PP: la desbandada

01/10/2010 - 09:45 Hemeroteca

Antonio Papell
La marcha de Zaplana del Partido Popular no es, en contra de lo que ha dicho Esperanza Aguirre, una mala noticia sino un ejercicio de realismo de un político que se sabe abrasado y que, sin demasiados escrúpulos, se dispone legítimamente a explotar sus relaciones personales para ganar dinero.
Lo grave del caso es que la escenificación de este abandono, que en realidad es un punto final a la labor fallida como portavoz a lo largo de una legislatura fracasada del PP, refuerza un mensaje muy destructivo a la opinión pública: la llegada de Soraya Sáenz de Santamaría a la portavocía del PP, en una formación en que los cargos de lucimiento son lógicamente escasos (siempre ocurre así en los gélidos iglús de la oposición), ha frustrado las expectativas de numerosos políticos profesionales que se ven condenados a desempeñar un papel irrelevante durante, al menos, el interminable cuatrienio de esta legislatura.

Con independencia del concepto que se tenga del personaje, es obvio que Zaplana –52 años- se va porque se siente joven y no ve horizonte personal en el cometido que le había sido destinado. Pizarro no se va por ahora porque, siquiera por un tiempo, quiere ser fiel al compromiso que asumió, y que se le ha torcido manifiestamente, pero todo indica que quien “ha sido jefe de sí mismo en los últimos veinticinco años” no se aclimatará fácilmente a la anodina vida parlamentaria del diputado llano (obviamente, no se ha querido poner a las órdenes Soraya en algún cargo secundario)... Tampoco Costa, estrecho colaborador de Rato y llamado no se sabe para qué al partido cuando estaba presidiendo Ernst & Young, quiere someterse a la vacilante disciplina de la joven portavoz. Hay, en fin, una incipiente sensación de desbandada en las filas desconcertadas del PP, que algún periódico describía ayer como crisis de autoridad... Una crisis que proviene –digámoslo claro- de que Rajoy ha perdido las segundas elecciones, ha desperdiciado la segunda oportunidad que se le dio después de aquel infausto y extraño 14-M, en el que todos los populares se avinieron a comulgar con las ruedas de molino al aceptar más o menos acríticamente que la causa de la derrota fue externa a las capacidades y a las propuestas del candidato del PP. Mucho se ha dicho y se ha escrito sobre la conveniencia o no de que la política sea una auténtica profesión o, simplemente, una actividad coyuntural a la que uno puede dedicarse un tiempo antes de regresar a sus ocupaciones habituales y vocacionales. Durante la transición, hubo muchos políticos aficionados que imprimieron calidades magníficas a la cosa pública, pero poco a poco, a medida que se han acentuado las incompatibilidades, es más difícil e infrecuente el salto de la actividad privada a la política y viceversa. Pero éste no es el debate actual que nos interesa: lo que ocurre -y uno siente cierto malestar al afirmarlo por lo demoledor del juicio- es que quienes rodean a Rajoy no creen realmente que el presidente del Partido Popular, que pretende confirmarse por aclamación en el congreso de junio, sea capaz de ganar las elecciones generales dentro de cuatro años. Éste, y no otro, es el problema del PP. Un problema de confianza que ya adquirió ciertos tintes sombríos durante la campaña –la negativa de Rodrigo Rato a participar activamente en ella fue el principal presagio-, sobre todo después de que el gran fichaje, Manuel Pizarro, se deshiciera como un azucarillo ante la apisonadora Pedro Solbes.

Se equivocaría Rajoy si interpretara los ocasionales apoyos actuales de sus ‘barones’ como respaldos ‘ad hominem’. El interés actual de los líderes territoriales del PP es preservar la estabilidad general, pero, a más largo plazo, su afán consistirá en ganar las elecciones generales del 2012. La posición de Aguirre a este respecto es bien expresiva. Por lo que es altamente improbable que Rajoy pueda sobrevivir pacíficamente hasta entonces si no demuestra de forma fehaciente que su estrategia es adecuada y tiene visos de resultar exitosa. La mejor manera de afirmarse –ya se ha dicho- sería ganar un congreso francamente abierto en el que compitieran los auténticos aspirantes al liderazgo (Aguirre entre ellos pero no sólo Aguirre). Si así no lo hace, Rajoy se arriesga a escenificar a lo largo de los próximos años una patética agonía. Lo irán abandonando quienes vayan dejando de creer en él y en sus posibilidades de victoria y le irán apareciendo poderosos competidores.

Y es que es ley natural: quienes, como Zaplana o Rato o Costa han dejado de creer en la posibilidad de promocionarse políticamente porque no creen en las posibilidades del PP y, en cambio, se ven capaces de hacer una brillante carrera profesional en el sector privado que les colme personalmente y les remunere a precios de mercado, se irán inevitablemente a las empresas. A hacer dinero –legítimamente- y a desarrollar gozosamente unas capacidades que difícilmente podrían ejercer en una oposición anodina y sin pulso. Los que queden a la expectativa –convénzase Rajoy- es que no tienen donde ir.