Leopoldo, el patito feo

01/10/2010 - 09:45 Hemeroteca

Por: Redacción
Fernando Jáuregui
No es que fuese antipático: es que era leopoldiano, especial,
distante hasta que le llegabas al cuerpo a cuerpo, y entonces te sorprendía con la coña marinera de Ribadeo
Los periodistas de mi generación somos un poco hijos de Leopoldo Calvo-Sotelo, aunque estoy seguro de que a él no le gustaría que se dijese una cosa así. No era este ex presidente del gobierno hierático, cáustico, culto, con un sentido del humor pleno de retrancas lucenses, persona muy de formar grupos ni de crear escuelas. El era él y, como mucho, sus circunstancias. Un día le dije que lo admiraba por haber tenido el valor de llevar a cabo el juicio contra los golpistas del 23-F y me miró como si le hubiese alabado por haber bajado del monte con las tablas de la ley. Las alharacas no iban con él. No es que fuese antipático: es que era leopoldiano, especial, distante hasta que le llegabas al cuerpo a cuerpo, y entonces te sorprendía con la coña marinera de Ribadeo.

Pienso que fue un presidente atípico por varias razones: no llegó a la cúspide a los cuarenta, como su antecesor y sus sucesores; tenía un bagaje cultural y político más amplio que los demás presidentes del gobierno de la democracia, pero le faltaba el populismo y la cercanía de los otros. Pilotaba el barco erróneo, que era la UCD, que hacía agua por babor, estribor, popa y proa. Decía que tocaba el piano y que entendía el alemán, cosa inaudita en el club que forman (formaban) los ‘cinco’ que han pasado por el despacho principal de La Moncloa hasta el momento. Metió en la cárcel a Tejero –lo que no era empresa baladí en el momento en el que se hizo—y, con la misma falta de alharacas, metió a España en la OTAN. Si le dejan, nos mete también en la Comunidad Europea, pero esa era misión reservada a Felipe González.

Con gentes como Leopoldo se hizo la transición, que no fue mala cosa. Lo que ocurre es que no se daba demasiada importancia y, si se la daba, era en sentido equivocado. Juro que a mí sí me ocurrió lo que otros cuentan y no estoy seguro de que les sucediese: un día, viniendo Calvo-Sotelo por un pasillo, le guardé abierta la puerta del ascensor en el que ambos debíamos bajar, en el Congreso.
  • Veo que estás un poco cojo--, le dije, advirtiendo que renqueaba algo. Me miró como un entomólogo a un insecto, y me sentí aún más bajito.
  • No estoy un poco cojo –me dijo secamente—soy un poco cojo. Y me despreció desde la inmensidad de los cielos. Nunca dos pisos de ascensor duraron tanto tiempo.
Era así: leopoldiano o calvosotelesco. Con él hemos perdido un buen pedazo de nosotros mismos. Nos ha dejado anécdotas gloriosas –impagable la de la caja fuerte de Presidencia, con los misterios de los servicios secretos legados por Suárez, que consistían…en la combinación de la caja fuerte--, piezas maestras de ironía, memorias de lo cotidiano. Y el testimonio de esa generación que dio mucho, muchísimo, para que los españoles hoy seamos lo que somos: lean su biografía larguísima, plena de servicios y de acontecimientos y opinen ustedes mismos. La Historia, con mayúscula, tiene que incorporar desde hoy una nueva página, llena hasta los bordes con el nombre de Leopoldo Calvo-Sotelo y Bustelo. No se ha ido, porque ahí se queda.