24/11/2018 / 12:10
Emilio Fernández Galiano


Imagenes

Piove, porco goberno

Hoy una gota de lluvia, nacida de una boca con halitosis,  seguro, ha salpicado a un ministro. Me da igual su adscripción política.


Llueve. Detrás de los cristales llueve y llueve. La lluvia, como fenómeno atmosférico, es buen recurso para improvisar cualquier charla en el ascensor o con quien nos inspire poco más. En lo superficial, es queja del personal por estropear una excursión o un paseo. Los italianos, incluso culpan al gobierno cuando las precipitaciones son abundantes: “Piove (llueve), porco governo”.

En este clima mediterráneo en el que alternamos la pertinaz sequía con las inundaciones en el norte, levante o el sur, no llueve nunca a gusto de todos. Nuestra Castilla salva su tendencia parda gracias al verde de la cebada cuando la temporada es propicia. Y, ciertamente, vemos poco llover. Y si hablamos de ver, vemos más plegarias que bomberos. Por eso bendigo esas rachas de agua que, de cuando en cuando, la naturaleza nos regala. No sólo por el campo, no sólo por los embalses, no sólo por las setas de cardo, también porque ver, oír y oler la lluvia es un privilegio. 

De hecho, en cualquier película cuando al director se le ocurre dar intensidad a una secuencia, pone la lluvia en marcha. Qué bendición ser director, aquí llueve ahora y basta de plegarias. ¡Llueve como en las películas! Con todo, sin recurrir al cine, gratísimos recuerdos tengo bajo la lluvia. Es cierto que nuestras tierras nos castigan frecuentemente con la ausencia de precipitaciones, pero, por otra parte, antes, durante y después del verano nos regala unas tormentas benditas. 

 Cuántas veces hemos tenido que desmantelar los bártulos en plena partida de mus por el tormentón de turno con su aguacero correspondiente. Cuántas veces hemos improvisado para remediar la gotera persistente, cuántas veces nos hemos refugiado en un bar y, a partir de ahí, tejido encuentros inolvidables. O cuántas veces hemos precipitado una despedida.

En España, ahora, llueven gotas tristes. Como las que caían sobre Audrey Hepburn y George Peppard frente Pawn Brokers –con un gato de por medio, algo inexplicable- y bajo la melodía de Moon Rivers.  O como las que arreciaban en Apocalipsis Now o Salvar al soldado Ryan. Esas eran ficticias, pero describen sin disimulo lo que las lágrimas del odio pueden hacernos reflexionar. Hoy, una gota de lluvia nacida de una boca con halitosis, seguro, ha salpicado a un ministro. Me da igual su adscripción política, es lo de menos. También llueve pintura sobre chalets o pisos de magistrados. Llueve un diésel caduco y llueve para cerrar los túneles de Madrid. Llueve intolerancia y hay chaparrones que desbordan las redes sociales, generando riadas de menosprecio y aversión. Lluvia que empapa la integridad de magistrados, que enmohece las reclamaciones bancarias o borra las líneas del terreno en el que jugamos todos. ¡Cómo no echarle la culpa al gobierno!

Bajo este inmenso chaparrón, mientras tanto, llueven estrellas sobre la Ciudad del Doncel. Si El Pecas levantara la cabeza…


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