22/11/2020 / 10:38
Javier Sanz


Imagenes

Las voces ignoradas de Sigüenza

En Sigüenza se han clavado las pocas placas que sellan la memoria del olvidado Eutiquio Aragonés, de Gerardo López Alonso, de Francisco Layna Serrano, de Fermín Santos y de Manuel Serrano Sanz.


Puede que de antes, pero cuando el Renacimiento desde luego, Sigüenza fue esa “ciudad-volcán” que esparció hombres a modo de explosión ilustrada de cuerpos de buen seso que donde caían, caían de pie. Parte de culpa, que mucha, tuvo su Colegio-Universidad, controlado atentamente por el Cabildo catedralicio. Catedráticos y alumnos, este centro patroneado por López de Medina a sugerencia de Cisneros fue el tubo de ensayo del Colegio de San Ildefonso en Alcalá de Henares o, lo que viene a ser lo mismo, de su Universidad. Clérigos y laicos marcharon de Sigüenza con un título bajo el brazo a destinos principales, algunos habían oído del batir de las campanas los primeros sonidos y no fueron cuatro los que rigieron diócesis a un lado y otro del Atlántico a partir de que este se pudo cruzar a vela y remo.

Quedan de las ciudades las piedras del recuerdo, que en Sigüenza se ajustaron a la cuerda bien tirada de esquina a esquina y de esta a la siguiente haciendo una calle de tirón, como en el plano, hasta trazar una ciudad con mucha más razón que anarquía, de ahí que se recorra aun hoy, al menos en lo más viejo de su alma, con la inconsciencia del que bien sabe que no anda perdido pues aquí una referencia, la matrona-catedral, y en lo alto, el castillo y a los pies un parque que pide audiencia en otra columna que ya atenderemos. ¿Qué es una ciudad? Ésta, por ejemplo. A golpe de suela y a vista de pájaro, y hasta de ciego pues aquí abajo y allá arriba y no digamos en medio cuando cada campanazo por el Corpus o la procesión de los Faroles es una salva que es una salve, las campanas marcan en cuatro agujas la rosa de los vientos para ayuda del ciego, como ya se ha escrito y no hace mucho.

Piedras a escuadra que desembocan en plazas ojosas de soportales donde se vio correr al toro y bailar la jota de San Juan y a resguardo de la lluvia se cerraron tratos en la compra de una yegua y se pesó un kilo de tomates como corales pulidos que daba la huerta cuando hortelanos la peinaban en la humedad del Henares. La ciudad en sí misma es una evidencia pues Sigüenza es la paradoja del gran teatro de su mundo en cuanto que el escenario explica la historia antes de que los actores pisen las tablas. Pero ¿y, al menos, el recuerdo de éstos?

Mientras en la capital del reino no da la cámara del móvil para abarcar en cualquier esquina los rombos y rectángulos que pregonan quién vivió, pasó a sus pies o recibió un espadazo; mientras en la de la provincia los muchos bustos de Izraq Ibn-Muntil a Cela vigilan el paseo de Fernández Iparaguirre, en Sigüenza se han clavado las pocas placas que sellan la memoria del olvidado Eutiquio Aragonés, de Gerardo López Alonso, de Francisco Layna Serrano, de Fermín Santos y de Manuel Serrano Sanz, cuando frente a la de éste debería gritarse a media voz a don Santiago Ramón y Cajal y su verano del 1929 en aquella casa de otra de las ocho esquinas, y en el patio del Ayuntamiento a su médico universal Juan Huarte de San Juan, y en la calle del Seminario, como ya la tiene en la villa molinesa de Labros, a Josemari Canfrán recuperador de la dulzaina para la otra media Castilla y aun más, y dejar hueco debajo para su hermano Mariano, cincelador de las Españas, y torciendo a la izquierda a Alberto Pérez, seguntino de cuna y voz bolera de ultramar, y subiendo por la de Valencia a Pepe Esteban, escritor de peso en la corte, y en la suya o en otra al ingenio Fray José de Sigüenza, y en el Seminario Viejo un algo a los muchos álguienes que parió, Santos de Risoba al frente, y en la Alameda, del obispo Bejarano, un paseo, el llamado “de los curas”, por ejemplo, para Alfredo Juderías, pluma de Murano, con sus breves datos como los demás. ¿Y en las jambas del portón de la Universidad la selecta lista de sabios que lo cruzaron? Y otros tantos.

La ciudad animada. Ahora, cuando la preparación de tracas para Centenarios y Patrimonios, es la hora, que desmemoria e injusticia son la misma cosa, más aún la de la ciudad que se queda en mudo escenario a la espera de un elenco que ni doña María Guerrero. Pues cada esquina evoque un alma ejemplar en lo suyo, compartido, de gente parida, de paso o de destino, y que el visitante vea y sepa, en verdad, dónde estuvo aquel domingo en que descubrió Sigüenza. Andan por ahí, no muy lejos y a voces de BOE, con otra memoria y en otras esquinas, pero esa, lo viene cantando, es memoria cantonera.  


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