Morir bajo la maldad humana

01/10/2010 - 09:45 Hemeroteca

EL COMENTARIO
Fernando Almansa - Periodista
La catástrofe del ciclón Nargis que ha arrasado Myanmar (la antigua Birmania), es horrorosa en todos sus términos.
La cifra de muertos sube por miles cada día que pasa, y ya podemos aventurar sin temor a equivocarnos demasiado, que la cifra final rondará los 140.000 muertos sino más, y serán cerca de dos millones de personas las que están severamente afectadas por la catástrofe. Las cifras irán cayendo con cuentagotas, pero lamentablemente la experiencia de otras catástrofes naturales de esta envergadura nos dice que las cifras seguirán subiendo y no se estabilizarán hasta transcurridas al menos dos semanas. El huracán Mitch de Centroamérica en 1998 o el Tsunami asiático de Diciembre de 2004, son lamentables ejemplos de esta inevitable y cruda realidad.

Pero los daños de estas catástrofes, tan acentuadas por la agresión que el hombre ha hecho al medio ambiente en los últimos años, se ven agravados de forma inmisericorde y de manera exponencial por la maldad humana, por los demonios que los seres humanos guardamos en el interior y que afloran a veces de forma brutal y despiadada. En el caso de Myanmar, la negativa gubernamental al acceso de las organizaciones humanitarias para poder socorrer a las víctimas del ciclón es de una crueldad inimaginable, que pone en cuestión sino estamos ante un genocidio deliberado por una cerrazón y obsesión de control y aferramiento al poder.

La propuesta de Francia de intervenir al amparo de la llamada “injerencia humanitaria” es posible que no sea más que una forma de tensar la cuerda y aumentar aún más el bloqueo de las fronteras, pero al menos resulta refrescante para las conciencias europeas el saber que alguien quiere llegar al límite de lo ético aunque sea superando el rígido marco de las reglas del juego internacional.

En esta ocasión los grandes países asiáticos China, India, Singapur y Japón tienen la llave para conseguir que en Myanmar se abran las puertas a la ayuda internacional, y los Gobiernos occidentales tiene que aceptar humildemente, que su diplomacia directa es en este caso menos efectiva que la diplomacia indirecta.

A la sociedad civil, a los hombres y mujeres de a pie, horrorizados por lo que está ocurriendo , nos toca pedir acción a nuestros gobiernos y colaborar generosamente tan pronto como la ayuda pueda llegar.