vuelta de calcetín. Vaya usted a saber.