Nuestra hermana colombiana


Decir que eres de Guadalajara no es siempre sencillo. Hay tantos despistados por ahí, que lo mismo te preguntan si eres de Madrid como que te identifican como manchego. Pero lo peor viene cuando buscas algo por Internet. 

Por ejemplo, si quieres información sobre la “Feria del Libro de Guadalajara”, el buscador te manda a nuestra homónima mejicana, que es tan grande, con millones de habitantes, que lo eclipsa todo. Y es que Guadalajara Jalisco es una hermana pequeña que se nos ha hecho tan mayor que nuestra capital alcarreña parece de juguete a su lado. Fíjese cómo son las cosas, que el otro día puse en el GPS del coche que quería volver a Guadalajara desde Murcia, y me contestó que no era posible cruzar el Atlántico, porque se pensaba que me quería ir a Jalisco. Está claro que las máquinas no respetan la antigüedad de la historia.

Así, entre Madrid, La Mancha y Méjico, aquí andamos un tanto escondidos. Pero, al menos, no somos la Guadalajara más desconocida. Hay otra más, de la que nadie se acuerda. Otra hermana pequeña, a la que tenemos un poco olvidada, pero que es una de las ciudades más antiguas y bonitas de Colombia.

Si, ha leído usted bien. Hay una tercera Guadalajara. En el valle del Cauca, nada menos. Bautizada, después de muchos intentos, como Guadalajara de Buga. Una maravilla, de tamaño similar a nuestra ciudad, pero cerca del océano Pacífico, al norte de Cali.

La vida no debió ser sencilla al principio para aquellos guadalajareños americanos. La primera fundación de la ciudad tuvo lugar en la primera mitad del siglo XVI, y se la denominó “Buga la Vieja”. Las cosas no debieron salir muy bien, así que el asentamiento se tuvo que volver a refundar en 1554, recibiendo el nombre de “Nueva Jerez de los Caballeros”. Pero los habitantes no debían estar muy conformes con la localización, y se movieron un poco para asentarse de nuevo, en 1557, bautizando esta tercera fundación como “Guadalajara de Buga”. Unos pocos años más tarde, en 1570, nuestros inquietos guadalajareños colombianos se volvieron a trasladar, aprovechando para cambiar el nombre de la ciudad de nuevo. La población se llamaría “Guadalajara de Nuestra Señora de la Victoria de Buga”.  Alguno ya estaría a esas alturas harto de hacer maletas, pero los jefes decidieron moverse una vez más, a su emplazamiento actual. Así, en 1573, bajaron al llano cercano, donde había tierras de labor abundantes, y cambiaron el nombre definitivamente al actual, el de “Guadalajara de Buga”.

Basílica de Puga.

¿Y por qué aquel lugar se llamó Guadalajara? No tenemos documentada una migración masiva de alcarreños en el siglo XVI que pudieran haber viajado a la actual Colombia, pero lo que si sabemos es que, en las fechas en las que se bautizó el lugar con el alcarreñísimo nombre de Guadalajara, el gobernador de la zona era Luis de Guzmán, que provenía de nuestra capital. Los Guzmán eran un linaje de caballeros locales de rancio abolengo, cuyo palacio estaba al lado de la concatedral de Santa María (aun se pueden ver algunos restos en la residencia de estudiantes que lo ha sustituido). A los Guzmán les había ido tan bien, que tenemos a uno de ellos representando al rey en aquel distrito. Como vemos, sus ayudantes se apresuraron entonces a pelotear al jefe, llamando a aquel municipio como el de su ciudad de origen. Suponemos que Luis de Guzmán quedaría satisfecho con la iniciativa de sus subordinados.

¿Y lo de Buga? Parece que el nombre hace referencia a las tribus nativas que habitaban la zona antes de la llegada de los españoles y que, a tenor de las varias refundaciones de la ciudad, debieron ser bastante beligerantes. De hecho, solo en el último traslado, en 1573, sus habitantes se atrevieron a bajar de las montañas al llano, lo que era señal de que las hostilidades habían remitido, y que los nativos habían quedado pacificados a la fuerza.

Todo indica que a nuestros paisanos de Colombia les fue bien después de su última fundación. Felipe II les concedió el título de ciudad y, todavía, varios siglos después, aquella Guadalajara conserva su personalidad de época colonial. Es conocida como la Ciudad Señora de Colombia, debido a su antigüedad, y destaca entre otras cosas por congregar diariamente a miles de peregrinos en su basílica, donde está custodiado el Señor de los Milagros, más conocido como “el Negrito”.

Buga desde el faro.

Parece que el origen de estas peregrinaciones proviene de una antigua leyenda del siglo XVI. Se cuenta que, en aquellos años, poco después de la fundación de Guadalajara de Buga, vivía allí una anciana muy pobre, que trabajaba de lavandera. La humilde señora había pasado toda su vida ahorrando para comprar un pequeño crucifijo pero, justo el mismo día que lo iba a comprar, vio que a un vecino suyo le iban a meter a la cárcel por no poder pagar sus deudas. Así que, en un gesto de enorme generosidad, cogió sus ahorros y se los dio al prestamista para salvar a aquel hombre. Días después, mientras lavaba en el río (también llamado Guadalajara), se le apareció un pequeño crucifijo de madera en el fondo. La anciana lo recogió, lo llevó a casa y comenzó a rezar frente a él. Para su sorpresa, el crucifijo comenzó a crecer y crecer, hasta llega a casi metro y medio. Todos quedaron tan impactados por aquel milagro que lo llevaron a la iglesia. Años más tarde, algunos sacerdotes, dudando de su autenticidad, decidieron quemarlo. Pero, ante todos, al contacto de las llamas la madera comenzó a sudar aceite aromático y su color pasó a ser más oscuro y brillante. Tras este nuevo milagro, se decidió construir la basílica, que atrae a millones de personas cada año, que rezan para que “el Negrito” les ayude con un milagro.