Política y menú del día
01/10/2010 - 09:45
EL COMENTARIO
FERNANDO ALMANSA - Periodista
Los partidos políticos, han afilado leguas y puñales en el último tramo de la campaña electoral. Los circunloquios y monólogos suplantan al diálogo y debate real. Cada uno pone su huevo y se retira, es lo que se llama política de gran altura sin duda alguna; ¡exhibicionismo de mediocridad extrema!
El tema de la inmigración vuelve a ser caballo de batalla, y mientras se tiran los trastos a la cabeza, Rajoy promete orden, y da miedo como lo dice. La verdad es que da miedo el orden que ya tenemos en estos momentos con ZP a la cabeza.
A mi hermana no se le ha ocurrido mejor idea que invitar a la hija de una buena amiga dominicana a pasar unos días en su casa, correspondiendo a la acogida que dispensaron a mi sobrino, cuando hace algún tiempo visitó ese hermoso y afable país. La cosa es tan simple como la amistad y la hospitalidad.
Semejante iniciativa noble y simpática, tiene que pasar necesariamente por los filtros del orden, la seguridad y la administración como corresponde a nuestro viejo país.
Por ser nuestra amiga Sureña y necesitar visado, hay que enviar una carta de invitación, debidamente compulsada en la comisaría de policía. Esto ya empieza a pintar a la vieja burocracia española, lejos de la tan cacareada ciber-administración. Pero en fin todo sea por una noble causa, y mi hermana decide seguir adelante.
El aburrido policía le larga una lista que parece un menú de la casa ya manoseado, en el que de entrantes se exige, que el invitante aporte copia compulsada de su pasaporte o DNI. De primer plato, hay que aportar el contrato arrendamiento de la vivienda a nombre del invitante, o bien la escritura de propiedad, todo ello sazonado con un escrito del presidente de la comunidad de vecinos, (¡en esta España!) certificando que el invitante efectivamente habita en la vivienda. Pero para que este burocrático plato no quede escaso, se solicita además un certificado de empadronamiento actualizado, que incluya a todas personas que viven en el domicilio del invitante.
Y como si de un cocido madrileño se tratará hay que tomar respiro, que tras la sopa y los garbanzos queda aún mucha tela que cortar.
El segundo plato se centra en el invitado, con todos sus aromas y fragancias. Se exige que aporte el libro de familia o partida de nacimiento para demostrar si existe parentesco con el invitante, o bien se pruebe la amistad aportando fotografías de invitante e invitado juntos, así como pruebas de correspondencia de amistad adjuntando cartas originales, correos electrónicos, etc. (no dice si se pueden adjuntar mechones de pelo o pétalos de rosa que declaren amores platónicos entre invitante e invitado; ¡qué pena!, ¡con lo bonito que sería una colección internacional de mechones de amores intercontinentales!.
El postre no puede ser otro que un escrito en el que el invitante (que a estas alturas se ha defecado en toda la maquinaría que diseñó el menú), manifieste la voluntad de acoger a la persona invitada, y certifique la veracidad de todo lo servido en el menú de la casa.
Tras los postres y cafés (no sé si colombianos, dado lo complicado que debe ser traer un grano de café de ultramar), no queda sino pagar la cuenta, que en este caso está ya definida de antemano, por ser menú de la casa a precio fijo, y entre tasas impuestos y sobrecargos la cosa se pone en algo más de cien euritos.
A mi hermana se le ha atragantado este menú, y a cualquiera que haya pasado por esto también. ¡Vergüenza país! que diría Forges.
A mi hermana no se le ha ocurrido mejor idea que invitar a la hija de una buena amiga dominicana a pasar unos días en su casa, correspondiendo a la acogida que dispensaron a mi sobrino, cuando hace algún tiempo visitó ese hermoso y afable país. La cosa es tan simple como la amistad y la hospitalidad.
Semejante iniciativa noble y simpática, tiene que pasar necesariamente por los filtros del orden, la seguridad y la administración como corresponde a nuestro viejo país.
Por ser nuestra amiga Sureña y necesitar visado, hay que enviar una carta de invitación, debidamente compulsada en la comisaría de policía. Esto ya empieza a pintar a la vieja burocracia española, lejos de la tan cacareada ciber-administración. Pero en fin todo sea por una noble causa, y mi hermana decide seguir adelante.
El aburrido policía le larga una lista que parece un menú de la casa ya manoseado, en el que de entrantes se exige, que el invitante aporte copia compulsada de su pasaporte o DNI. De primer plato, hay que aportar el contrato arrendamiento de la vivienda a nombre del invitante, o bien la escritura de propiedad, todo ello sazonado con un escrito del presidente de la comunidad de vecinos, (¡en esta España!) certificando que el invitante efectivamente habita en la vivienda. Pero para que este burocrático plato no quede escaso, se solicita además un certificado de empadronamiento actualizado, que incluya a todas personas que viven en el domicilio del invitante.
Y como si de un cocido madrileño se tratará hay que tomar respiro, que tras la sopa y los garbanzos queda aún mucha tela que cortar.
El segundo plato se centra en el invitado, con todos sus aromas y fragancias. Se exige que aporte el libro de familia o partida de nacimiento para demostrar si existe parentesco con el invitante, o bien se pruebe la amistad aportando fotografías de invitante e invitado juntos, así como pruebas de correspondencia de amistad adjuntando cartas originales, correos electrónicos, etc. (no dice si se pueden adjuntar mechones de pelo o pétalos de rosa que declaren amores platónicos entre invitante e invitado; ¡qué pena!, ¡con lo bonito que sería una colección internacional de mechones de amores intercontinentales!.
El postre no puede ser otro que un escrito en el que el invitante (que a estas alturas se ha defecado en toda la maquinaría que diseñó el menú), manifieste la voluntad de acoger a la persona invitada, y certifique la veracidad de todo lo servido en el menú de la casa.
Tras los postres y cafés (no sé si colombianos, dado lo complicado que debe ser traer un grano de café de ultramar), no queda sino pagar la cuenta, que en este caso está ya definida de antemano, por ser menú de la casa a precio fijo, y entre tasas impuestos y sobrecargos la cosa se pone en algo más de cien euritos.
A mi hermana se le ha atragantado este menú, y a cualquiera que haya pasado por esto también. ¡Vergüenza país! que diría Forges.