20/12/2010 / 00:00
Luis del Val


Miles y miles de loros


 
En el siglo XVIII el chocolate era bastante caro, pero las familias pudientes, sobre todo las que habían hecho su fortuna en América, los indianos, obsequiaban a sus invitados con jícaras de chocolate. Algunas veces, un poco de chocolate se le dejaba al loro, que solía ser una animal exótico, que certificaba la procedencia de la fortuna. Ocurrió que una de estas familias, debido a sus muchos gastos, comenzó a contraer deudas, y el administrador advirtió que habría que moderar el despilfarro. Reunida la familia, ante tan grave situación, decidieron suprimir el chocolate que se le daba al loro, aunque continuaron invitando en reuniones a amigos y conocidos, y gastando como siempre. Desde entonces la expresión "el chocolate del loro" se ha convertido en el sinónimo de ahorros estúpidos, que no solucionan ninguna ruina. En esta España atribulada, comida por la deuda, agobiada hasta extremos que no lo había estado nunca, cuando comentas con cualquiera de los grandes patricios del PSOE o del PP la posibilidad de ahorrar en algún gasto, te contestan con automática rapidez que eso es el chocolate del loro. Y les da lo mismo que hables de los 38.000 móviles de la Junta de Andalucía; de los 17.000 que dicen que hay en Valencia; de las embajadas autonómicas en Madrid, como si en Madrid la gente no supiera dónde está La Rioja o Galicia, y se hubiera interrumpido la comunicación, precisamente telefónica, o de las embajadas autonómicas que Cataluña va extendiendo, con amplia dotación de personal, alquiler de inmuebles y sueldos, por Europa y América. Cuando aludes a que más de una docena de defensores del pueblo parece un lujo, porque los derechos de los ciudadanos no cambian de Soria a Zaragoza, ni de Almería a Murcia, o que nombrar una dirección general de Aviación sin tener competencias es absurdo, te contestan que eso es el chocolate del loro. Todo, desde los abusos de los coches oficiales hasta los viajes en primera clase, desde la redecoración de despachos y oficinas hasta campañas de publicidad millonarias para informar a los administrados del trabajo que hacen los administradores, todo eso es el chocolate del loro. Pero hay miles, decenas de miles de loros, y ese chocolate cuesta un dinero que procede de nuestros maltrechos y machacados bolsillo, y eso es algo que comienza a indignar a los ciudadanos que pagan la juerga y el despilfarro.

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