29/07/2019 / 20:58
Antonio Yagüe


Imagenes

Pasiones rurales

Al margen de las fiestas municipales y oficiales, la fiebre por juntarse, recordar, tratar de preservar el pasado y de festejar el presente sin demasiada confianza en el futuro, vuelven cada verano.


Las mejores cosas de la vida nacen de la pasión. De la pasión por la tradición, el pueblo, la caza, la gastronomía o el paseo surgieron en los años setenta cotos, asociaciones de amigos, senderistas o sencillamente de antiguos quintos y compañeros de pupitre y colegio. Al margen de las fiestas municipales y oficiales, la fiebre por juntarse, recordar, tratar de preservar el pasado y de festejar el presente sin demasiada confianza en el futuro, vuelven cada verano las más variadas y caprichosas reuniones, cofradías y peñas.

Pocas concentraciones tan pintorescas como las de propietarios de ‘seiscientos’ y otros ‘coches de época’ o motos con sidecar, de vez en cuando, por tierras seguntinas y molinesas. O la ‘Marianada’ que congregó hace unos años en Milmarcos a casi un centenar de tocayos de Rajoy vinculados por este nombre, tan abundante antes en la comarca y en toda España. O la solemne ‘Beltranada’, con misa, banderas y ágape, en Hinojosa. Congrega año tras año o casi a más de un centenar de personas con apellido Beltrán de primero a cuarto y a sus consortes. Por no hablar de los devotos aniversarios, con procesión, dulzaineros y festines, de las beatas Teresa del Niño Jesús (Eusebia) en Mochales o María de Jesús en Tartanedo.

Las seculares romerías a santas y santos (Catalina, Bárbara, Juan, Pascual o Gil), son otra cosa. El bajón juvenil de la fe y el desplazamiento a modo de estrambote al final de las fiestas veraniegas les están dando la puntilla, con perdón por el símil taurino. Ya no son, a pesar de algunos defensores, ni la sombra de lo que fueron. Languidecen como algunas asociaciones de amigos, a veces mal avenidas con los poderes municipales por un quítame allá esas pajas o ver quién manda aquí.

Siempre queda el estimulante paseo agosteño caída la tarde. De retorno al pueblo,  tras la mágica puesta de sol, comulgamos en silencio con la soledad de campos, montes y riscos que visten esta España vacía. Vacía de personas, pero repleta de patrimonio e historias, que algunas personas cultas e inquietas, como el entrañable paisano y amigo Mariano Marco, se empeñan en mantener y divulgar. Mejor, conversando un vino. Porque, como bien sabemos, algo nunca muere del todo mientras alguien lo recuerda. 


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