30/05/2019 / 11:17
Jesús de Andrés


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Latre

Quizá su falta de aspiraciones políticas ha sido la clave de su buen hacer ya que su única ambición ha sido cumplir con eficiencia su cometido.


 La Diputación de Guadalajara, en particular desde la recuperación de la democracia, ha tenido presidentes buenos, malos y regulares. Más allá del sesgo político con que uno observe la realidad, de las gafas ideológicas que distorsionan pasado y presente con un color u otro, no es difícil catalogar a la mayor parte a poco que se haga un esfuerzo de objetividad. De entre ellos, y es una apreciación que he podido contrastar con personas ubicadas en todo el arco ideológico, sobresale José Manuel Latre Rebled, quien ha ocupado el cargo en los últimos cuatro años con absoluta entrega, restando tiempo a cualquier dedicación que no fuera su actividad política, con humildad como deferencia a los demás y honestidad como marca de la casa. Latre ha sido un presidente que, tras llegar por sorpresa al cargo, sin ambicionar ese ni ningún otro puesto, día a día se ha ganado el respeto de todos, un presidente que aprendió enseguida a quitarse las tutelas que pretendían maniatarle y que ha demostrado una inteligencia institucional superlativa.

Hay un día en su biografía política imposible de olvidar: aquel 25 de junio de 2015 en que, sin estar en ninguna quiniela, sin postularse para nada, por un azar del destino en forma de veto a Ana Guarinos –cuya cabeza puso Ciudadanos como condición para dar la Diputación al PP–, de repente, en cuestión de horas, se vio sentado en el sillón presidencial del palacio de la Plaza de Moreno. Hasta ese momento había sido concejal, diputado regional y, sobre todo, alcalde de Sigüenza, puestos alcanzados sin pretenderlo, animado a presentarse por quienes vieron en él un buen candidato. Profesor, aragonés de Caspe –en la comarca del Bajo Aragón–, conoce bien los problemas de la España rural, esa que ahora llaman vaciada. Seguntino de corazón –lleva más de media vida en la ciudad del Doncel–, como buen alcalde se ha dejado la piel por su ciudad.

Quizá su falta de aspiraciones políticas ha sido la clave de su buen hacer ya que su única ambición ha sido cumplir con eficiencia su cometido, recorriendo la provincia de cabo a rabo, acercándose a la gente y visitando todos y cada uno de sus pueblos. Latre ha suplido su timidez por saber siempre escuchar, virtud escasa donde las haya. Su forma de ser, afable y cordial, le hace ganar siempre en la distancia corta, esa en la que no es posible engañar a nadie. El nuevo presidente, sea quien sea, tiene un modelo en el que mirarse y, con toda seguridad, un expresidente que le dará consejo sabio y prudentes sugerencias a poco que tenga la lucidez de consultarle. Al fin y al cabo, como decía Voltaire, inteligente es el que aprende de la experiencia de los demás, y Latre ha acumulado la mejor en estos últimos cuatro años.


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