06/11/2021 / 14:02
Antonio Yagüe


Imagenes

Parques del silencio

Los cielos sin contaminación lumínica, ideales para el astroturismo en la Sierra Norte y del Alto Tajo, ya tienen sana competencia. Los llamados parques del silencio, un bien inmaterial y escaso que no valoramos lo suficiente.


Son espacios naturales o urbanos sin contaminación acústica, tranquilos, en calma, en unos tiempos en que el ruido artificial del transporte aéreo, ferroviario, terrestre o marítimo ha invadido cada rincón del planeta.

Los promueve Quiet Parks International (QPI), una onegé fundada por el estadounidense Gordon Hempton, ecologista acústico y ambientólogo. Su misión es preservar, no solo la fauna y flora que compone la biodiversidad, sino el silencio, tan importante como el aire limpio o el agua potable  La OMS atribuye al ruido 16.600 muertes prematuras en Europa, más de 72.000 hospitalizaciones y trastornos del sueño, problemas de estrés, hipertensión y cardiopatías a trece millones de personas. “El silencio sana”, advierte.

QPI permite un máximo de 45 decibelios de ruido de fondo, similar a lo que se oye en una biblioteca cuando la gente habla en susurros. El primer quiet park natural fue declarado en el río Zabalo (Ecuador) en 2018 y el primer urbano en Taiwan en 2020. Se han sumado diez, incluido el natural de Montegre (Barcelona). Hay en cola otros cincuenta oasis de belleza natural y paz interior. 

Los afortunados visitantes del parque ecuatoriano cuentan que allí reina un silencio sepulcral. Apenas resuenan los monos, insectos, pájaros y otros animales. “Sientes que el espacio ya no es dimensional, ya no hay ni lejos, ni cerca, todo está junto”, comentan. Cuadraría la sentencia de Borges: “No hables a menos que puedas mejorar el silencio”.

En la comarca podrían aspirar espacios del Alto Tajo, sin ruidosos aerogeneradores, y de la recóndita sierra del Solorio, compartida con Soria y Zaragoza, que alberga el mayor sabinar de Europa. El recuerdo me transporta al silencio blanco de los paisajes nevados de mi infancia, con los copos cayendo, los sigilosos animalejos  agazapados bajo enebros y sabinas, el manto blanco de la capa de nieve absorbiendo las frecuencias más agudas, y la atmósfera sonando sorda, apagada y sin brillo.


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