03/07/2021 / 15:39
Araceli Martínez Esteban /Doctoranda UAH en Estudios Interdisciplinares de Género y exdirectora del Instituto de la Mujer en CLM


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La madre del presidente

El juez dio la razón a Antonia Caballero Torija, madre de Francisco Largo Caballero, en la demanda de divorcio que presentó en 1871 contra su marido “por los malos tratamientos que le daba de palabra y obra, haciéndola imposible vivir en su compañía”. Desde entonces se apañó con su pequeño.


Tal vez alguien piense que voy a escribir acerca la madre del presidente del gobierno de nuestra nación, pero he de advertirles que no va a ser el caso. Aunque seguro que se trata de una mujer estupenda, aparte de no conocerla, admito que esta semana no es la mejor para hablar de Pedro Sánchez y del gobierno en su conjunto, al menos para mí.

Como feminista no puedo ocultar la decepción que me ha ocasionado el anteproyecto de la llamada «ley trans». Cierto es que se trata de una norma revisada y dirigida a todo el colectivo LGTBI, como también es cierto que me siento alineada con el reconocimiento de la dignidad de las personas transexuales; pero no puedo soslayar mi consideración de que este anteproyecto invisibiliza a las mujeres que, lejos de ser un colectivo, representan algo más de la mitad de la humanidad.

En fin, veo que con esta disertación me alejo del objeto de la vindicación de hoy, cuya protagonista es Antonia Caballero Torija, la madre de Francisco Largo Caballero, quien fuera presidente del Consejo de Ministros de la Segunda República entre septiembre de 1936 y 1937.

Antonia Caballero Torija, que era natural de la bonita localidad de Brihuega, emigró como tantas jóvenes de nuestros pueblos a Madrid, donde trabajó como sirvienta de familias pudientes. Así pues, por las venas del histórico dirigente de la UGT y del PSOE corría sangre alcarreña, circunstancia que probablemente le hiciera más agradable la impartición de las conferencias que dio en la Casa del Pueblo de Guadalajara (al menos en 1924 y en 1926) y que gozaron de una gran acogida, según podemos leer en Flores y Abejas.

El respetado historiador Julio Aróstegui recompuso el puzle de la vida de Largo Caballero a través de sus investigaciones, las notas autobiográficas del personaje y el manuscrito que sobre él dejó Rodolfo Llopis (ya hablaremos algún día de su relación indirecta con nuestra provincia). Gracias a ellos, sabemos que Antonia fue una mujer «alta, delgada y rubia» (habiendo heredado su hijo estas características) y que marchó de su Brihuega natal a la Plaza Vieja de Chamberí, donde ya residía un hermano.

Pie foto: Francisco Largo Caballero y Margarita Nelken en el Congreso de los Diputados (1933). Fuente: Fundación Pablo Iglesias.

En la corte conoció al toledano Ciriaco, de profesión carpintero, con quien contrajo matrimonio al poco tiempo y con el que tuvo a su único hijo. Ya como mujer casada, abandonó el trabajo para asumir el de la propia casa y familia, descubriendo entonces la auténtica cara de su marido, un ser pendenciero y agresivo.

Efectivamente, Antonia Caballero fue víctima de la violencia de género, pero por suerte, el casi recién iniciado Sexenio Democrático había instaurado el derecho al divorcio (el cual se suprimió años más tarde hasta la llegada de la Segunda República, convirtiéndose en una de la principales reivindicaciones de las feministas sufragistas de comienzos del siglo XX), presentando la primera denuncia el 7 de febrero de 1871 a causa de «los malos tratamientos que [su marido] le daba de palabra y de obra, haciéndola imposible vivir en su compañía». 

A pesar de que el cónyuge no aceptaba la demanda de divorcio, finalmente el juez dio la razón a Antonia, por lo que a partir de ese momento tuvo que apañárselas para salir adelante junto a su pequeño de dos años. La realidad es que pasaron momentos verdaderamente difíciles, hasta el punto que Aróstegui señaló que el reconocido hispanista Meaker afirmaba que Largo Caballero vivió «una infancia dickensiana».

En una entrevista que en 1934 Francisco Largo Caballero concedió a la maestra del periodismo Josefina Carabias para la revista Crónica, cuenta que con apenas siete añitos hubo de dejar los juegos y la escuela para ponerse a trabajar, iniciándose a los nueve como aprendiz de la que sería su profesión de estuquista. Además, narra cómo aprovechó su paso por la cárcel (consecuencia de la huelga general de 1917) para instruirse, y también relata otros asuntos más mundanos como su afición por el baile, especialmente el chotis.

Pero no nos extendamos en la vida de Largo Caballero con sus momentos de esplendor y otros más controvertidos (qué le voy a hacer, mis simpatías siempre han tirado más hacia Julián Besteiro); él no es sino el camino para hablar de esa formidable mujer, Antonia Caballero Torija, a través de cuya vida recordamos que la violencia que se ejerce específicamente sobre las mujeres y las niñas es un mal milenario, que no solo consiste en golpes, sino también en maltrato psicológico, económico, sexual, etc. y que para superarla se precisa del amparo de las instituciones y del acompañamiento del resto de la sociedad.

La especie humana es sexuada, es decir, nacemos hombres o mujeres, sin que ello pueda justificar de manera alguna las desigualdades entre los sexos, siendo la manifestación más grave de todas ellas la violencia de género. Por cierto, el género no es más que un constructo que contiene y perpetua esas desigualdades, por tanto, el enemigo a batir es el género y el machismo, no la diferencia sexual. Lo siento, sin querer he vuelto a la ley trans.


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