PP-PSOE: otros tiempos
01/10/2010 - 09:45
Antonio Papell
La constitución ayer del nuevo Congreso de los Diputados, que la semana que viene escenificará la sesión de investidura, ha insinuado claramente la apertura de una nueva etapa política muy diferente del exasperante cuatrienio que acabamos de vivir.
De momento, lo novedoso son los nombres y la significación de los nuevos protagonistas el presidente de la Cámara y los portavoces de PSOE y PP-, por lo que será preciso aguardar a que se expliciten propuestas y proyectos para emitir juicios rotundos y previsiones más fundadas, pero los cambios personales ya suscitados anuncian inequívocamente novedades que es necesario reseñar.
El nombramiento de Soraya Sáenz de Santamaría como portavoz del PP en la Cámara Baja está cargado de incógnitas por el escaso recorrido del personaje hasta ahora, pero significa a todas luces que Rajoy ha impuesto su autonomía sobre las presiones internas y sobre todo externas que han zarandeado al PP en la pasada legislatura. Durante el cuatrienio anterior, en efecto, el líder del PP se dejó arrastrar por quienes mantenían irreductiblemente la tesis de que el Gobierno surgido de las urnas el 14-M era meramente accidental si no ilegítimo, por lo que el simple paso del tiempo restituiría la normalidad mediante una victoria clamorosa del PP en 2008. La delirante teoría de la conspiración, que duró tres años, y la inicua campaña contra el llamado proceso de paz fueron las bases sobre las que se erigió aquella pretendida provisionalidad que, a la postre, llevó directamente al fracaso al principal partido de la oposición.
Sáenz de Santamaría es, con toda evidencia, la persona encargada de rectificar aquellas sinrazones antiguas y de acometer una labor de oposición razonable, dura pero leal, implacable pero con opciones alternativas. Enfrente tendrá a un político de altura, José Antonio Alonso, también dispuesto a eliminar las estridencias y los insultos de la dialéctica parlamentaria y a cerrar el círculo de un parlamentarismo riguroso y solvente. Por fortuna, la irritación que ha provocado el nombramiento de Soraya en el antiguo entorno mediático del PP que tanto influyó en la pasada legislatura parece avalar con contundencia el buen sentido del golpe de timón de Rajoy, que ha venido asimismo facilitado por la entronización de José Bono en la presidencia de las Cortes. Este personaje, con todos sus defectos, tiene una idea clara y jacobina del Estado que a buen seguro conectará con el PP para conseguir ciertos consensos que son necesarios precisamente ahora, cuando ha de cerrarse la reforma territorial, negociarse la nueva financiación autonómica y sobre todo- enfrentarse a la crisis económica que ha adquirido perfiles siniestros en los últimos días.
No sólo la economía es cíclica, como infortunadamente tenemos ocasión de comprobar después de una fase de más de doce años de crecimiento ininterrumpido que ya nos había llevado a creer bien se ve que erróneamente- que habíamos entrado en el utópico desiderátum del crecimiento ilimitado e indefinido: también la política registra sus vaivenes, en este caso favorables porque en el medio y largo plazo desembocan en nuevos y más avanzados equilibrios. En este sentido, la legislatura anterior fue de singulares avances sociales y territoriales adoptados sin consenso por una fuerza reformadora que llegaba al poder después de ocho años de fecunda prosperidad aunque de parálisis normativa. Y la legislatura que comienza ha de ser, como la propia mayoría reconoce, de digestión de lo reformado, de consumación de ciertos cambios incompletos y de recuperación de los consensos precisos incluso constitucionalmente- para que el progreso político se perpetúe y adquiera consistencia y estabilidad.
Así, este próximo cuatrienio cuya principal urgencia, hay que repetirlo, debe ser la recuperación del pulso económico- habría de ser el de la consolidación de algunas reformas sociales incompletas el desarrollo de la ley de Dependencia es el ejemplo más claro-, el de la adopción de determinadas medidas de regeneración democrática la reforma de los reglamentos del Congreso y del Senado, sobre todo, y quién sabe si de algunos aspectos de la ley electoral- y el de la reforma constitucional, imposible de plantear en la legislatura anterior. Asimismo, y dando por supuesto que la unidad antiterrorista ya se ha recuperado cuando menos tácitamente, habría que buscar lugares comunes en materia de política exterior. Todos estos designios aparecen felizmente posibles de la mano de los nuevos rostros (y ante la explicable hostilidad de quienes quisieran ver a las dos grandes formaciones enfrentadas a cara de perro). Y de momento, éste es el análisis que procede en esta hora; tiempo habrá de examinar si esta mudanza da o quita oportunidades de futuro a quienes aspiren al poder dentro de cuatro años.
