Nombramiento en la Casa del Rey

01/10/2010 - 09:45 Hemeroteca

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El comentario
Fernando Jáuregui/ Periodista
Conozco a Ramón Iribarren de antiguo: ha sido un servidor del Estado durante muchos años, en La Moncloa, en el extranjero y en el Centro Nacional de Inteligencia en los tiempos difíciles en los que ‘los servicios’ estaban comandados por el diplomático Jorge Dezcallar, hoy embajador en Washington. Siempre me pareció un personaje discreto y eficaz, poco amigo del lucimiento personal. Ahora la Casa del Rey acaba de nombrarlo Director de Comunicación e imagen, sustituyendo al diplomático Juan González Cebrián, que abandona por motivos personales tras unos años intensos en La Zarzuela: tuvo que lidiar con acontecimientos como la boda del Príncipe, el divorcio de la Infanta Elena o algunos lances polémicos como el libro conteniendo presuntas declaraciones de la Reina escrito por la periodista Pilar Urbano. Sin olvidar aquel celebérrimo ‘¿por qué no te callas?’ lanzado por el Rey al presidente venezolano Hugo Chavez en una cumbre Iberoamericana en Santiago de Chile.
Ahora la Casa del Rey entra en una nueva etapa. Las nuevas tecnologías y la nueva realidad económica están revolucionando el panorama de la comunicación en España y en el mundo: periódicos en Internet que brotan como setas, apagón analógico en las televisiones que obligarán a la fusión de las grandes cadenas, crisis de anunciantes en la prensa diaria... Hace falta, sin duda, reforzar la imagen de la Monarquía, adaptándola a estos nuevos tiempos que corren o, mejor, que galopan. La persona del Príncipe, futuro Felipe VI, ha de darse a conocer más y mejor al conjunto de la ciudadanía y la Corona, como tal, habrá de imbuirse de una más completa capa de modernidad en muchos aspectos, aún siendo una de las instituciones mejor valoradas por los ciudadanos, según todas las encuestas.

Pero hay que realizar ofensivas de presencia y de opinión importantes en algunas comunidades autónomas donde, como alguna vez ha ocurrido en Cataluña, la persona del Rey y de sus familiares hayan podido sufrir algún tipo de menoscabo. No puede ser, simplemente no puede ser, que la excelente imagen de la Monarquía española en todo el mundo quede empañada en algunos sectores de la vida política y social, circunscritos a alguna autonomía con fuerte arraigo nacionalista. Son muchas y bastante difíciles, por cierto, las tareas que aguardan al nuevo responsable de comunicación de la Zarzuela, porque, entre otras cosas, llega en una nueva era y no hay tiempo para hacer bueno aquello de ‘los cambios, con gaseosa’. Aunque en no pocas ocasiones he criticado aspectos concretos de la comunicación en y desde la Zarzuela, me proclamo monárquico por convicción y por ello tengo que desear lo mejor al recién llegado. Pienso, no obstante, que, sin prisa pero sin pausa, los cambios en la Casa del Rey habrán de ampliarse aún en mayor medida, siempre reconociendo el buen papel que han realizado y realizan el jefe y el Secretario General de esa Casa. Pero no basta con dar bien en las encuestas. Los españoles no podrían considerarse, en puridad, monárquicos, como tampoco se pueden considerar republicanos. Don Juan Carlos ha acumulado méritos y carismas suficientes como para, a pesar de algunos claroscuros, merecer el respeto de todos los españoles o al menos de la inmensa mayoría de ellos. Su sucesor tendrá que ganarse el puesto día a día, y eso implica, desde luego, contar con un buen equipo de consejeros y funcionarios. Creo sinceramente que Alberto Aza, el jefe de la Casa, ha acertado plenamente con el nombramiento de Iribarren para su importante y complicada misión.