Querer y no poder

01/10/2010 - 09:45 Hemeroteca

EDITORIAL
La Policía Nacional de Guadalajara ha participado en la desarticulación de una red que distribuía falsificaciones de joyas de una conocida marca por todo el país.
La fiebre del quiero y no puedo salta de los mercadillos y se introduce en las tiendas de lujo, algo que resultaría imposible si en la conciencia de los españoles existiera el concepto: derechos de autor. Sin embargo, las estadísticas son rotundas: uno de cada seis consumidores españoles admite comprar falsificaciones de marcas de forma voluntaria, con un gasto medio de 20,66 euros por cada producto. El negocio ilegal de venta de falsificaciones en España supone el 0,19% del importe mundial, lo que supone 150.000 millones de euros. Madrid y Valencia son los principales centros de este comercio paralelo al legal, en función del número de intervenciones efectuadas por la Guardia Civil, pero ciudades periféricas como Guadalajara se convierten en mercados eventuales que están en alza.

La confección, el calzado y la marroquinería provocan la inmensa mayoría de los servicios policiales. Uno de cada cinco empresarios textiles se queja de este tipo de problemas que golpean a sus marcas y que invade todos los sectores como el de la joyería. El montante que se dedica en nuestro país a este mercado negro no es nada despreciable: nos gastamos 285 millones de euros al año en adquirir copias de marcas, algo a lo que reconocemos nos vemos abocados debido a los altos precios de los originales. El consumidor y el falsificador adquieren protagonismo en cuanto a partícipes de la falsificación de la marca que cada año ocasiona tremendas mermas económicas empresariales, pérdidas de empleo, reducción de la recaudación tributaria y la desvalorización de la marca, así como una primera “desidealización” de la Propiedad, pues la marca es un derecho de Propiedad Industrial.

Es muy importante diferenciar la imitación de la falsificación porque la primera, bien entendida, no es delito, ya que el imitador mantiene e incluso defiende su identidad y sus derechos como imitador, mientras que en la falsificación no, y lo que se pretende es suplantar la identidad del fabricante. En el fondo, hacerse partícipe de la piratería es reconocer la esencia de una sociedad cada día más pendiente de las apariencias, aunque estas no sean más que burdas imitaciones.