Lo que nos une


Vivimos una de las épocas más bonitas del año, cuando la ciudad se tiñe de colores y la música invade las calles y plazas del entorno. Llegan las Ferias y Fiestas de Guadalajara en honor de nuestra patrona, Nuestra Señora de la Antigua. Pañuelo morado al cuello, dulzaina al ambiente, patata asada, peñas repartidas por el centro e ilusión por doquier. Como en otros años, el Festival Gigante supuso ese pistoletazo de salida a la actividad festiva, coincidiendo con la entrega de pulseras y la apertura de carpas.

Me consta (no todo va a ser acariciar la nuca de Ana Cristina a base de collejas) que el Ayuntamiento de Guadalajara está haciendo todo lo posible para que estos días sean un éxito de seguridad, diversión y proyección al exterior y que sea motivo de orgullo para todos. Al final, hay media docena de eventos o fechas que unen nuestra Guada City: Las ferias, el Tenorio, bajar a ver al Dépor, el recuerdo de los bizcochos borrachos y poco más. Y dentro de ese poco más, está por ejemplo el Balonmano Guadalajara que esta temporada cumplirá 20 años de existencia y aspira a recuperar su plaza en la Asobal con un proyecto estable e ilusionante. 

    A veces, es necesario dejar de lado la economía pura o el análisis financiero (otro día dedicaremos tinta y papel para hablar de planificación deportiva o presupuestos del deporte local) para hacer relato social sobre ese ADN común (también llamado GTV) con ojos de cronista aficionado para valorar estos puntos de unión entre personas distintas. Es muy gratificante ver a aficionados compartiendo historias con empresarios locales sobre el deporte que aman, ver animadas conversaciones o sinceras palabras entre políticos de distinto signo en torno a un escudo que representa a la ciudad.

Tal día como una tarde de una noche de verano pre-ferias se juntaron las fuerzas vivas para darse un homenaje alrededor del deporte de los siete metros. Aún con el desenlace de las temporadas, a veces ascendiendo y otras descendiendo, es totalmente loable ver cómo la Junta Directiva encabezada por Alejandro Ortiz y Alberto Quemada con Javier Palacios en la sala de máquinas, siguen al pie del cañón dando estabilidad a un equipo que huele a familia y a alcarreñidad por los cuatro costados. No solo el de Promissão en nupcias locales, sino también el coach que va perdiendo su acento sureño. Abrazos y compromiso. Respeto y afición. Apellidos locales y leyendas de videojuego. De ahí la importancia de la tranquilidad en la gestión y el valor de continuidad de los próceres del palco del David Santamaría. Igual que pasó hace dos meses y medio, cual película de Spielberg, donde había que salvar al Soldado Dépor, aquí el poder ejecutivo, económico y cervecil se ha conjurado para llevar en volandas nuestros recuerdos a la máxima división nacional del balonmano español. Este escriba no se quiere morir sin rascarle puntos al Barça de nuevo.

Ya llegará el otoño donde el debate sobre el estado de nuestra ciudad llene periódicos y panfletos, ya vendrá el final del estío cuando la inflación nos aplaste progresivamente (ojo a ese 4,3% interanual que nos ha vomitado el INE para el mes de agosto) y ya tendremos tiempo a poner luz, taquígrafos y cuenta corriente sobre las previsiones de energía, calefacción y suministro de este invierno con un estrecho de Ormuz todavía con agujetas y una Guerra de Ucrania que cabalga por su sexto año a lomos de los equinos negro y rojo del apocalipsis.

Mientras tanto, puede darse su dosis de soma y anestesia merecida y temporal abonándose a las andanzas de Francisco Nicolás en el Escartín, a ese deporte que hizo famoso el Duque Empalmado, a su peña favorita (por favor, cabeza y respeto, no caguemos lo que nos hace distintos), a ver toros por la Calle Mayor o por el Coso de las Cruces, a tomarse el montadito de cerdo por San Roque o a abrazar esas pequeñas cosas que nos unen como caracenses. Que propios y extraños sean felices. El trono de hierro ya se pondrá en juego para el año que viene y los economistas pesados vendremos con las trompetas del fin del mundo. Mientras tanto, nos merecemos unos días de abrazos, barriladas, verbenas y sonrisas. ¿Lo que nos une? Todo aquello que no nos separa.