02/06/2019 / 12:37
José Serrano Belinchón


Imagenes

No es razón suficiente

 Labros es un pueblo pequeño; sus habitantes apenas pasan de diez entrado el invierno.


Todos los años cuando apuntaba el verano, el escritor Andrés Berlanga, autor de una novela memorable de ambiente rural molinés. La Gaznápira, me solía enviar por correo ordinario una nota en la que me invitaba a asistir en Labros, su pueblo natal, a la representación de una obra escogida del teatro clásico español, adaptación propia y actores de aquellas tierras. La comunicación postal con Berlanga acabó el año, todavía reciente, de su fallecimiento.

            Labros es un pueblo pequeño; sus habitantes apenas pasan de diez entrado el invierno. El encanto de lo antiguo florece en él como lo más estimable de su patrimonio, conservado con celo y añorado por aquellos que de niños corrieron por sus calles, como el propio Berlanga, y se han esforzado por sacarlo adelante con actos diversos, dándole notoriedad. El pueblo tiene una iglesia restaurada años atrás, con una portada modélica del siglo XII, a la que una mala noche le robaron uno de sus más bellos capiteles. De viaje por Labros hacia el valle del Mesa, se pasa junto a la plaza local en la que concurren algunos edificios emblemáticos que solían emplearse como biblioteca, carnicería comunal y fragua, junto al “Portegao”, un porche con soporte de piedra y pilares de sabina, donde los viejos hacían tertulia. Desde hace más de treinta años la fragua se venía utilizando como centro cívico y cultural, se planeaba el periódico local, se hilvanaba el proyecto para la representación del Teatro Clásico, y se llevaba a término, en fin, toda clase de iniciativas programadas por la Asociación de Amigos.

Me contaba Berlanga que “después de muchos meses de batalla para que el ayuntamiento, radicado en otro pueblo, no lo echase abajo, la mano del hombre, que no el rayo o el paso del tiempo, lo han arrasado todo”, y en nota aparte me aclaraba, en relación con el Teatro Clásico, que ya sería cosa del pasado.

            Me viene a la memoria como conclusión aquel eslogan de mis años jóvenes: “Han cortado un árbol, han roto un paisaje”, decía. Estamos faltos de manifestaciones culturales autóctonas en el medio rural, no de los que nos vienen de fuera patrocinado por las instituciones, sino de las propias, que dan aliento al vivir mortecino de los pueblos. Nunca es razón suficiente. La piqueta no siempre tiene por qué ser el último recurso. 


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