Maduro

10/01/2026 - 13:08 Jesús de Andrés

Cuando en Caracas todo era silencio, como en el vals de Laudelino Mejías, en pleno conticinio, fuerzas de élite de los Estados Unidos capturaron a Nicolás Maduro y se lo llevaron a Nueva York. Tuvo suerte. A Bin Laden, en tiempos de Obama, lo arrojaron al mar Arábigo con un peso atado a los pies. 

Trump secuestró al dictador venezolano sin resolución alguna de la ONU, sin base jurídica y violando el derecho internacional, no hace falta insistir en ello. También en esto Maduro tuvo suerte, al menos más que los miles de presos políticos cautivos en inmundas cárceles y centros de tortura venezolanos: compareció ante un tribunal federal y será juzgado por un jurado popular. La acción fue ilegal, un gesto imperialista más del necio presidente norteamericano, pero qué gusto da ver a un criminal entre rejas. No disfrutaba yo tanto, políticamente hablando, desde el arresto de Pinochet en Londres.

Unos se echan las manos a la cabeza, con aspavientos, como si la captura de Maduro fuera el primer y decisivo caso de violación del derecho internacional y uso indiscriminado de la fuerza, olvidando el derecho contra tiranos, los antecedentes estadounidenses y que fue Putin -el gran referente, ejemplo a seguir para Trump- quien inauguró este pantano tras la anexión de Crimea en 2014. Otros miran para otro lado ante el mal menor que supone descabezar la dictadura bolivariana, sin atender a que se allana el camino a nuevas invasiones (de los EUA en Groenlandia, China en Taiwán o Rusia en los países bálticos, por ejemplo) y sin entender que la dictadura no ha caído ni caerá en breve, que se mantiene el régimen chavista y se excluye a la oposición. Lo cierto es que Trump no hizo una sola referencia, ni ahora ni cuando destruyó los barcos de la droga, a la conculcación de derechos o las carencias democráticas de Venezuela. Petróleo, monroísmo y narcisismo primario, pocas más razones hay, que conducen a una suerte de gatopardismo que ya veremos cómo acaba.

No deja de ser injusta, una vez más, la soledad del pueblo venezolano, al que se lleva 25 años pidiendo paciencia sin que nadie diera un paso por sacarlo del horror y encima tiene que aguantar reproches por su alegría. La maniobra de Trump, reclamando petróleo y dejando fuera de las negociaciones a María Corina Machado, con la que está resentido por creer que le arrebató el Nobel de la Paz (cuando su afán, pavoneando aranceles, debiera ser el Nobel de Economía), es un capítulo más de la serie de terror que está siendo su mandato. Y que, qué remedio, continuará.