PP: Ideología y estrategia
01/10/2010 - 09:45
ARTICULOS
Antonio Papell - Periodista
No era difícil de prever que los problemas claramente estratégicos que tiene abiertos el PP la cuestión central de qué hacer para superar la derrota y avanzar hacia la victoria- terminarían derivando en más o menos inanes debates ideológicos, que, lejos de aportar soluciones, dificultan la normalización de una fuerza política que ha quedado exhausta tras dos descalabros electorales consecutivos.
La gran duda que muchos experimentan en el PP tanto entre los profesionales de la política como en las bases- es la idoneidad de Mariano Rajoy para ponerse al frente de un proyecto exitoso. Por dos veces ha fracasado en el empeño y es legítimo que sus conmilitones se planteen la posibilidad de cambiar de jinete para esta carrera. Pero ni Rajoy está dispuesto a renunciar ni las estructuras del PP están diseñadas para escenificar una reñida competencia entre candidatos: el hecho mismo de que los estatutos dispongan que los aspirantes hayan de contar en los congresos con el aval del 20 por ciento de los compromisarios es una invitación a las mayorías por aclamación del candidato único. Tampoco en el PSOE existía sin embargo tal tradición, y sí fue posible con buena voluntad organizar el espectáculo democrático del 2000 que entronizó a Rodríguez Zapatero, cargado además de grandes caudales de legitimidad de origen.
Así las cosas, en el PP se intuye con amargura que, por la propia naturaleza del partido en los últimos años, será muy difícil encontrar un candidato alternativo que tenga alguna posibilidad de ganar a Rajoy o que esté dispuesto a quemarse en el empeño. Y al mismo tiempo se tiene la convicción de que la victoria de Rajoy en el congreso de Valencia no resolverá el general escepticismo que genera su persona ni disipará la sensación de que su continuidad es simplemente una inútil prolongación de la agonía política de un personaje amortizado.
En estas circunstancias, y cuando Rajoy, inobjetablemente, acaba de anunciar un moderado viraje hacia el centro para intentar con toda lógica ampliar su clientela por babor (por estribor sólo habita el vacío), sus críticos están recurriendo a la controversia ideológica para desplazarlo. En las enmiendas a la ponencia política, Álvarez-Cascos exige que se elimine la definición del PP como de centro y que desaparezca de los estatutos el comité autonómico, que restaría funciones al Comité Ejecutivo Nacional y a la Junta Directiva Nacional; Vidal-Quadras, al frente de un heterogéneo grupo de antiguos dirigentes, ha propuesto una utópica reforma constitucional contra la deriva confederal que incluiría la práctica reversión del Estado autonómico e incluso la desaparición del concepto de nacionalidades de la Carta Magna... Y ya se ha visto cuál ha sido la reacción de María San Gil cuando un colaborador de Rajoy ha pretendido aliviar la demonización del nacionalismo que el sector más extremado ha hecho durante la legislatura anterior...
Este debate es absurdo porque, como bien entendió Fraga en Alianza Popular, y tiempo más tarde vio Aznar en vísperas de 1996, el problema de los grandes partidos que representan a todo un hemisferio no es la definición ideológica, sino la inclusión y compatibilización de sectores diversos en el mismo proyecto. Y ello obliga mantener una relativa ambigüedad terminológica, a mantener algún sofisma intelectual y a procurar que convivan sensibilidades muy distintas. A menos, claro está, que se quiera correr el riesgo de una fractura.
?En definitiva, y aunque Gabriel Elorriaga haya irrumpido en la polémica con cierta torpeza, el ex colaborador de Rajoy ha sido certero en el diagnóstico: el problema no es el partido, sino el líder. Para Elorriaga, Rajoy no es la persona; para otros opinantes, sí lo es. Y ésta es efectivamente la cuestión porque la otra, la de la ubicación ideológica, quedará con seguridad y en la práctica supeditada al objetivo principal de cualquier formación política: ganar las elecciones y gobernar, para lo cual habrá de seducir a una clientela muy plural, y a lanzar por tanto mensajes muy abiertos, poco dogmáticos.
?En esta coyuntura, Rajoy tiene escaso margen de maniobra: dado lo improbable de que pueda afianzarse y llegar indemne hasta el 2012 si gana este Congreso a la búlgara, debería ser el primer interesado en competir con otros candidatos. Tendría que estimular la concurrencia aún hay tiempo- y que eliminar las trabas formales que la impiden. De otra forma, la verdadera crisis llegará después del congreso de junio.
Así las cosas, en el PP se intuye con amargura que, por la propia naturaleza del partido en los últimos años, será muy difícil encontrar un candidato alternativo que tenga alguna posibilidad de ganar a Rajoy o que esté dispuesto a quemarse en el empeño. Y al mismo tiempo se tiene la convicción de que la victoria de Rajoy en el congreso de Valencia no resolverá el general escepticismo que genera su persona ni disipará la sensación de que su continuidad es simplemente una inútil prolongación de la agonía política de un personaje amortizado.
En estas circunstancias, y cuando Rajoy, inobjetablemente, acaba de anunciar un moderado viraje hacia el centro para intentar con toda lógica ampliar su clientela por babor (por estribor sólo habita el vacío), sus críticos están recurriendo a la controversia ideológica para desplazarlo. En las enmiendas a la ponencia política, Álvarez-Cascos exige que se elimine la definición del PP como de centro y que desaparezca de los estatutos el comité autonómico, que restaría funciones al Comité Ejecutivo Nacional y a la Junta Directiva Nacional; Vidal-Quadras, al frente de un heterogéneo grupo de antiguos dirigentes, ha propuesto una utópica reforma constitucional contra la deriva confederal que incluiría la práctica reversión del Estado autonómico e incluso la desaparición del concepto de nacionalidades de la Carta Magna... Y ya se ha visto cuál ha sido la reacción de María San Gil cuando un colaborador de Rajoy ha pretendido aliviar la demonización del nacionalismo que el sector más extremado ha hecho durante la legislatura anterior...
Este debate es absurdo porque, como bien entendió Fraga en Alianza Popular, y tiempo más tarde vio Aznar en vísperas de 1996, el problema de los grandes partidos que representan a todo un hemisferio no es la definición ideológica, sino la inclusión y compatibilización de sectores diversos en el mismo proyecto. Y ello obliga mantener una relativa ambigüedad terminológica, a mantener algún sofisma intelectual y a procurar que convivan sensibilidades muy distintas. A menos, claro está, que se quiera correr el riesgo de una fractura.
?En definitiva, y aunque Gabriel Elorriaga haya irrumpido en la polémica con cierta torpeza, el ex colaborador de Rajoy ha sido certero en el diagnóstico: el problema no es el partido, sino el líder. Para Elorriaga, Rajoy no es la persona; para otros opinantes, sí lo es. Y ésta es efectivamente la cuestión porque la otra, la de la ubicación ideológica, quedará con seguridad y en la práctica supeditada al objetivo principal de cualquier formación política: ganar las elecciones y gobernar, para lo cual habrá de seducir a una clientela muy plural, y a lanzar por tanto mensajes muy abiertos, poco dogmáticos.
?En esta coyuntura, Rajoy tiene escaso margen de maniobra: dado lo improbable de que pueda afianzarse y llegar indemne hasta el 2012 si gana este Congreso a la búlgara, debería ser el primer interesado en competir con otros candidatos. Tendría que estimular la concurrencia aún hay tiempo- y que eliminar las trabas formales que la impiden. De otra forma, la verdadera crisis llegará después del congreso de junio.