Las dos almas del PP
01/10/2010 - 09:45
Antonio Papell
La bruma de las ambiciones personales, de la lucha por las parcelas del poder interno en el seno del Partido Popular, había eclipsado hasta ahora la gran disyuntiva que la formación conservadora debía resolver desde que desapareció el liderazgo carismático de José María Aznar: la opción entre un partido moderno, reformista, centrista, dispuesto a asimilar con sinceridad la diversidad española, la España plural, que hoy florece como una realidad pletórica y fecunda, y un partido conservador a la vieja usanza, defensor acérrimo de las añejas esencias imperiales, celoso de una unidad uniformizadora y artificial y en el fondo contrario al Estado de las Autonomías, integrista en lo moral y contrario a conseguir acuerdos de fondo con los réprobos socialistas, siempre dispuestos a enajenar la patria a cambio de un plato de lentejas.
La defección de María San Gil de la ponencia política que el PP presentará al Congreso de junio ha destapado sin embargo la fractura con toda su crudeza. El texto en el que participaba junto a la senadora catalana Alicia Sánchez Camacho y a José Manuel Soria, presidente del PP canario y actual vicepresidente del Gobierno de las islas, en coalición con los nacionalistas de CC, no ha agradado a la presidenta del PP vasco, una mujer sin duda valiente y meritoriamente dispuesta a defender sus ideas en un ambiente extremadamente hostil, pero centrada en dos esquemáticas convicciones: la defensa de la idea de España frente a la hidra nacionalista y la derrota policial del terrorismo. La ponencia final, filtrada en sus líneas maestras por Soria y que ha contado con el apoyo tácito de Génova, es considerablemente pragmática, y sin renunciar a los principios, aboga, entre otras cosas, por los pactos con el PSOE en la cuestión territorial. Pactos que por otra parte ya tienen el precedente valioso y expresivo de los acuerdos conseguidos en los Estatutos valenciano y andaluz, que marcan la pauta del dibujo final. Parece claro en todo caso que la actitud intransigente de San Gil, rápidamente secundada con visible oportunismo por Esperanza Aguirre, está relacionada con recientes declaraciones de Jaime Mayor Oreja. El ex ministro está visiblemente preocupado por la hipotética deriva posibilista del PP ante un ominoso cambio de régimen auspiciado por Rodríguez Zapatero, después de que Mariano Rajoy hiciera gestos que permiten intuir que, después de la fallida legislatura de la crispación, se dispone a adoptar una actitud mucho más constructiva y de recuperación de los viejos pactos del Estado.
Ni esta dicotomía es nueva ni aparece por primera vez. La marcha de Piqué, quien fue uno de los grandes activos del Partido Popular por su visión moderna del centro-derecha y por su ánimo dialogante y contemporizador, no fue más que la consecuencia de la presión exorbitante que sobre él ejercieron quienes inventaron fantásticas teorías conspirativas y corearon tan insistentemente el España se rompe de la legislatura anterior. Lo que ha ocurrido es que la estrategia de puro continuismo adoptada por el PP durante el pasado cuatrienio y la reducción del gran debate parlamentario a la confrontación frontal y sistemática con el Gobierno ocultó relativamente la existencia de las dos almas que cohabitan en el partido: la que tremola las banderas al viento y la que está preocupada por el desarrollo armónico y la modernización de este país.
Evidentemente, este nuevo debate fortalece a Rajoy si es que realmente el líder popular ha decidido optar por llevar a cabo de ahora en adelante una oposición constructiva, de recomposición de los pactos de Estado y de ofrecimiento de propuestas alternativas. De entrada, el que podía haber sido un congreso a la búlgara, de adhesiones inquebrantables a un jefe sin adversarios, puede convertirse en un congreso de intensa controversia ideológica entre las dos fracciones que comienzan a perfilarse. Y si Rajoy se impone a sus críticos más reaccionarios lo que le ubicará en una posición avanzada, positiva, creativa y simpática (este adjetivo no es ocioso)-, tendrá muchas posibilidades de afirmar su liderazgo ya no sólo sobre las bases de una lealtad ficticia basada en el oportunismo político sino también sobre un ideario renovador, que sí daría al PP verdaderas opciones de competir en plano de igualdad y en un tono más intelectual que visceral con su gran adversario.
Nada hay nuevo bajo el sol, y es muy natural que en un gran partido que agrupa a todo un hemisferio político e ideológico haya alas, facciones, tendencias. Las hubo en el PSOE durante mucho tiempo pese a que en su hemisferio habitaba también Izquierda Unida. Lo importante es que se hagan con el control de partido mayorías capaces de mirar al futuro, de gestionar realidades sociales y no entelequias nostálgicas o utópicas. Y si Rajoy se impone realmente al sector que ha lastrado seriamente al PP estos últimos tiempos con apelaciones apocalípticas e invocaciones a la guerra santa, habrá dado, además de un salto personal importante, una prueba de inteligencia al servicio de este país.
Ni esta dicotomía es nueva ni aparece por primera vez. La marcha de Piqué, quien fue uno de los grandes activos del Partido Popular por su visión moderna del centro-derecha y por su ánimo dialogante y contemporizador, no fue más que la consecuencia de la presión exorbitante que sobre él ejercieron quienes inventaron fantásticas teorías conspirativas y corearon tan insistentemente el España se rompe de la legislatura anterior. Lo que ha ocurrido es que la estrategia de puro continuismo adoptada por el PP durante el pasado cuatrienio y la reducción del gran debate parlamentario a la confrontación frontal y sistemática con el Gobierno ocultó relativamente la existencia de las dos almas que cohabitan en el partido: la que tremola las banderas al viento y la que está preocupada por el desarrollo armónico y la modernización de este país.
Evidentemente, este nuevo debate fortalece a Rajoy si es que realmente el líder popular ha decidido optar por llevar a cabo de ahora en adelante una oposición constructiva, de recomposición de los pactos de Estado y de ofrecimiento de propuestas alternativas. De entrada, el que podía haber sido un congreso a la búlgara, de adhesiones inquebrantables a un jefe sin adversarios, puede convertirse en un congreso de intensa controversia ideológica entre las dos fracciones que comienzan a perfilarse. Y si Rajoy se impone a sus críticos más reaccionarios lo que le ubicará en una posición avanzada, positiva, creativa y simpática (este adjetivo no es ocioso)-, tendrá muchas posibilidades de afirmar su liderazgo ya no sólo sobre las bases de una lealtad ficticia basada en el oportunismo político sino también sobre un ideario renovador, que sí daría al PP verdaderas opciones de competir en plano de igualdad y en un tono más intelectual que visceral con su gran adversario.
Nada hay nuevo bajo el sol, y es muy natural que en un gran partido que agrupa a todo un hemisferio político e ideológico haya alas, facciones, tendencias. Las hubo en el PSOE durante mucho tiempo pese a que en su hemisferio habitaba también Izquierda Unida. Lo importante es que se hagan con el control de partido mayorías capaces de mirar al futuro, de gestionar realidades sociales y no entelequias nostálgicas o utópicas. Y si Rajoy se impone realmente al sector que ha lastrado seriamente al PP estos últimos tiempos con apelaciones apocalípticas e invocaciones a la guerra santa, habrá dado, además de un salto personal importante, una prueba de inteligencia al servicio de este país.