Psicología de crisis

01/10/2010 - 09:45 Hemeroteca

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Antonio Papell - Periodista
Durante la pasada campaña electoral, Rodríguez Zapatero tachó de “antipatriotas” a quienes exageraban a su juicio la envergadura de la crisis económica que, por aquel entonces, era ya un presagio cierto, desencadenado por las hipotecas-basura norteamericanas y que, en España, precipitó el estallido de la burbuja inmobiliaria, tan previsible como inevitable.
Aquella imputación, sin duda pintoresca, fue atribuida al propio interés electoral de Zapatero, a quien no le convenía evidentemente que cundiera en la opinión pública la alarma proveniente de unas malas expectativas económicas. Pero, vistas las cosas a posteriori, y cuando ya no existe una inminente cita en las urnas, es claro que tiene cierto sentido medir y graduar la información y la opinión en torno a las malas coyunturas porque es innegable que se producen procesos de retroalimentación entre las crisis y la forma en que la sociedades interiorizan su existencia. No está, pues, de más analizar los efectos psicológicos del pesimismo y del optimismo en la gestión de las crisis.
Explicaba este domingo Jordi Sevilla en los medios que “hay quien dice que la crisis económica de 1992-93 se precipitó cuando el Gobierno la hizo oficial. Mucha gente se enteró de que estábamos en crisis al oírselo decir al ministro de Economía en plena resaca de las Olimpiadas y la Expo. No es que Carlos Solchaga se inventara unos datos que venían siendo muy preocupantes desde hacía meses, sino que con su aceptación pública los situó en el frontispicio de la agenda política e informativa, influyendo así de manera negativa sobre las expectativas de los ciudadanos y el propio devenir de los acontecimientos”. En efecto, una de las primeras consecuencias de la aprehensión por la opinión pública de una crisis económica es una caída de la demanda, del consumo de las familias y de la inversión en bienes de equipo. Por prudencia, los hogares dejan de gastar alegremente y el fabricante de invertir en maquinaria… hasta que el horizonte se despeje y la situación remonte. En nuestro caso, la demanda ya se ha resentido en mayor medida que la propia caída del crecimiento, y es lógico pensar que no se recuperará el mercado inmobiliario hasta que los consumidores se convenzan de que los inmuebles no seguirán bajando de precio…
Así lcompromisarios- no facilitará este debate sino al contrario. De ser ciertas estas cifras filtradas por el propio PP, y de no flexibilizarse las limitaciones estatutarias, si Juan Costa se decidiera a presentar su candidatura tendría muchas dificultades para lograr el respaldo de 600 congresistas de los 900 que aún no se han decantado.

Es en momentos difíciles como éste cuando los líderes demuestran la madera de que están hechos y las organizaciones prueban su fortaleza. El PP está en un atolladero, y por tanto en la hora de tomar grandes y graves decisiones.
Esta misma es la razón –recuerda también Sevilla- de que cuando el crecimiento cayó bruscamente entre el 2000 y el 2002, en situación semejante si no peor que la actual, Cristóbal Montoro estableció el precedente de negar obstinadamente que aquello fuera una crisis e introdujo el concepto de “desaceleración” que tanto ha gustado a Pedro Solbes y al propio Zapatero… quien le dio el sábado una lección teórica a José Manuel Lara sobre los perniciosos efectos de sembrar la alarma en el mundo de la economía.
El domingo, en declaraciones a una cadena de radio, Zapatero buscaba, como casi siempre, el debido equilibrio sobre el particular: tan negativo resulta minusvalorar la gravedad de la situación como exagerarla. Pero nadie ha dado respuesta todavía a la cuestión de fondo: ¿qué debe hacer el Gobierno ante los malos datos actuales, que pronto se reflejarán en forma de un acuciante aumento del desempleo?
En esta ocasión, derecha e izquierda parecen decididas a intercambiar los papeles teóricos que les corresponden: Solbes ha dado a entender que, puesto que es obvio que el mercado español no puede asimilar 800.000 viviendas nuevas anuales, era inexorable el aterrizaje forzoso del sector y no tiene por tanto sentido tratar de evitarlo ni lanzar señales engañosas que equivoquen a los constructores… En contra de lo que parece desear la derecha, que pide “medidas” intervencionistas para paliar el desastre, lo lógico es invertir los recursos disponibles en generar empleo mediante inversiones públicas, mejorar el sistema de recolocación y, sobre todo, consumir la mayor parte de los presupuestos públicos en promover el cambio del modelo de desarrollo, de forma que en el futuro la productividad aumente más deprisa y relegue a un escalón más secundario el ladrillo y el consumo como motores de la economía. Hubo que haberlo hecho más intensamente en la larga etapa de vacas gordas pero nunca es tarde para centrar el esfuerzo presupuestario en la educación y en el I+D.
En otras palabras, para el liberal Solbes, los actores económicos que juegan en el mercado libre deben aprender de sus propios errores y, puesto que han obtenido grandes beneficios en los últimos años, tendrán que afrontar ahora las consecuencias negativas de los riesgos que han corrido. Al igual que las instituciones de crédito, que han prestado dinero alegremente y ahora se encontrarán con elevadas tasas de morosidad.
Es evidente, además, que el Gobierno, asediado por los más diversos frentes, tendrá que apagar en los próximos meses numerosos fuegos –los pescadores y los transportistas han declarado ya los primeros incendios-, y habrá que hacerlo con imaginación y causando los menores quebrantos posibles al sistema económico. Pero es igualmente claro que la solución al problema de fondo, a la crisis causada por la desconfianza en el sistema financiero y los elevados precios del petróleo, no está aquí dentro. Aunque sí esté en nuestra mano ir preparando al país para que las futuras crisis nos resulten menos onerosas y las bonanzas, más productivas y benéficas.