22/03/2020 / 12:39
Marta Velasco


Imagenes

Misteriosas pero apocalípticas anotaciones

El coronavirus es el apocalipsis moderno, importa más el abastecimiento bien anotado que pedir confesión en la parroquia o notario para dejar las cosas en orden.


Trataba en mi anterior artículo de no hablar de sufrimientos ni de política. Veía el sol brillando sobre las gardenias a punto de florecer y no quería sobresaltar a mis lectores, que ya llevan lo suyo, nada más empezar la primavera. Aun así, al final mencioné la decadencia y a la innombrable y esa misma noche, en sueños, pude vislumbrar la hermosura de Venecia, hundiéndose en el mar como una gran gota de oro rendida por la peste.

Pero ahora resulta inevitable. Esta primavera se presenta virulenta y la verdad se impone a la belleza. El coronavirus está entre nosotros, lo llevamos hace meses inocentemente abrigado en nuestro pecho, de paseo, al cine o a la manifestación. Algunos partidarios de la teoría de la conspiración y del Doctor No, dicen que ha nacido en un laboratorio para controlar la economía mundial; otras fuentes sombrías solo hablan de sus efectos letales y tengo una amiga que me manda por WhatsApp jaculatorias para que Dios intervenga por internet. Hay crédulos, seudocientíficos, chamanes y… bueno, los políticos, que salen por la tele de mi cuarto de estar revoloteando como moscardones. Cantad, malditos, decid por qué estabais divagando cuando la urgencia era de vida o muerte. Presumiendo de su autoridad, pero temiendo perder el cargo, titubeando, mientras en el vientre de las ciudades del mundo se fraguaba el Apocalipsis.

Y en eso estamos ahora, buscando como tontos papel higiénico en los supermercados para que no nos falte ni en la salud ni en la enfermedad. Porque el coronavirus es el apocalipsis moderno y aquí, en el moderneo, importa más el abastecimiento bien anotado que pedir confesión en la parroquia o notario para dejar las cosas en orden ¿para qué, si no quedará nadie para recibirlas? “Se lo pienso decir a Dios”, dijo un niño sirio, herido en un bombardeo. Sí, yo también se lo pienso decir a Dios en cuanto tengamos un encuentro en las alturas.

He hablado muchas veces de lo que veo desde mi terraza. Por la tarde contemplo el ocaso en todo su esplendor. Hoy el sol parece una hoguera, llamea en rojo sobre una pequeña nube, a lo lejos también acechan nubes oscuras…

El mundo continúa su marcha imperturbable, pero la gente no. A estas horas de un día sin clase ni trabajo, las calles de Madrid están abarrotadas de gente guapa, rara y, sobre todo, joven. Y ya se tendría que oír el rumor, el bullicio de alegría que sube desde la calle hasta mi casa, va creciendo con la noche y con las copas y no me deja dormir. Esta noche escucharé el silencio y, si no duermo, será por culpa del coronavirus y de los políticos egoístas y sectarios.

Y, si hay que rezar, rezaré a la clase médica española, Santos y Mártires, desde el primer cirujano al último auxiliar: entregados, preparados, valientes y mucho más pacientes que sus pacientes. Algunos acabarán infectados y todos merecen nuestro eterno respeto, admiración y gratitud. 


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