Navidad

23/12/2023 - 12:44 Jesús de Andrés

No sé ustedes, pero yo veo a Toquero, el concejal de cultura, muy a gusto en su labor, moderado, ejerciendo bien, rodeado de personas y colectivos de todo color, algunos muy alejados de los que se supone son sus planteamientos ideológicos.

No es fácil desenmarañar, por falta de fuentes historiográficas, lo ocurrido en los primeros tiempos del cristianismo. Apenas sabemos que en el seno de algunas comunidades judías asentadas en el territorio de la antigua Grecia se instaló la certeza del inminente fin del mundo a la vez que se difundían las ideas revolucionarias de otro judío, un tal Jesús de Nazaret, del que apenas hay datos fiables. Sobre él escribieron algunos de sus seguidores multitud de relatos contradictorios entre sí, unos aceptados y otros apócrifos, varias décadas, incluso siglos después de su muerte, en una época en la que la transmisión de la información era boca a boca. Todo lo que le concierne, incluida la fecha de su nacimiento, es, por tanto, terreno de la fe: esa misma que hace creer al ser humano en la reencarnación, los ángeles, el karma, el purgatorio o que Alá dictó a Mahoma el Corán a través del arcángel Gabriel. Se cree o no se cree, no hay más discusión.

Decía Pío Baroja que el nacionalismo es una enfermedad que se cura viajando. Eso no significa que con ir un fin de semana a Eurodisney quede uno exonerado del pensar identitario e irracional que implica dicha ideología, cualquiera que sea su variante. No, lo que quería decir el genial escritor es que ver las cosas desde otro ángulo, conocer otras realidades, comprender que la sociedad es plural por definición, nos hace relativizar esas verdades absolutas en las que el ser humano es tan propenso a caer. Unamuno hizo más larga la cita: el nacionalismo se cura viajando y el extremismo -el carlismo, decía él- leyendo.

No sé ustedes, pero yo veo a Toquero, el concejal de cultura, muy a gusto en su labor, moderado, ejerciendo bien, rodeado de personas y colectivos de todo color, algunos muy alejados de los que se supone son sus planteamientos ideológicos. De ahí que no se entienda el empeño del Ayuntamiento en ideologizar la celebración de la Navidad, sobre todo porque, salvo la absurda obligación que se han impuesto de ir a los toros un 30 de diciembre, en poco varía con otros años, luz arriba, luz abajo.

Vista en perspectiva histórica, es fácil de explicar la expansión del cristianismo en aquella época: frente a una multitud de dioses violentos, enfrentados y envidiosos, llenos de miserias humanas, la nueva religión apostó por el amor como fundamento y principio. Amaos los unos a los otros. Casi nada. Ojalá los políticos aparquen sus rencillas estos días y sigan, al pie de la letra, el mensaje de aquel judío cuyo nacimiento, independientemente de cómo lo interpreten sus supuestos defensores, celebramos año tras año. Paz y amor. Sean felices.