El nombramiento de Soraya Sáenz de Santamaría como portavoz del PP en la Cámara Baja está cargado de incógnitas por el escaso recorrido del personaje hasta ahora, pero significa a todas luces que Rajoy ha impuesto su autonomía sobre las presiones internas y sobre todo externas que han zarandeado al PP en la pasada legislatura. Durante el cuatrienio anterior, en efecto, el líder del PP se dejó arrastrar por quienes mantenían irreductiblemente la tesis de que el Gobierno surgido de las urnas el 14-M era meramente accidental si no ilegítimo, por lo que el simple paso del tiempo restituiría la normalidad mediante una victoria clamorosa del PP en 2008. La delirante teoría de la conspiración, que duró tres años, y la inicua campaña contra el llamado proceso de paz fueron las bases sobre las que se erigió aquella pretendida provisionalidad que, a la postre, llevó directamente al fracaso al principal partido de la oposición.
Sáenz de Santamaría es, con toda evidencia, la persona encargada de rectificar aquellas sinrazones antiguas y de acometer una labor de oposición razonable, dura pero leal, implacable pero con opciones alternativas. Enfrente tendrá a un político de altura, José Antonio Alonso, también dispuesto a eliminar las estridencias y los insultos de la dialéctica parlamentaria y a cerrar el círculo de un parlamentarismo riguroso y solvente. Por fortuna, la irritación que ha provocado el nombramiento de Soraya en el antiguo entorno mediático del PP que tanto influyó en la pasada legislatura parece avalar con contundencia el buen sentido del golpe de timón de Rajoy, que ha venido asimismo facilitado por la entronización de José Bono en la presidencia de las Cortes. Este personaje, con todos sus defectos, tiene una idea clara y jacobina del Estado que a buen seguro conectará con el PP para conseguir ciertos consensos que son necesarios precisamente ahora, cuando ha de cerrarse la reforma territorial, negociarse la nueva financiación autonómica y sobre todo- enfrentarse a la crisis económica que ha adquirido perfiles siniestros en los últimos días.
No sólo la economía es cíclica, como infortunadamente tenemos ocasión de comprobar después de una fase de más de doce años de crecimiento ininterrumpido que ya nos había llevado a creer bien se ve que erróneamente- que habíamos entrado en el utópico desiderátum del crecimiento ilimitado e indefinido: también la política registra sus vaivenes, en este caso favorables porque en el medio y largo plazo desembocan en nuevos y más avanzados equilibrios. En este sentido, la legislatura anterior fue de singulares avances sociales y territoriales adoptados sin consenso por una fuerza reformadora que llegaba al poder después de ocho años de fecunda prosperidad aunque de parálisis normativa. Y la legislatura que comienza ha de ser, como la propia mayoría reconoce, de digestión de lo reformado, de consumación de ciertos cambios incompletos y de recuperación de los consensos precisos incluso constitucionalmente- para que el progreso político se perpetúe y adquiera consistencia y estabilidad.
Así, este próximo cuatrienio cuya principal urgencia, hay que repetirlo, debe ser la recuperación del pulso económico- habría de ser el de la consolidación de algunas reformas sociales incompletas el desarrollo de la ley de Dependencia es el ejemplo más claro-, el de la adopción de determinadas medidas de regeneración democrática la reforma de los reglamentos del Congreso y del Senado, sobre todo, y quién sabe si de algunos aspectos de la ley electoral- y el de la reforma constitucional, imposible de plantear en la legislatura anterior. Asimismo, y dando por supuesto que la unidad antiterrorista ya se ha recuperado cuando menos tácitamente, habría que buscar lugares comunes en materia de política exterior. Todos estos designios aparecen felizmente posibles de la mano de los nuevos rostros (y ante la explicable hostilidad de quienes quisieran ver a las dos grandes formaciones enfrentadas a cara de perro). Y de momento, éste es el análisis que procede en esta hora; tiempo habrá de examinar si esta mudanza da o quita oportunidades de futuro a quienes aspiren al poder dentro de cuatro años.