Lingüística democrática en nuestro país
01/10/2010 - 09:45
Cesáreo Jarabo - Guadalajara
Venía siendo tradición en las instituciones democráticas que la inteligencia no resultase motivo de discriminación a la hora de ser nombrado cargo público.
Desde hace ya bastante tiempo se ha dado un gran paso adelante en este sentido y se ha accedido a lo que se conoce como discriminación positiva; a saber: para ocupar puestos públicos siempre tendrá prioridad el más estúpido frente al más inteligente.
Esa es, al fin, la democratización de la administración, uno de los últimos estamentos en democratizar.
Ya se había democratizado la universidad, de donde han desaparecido las mentes con capacidad de pensamiento; el ejército, convertido en ONG vergonzante, de donde han desaparecido las mentes capaces de defender algo digno; por supuesto la escuela, donde la democracia ha logrado objetivos que antes parecían inalcanzables, y que consisten en equiparar los niveles educativos a los alcanzados por Bangladesh, con un añadido importante, y es en Bangladesh, los jóvenes tienen asumido el respeto a la dignidad ajena y en concreto a la dignidad de los mayores, extremo que ha sido superado (siempre supera la democracia) por el sistema educativo español, que ha logrado una juventud absolutamente irrespetuosa con todo lo que no sea su estricto bienestar (con las excepciones que se quiera, entre las que se encuentran mis hijos, por cierto con una influencia familiar no precisamente democrática).
La democratización, así, ha ido llegando a todos los rincones, y en concreto al gobierno, que sólo mantiene algún puesto de pérfido para poder controlar la solemne estupidez del resto de los ministros.
Y es que, como digo, todo está manifiestamente democratizado. Los estúpidos ocupan con desparpajo los puestos de preeminencia y actúan como corresponde: lo mismo que un elefante en una cacharrería.
La última genialidad, la mostrada por la ministra Bibiana Aído, quién haciendo gala de su inequívoca competencia para detentar el puesto (no es broma: yo, por pura dignidad no lo desempeñaría ni aún cobrando lo que ella cobra), y con el objetivo de justificar su propia incompetencia, acaba de declarar que no estaría mal que en el diccionario apareciese con sentido propio la acepción miembras , si bien no alcanza a matizar a qué diccionario se refiere (eso sería pedir demasiado a la inteligencia de la señora ministra).
En honor a los ministros y ministras que, con semejante nivel educativo, parasitan España, y en ese mismo orden de cosas, tampoco estaría mal que el diccionario adoptase la acepción gilipollos, al objeto de deslindar a los ministros de las ministras.
Seguro que la señora ministra estaría encantada de tal medida.
Esa es, al fin, la democratización de la administración, uno de los últimos estamentos en democratizar.
Ya se había democratizado la universidad, de donde han desaparecido las mentes con capacidad de pensamiento; el ejército, convertido en ONG vergonzante, de donde han desaparecido las mentes capaces de defender algo digno; por supuesto la escuela, donde la democracia ha logrado objetivos que antes parecían inalcanzables, y que consisten en equiparar los niveles educativos a los alcanzados por Bangladesh, con un añadido importante, y es en Bangladesh, los jóvenes tienen asumido el respeto a la dignidad ajena y en concreto a la dignidad de los mayores, extremo que ha sido superado (siempre supera la democracia) por el sistema educativo español, que ha logrado una juventud absolutamente irrespetuosa con todo lo que no sea su estricto bienestar (con las excepciones que se quiera, entre las que se encuentran mis hijos, por cierto con una influencia familiar no precisamente democrática).
La democratización, así, ha ido llegando a todos los rincones, y en concreto al gobierno, que sólo mantiene algún puesto de pérfido para poder controlar la solemne estupidez del resto de los ministros.
Y es que, como digo, todo está manifiestamente democratizado. Los estúpidos ocupan con desparpajo los puestos de preeminencia y actúan como corresponde: lo mismo que un elefante en una cacharrería.
La última genialidad, la mostrada por la ministra Bibiana Aído, quién haciendo gala de su inequívoca competencia para detentar el puesto (no es broma: yo, por pura dignidad no lo desempeñaría ni aún cobrando lo que ella cobra), y con el objetivo de justificar su propia incompetencia, acaba de declarar que no estaría mal que en el diccionario apareciese con sentido propio la acepción miembras , si bien no alcanza a matizar a qué diccionario se refiere (eso sería pedir demasiado a la inteligencia de la señora ministra).
En honor a los ministros y ministras que, con semejante nivel educativo, parasitan España, y en ese mismo orden de cosas, tampoco estaría mal que el diccionario adoptase la acepción gilipollos, al objeto de deslindar a los ministros de las ministras.
Seguro que la señora ministra estaría encantada de tal medida.