21/06/2019 / 12:04
Emilio Fernández Galiano


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Real lustro

Resulta provocador comparar los dos periodos recientes en pretendidos regímenes de libertades, la Segunda República con nuestra actual Monarquía. Aquélla fue incapaz de modular una convivencia pacífica que generara permanencia.


 

He defendido a la monarquía parlamentaria en numerosas ocasiones. Primero por un principio empírico, no en vano las peores épocas de nuestra reciente historia fueron sin Corona y, en contra, bastante de las mejores, con ella. Hablo de la historia moderna. Pero si retrocedemos al concepto de lo que hoy es España, bajo la monarquía fuimos referencia europea, política y colonial. La criticada, ahora, presencia en las Américas, con un mínimo rigor, supuso la expansión de nuestra cultura y civilización y, a diferencia con otro tipo de imperialismos, como los del norte, fundimos en el mestizaje las diferentes civilizaciones de uno y otro lado del Atlántico. Y lo bien que nos viene ahora. Es fácil, con los criterios actuales, criticar la colonización, teniendo en cuenta, por ejemplo,  cuándo se aprobó la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Y toda esa Historia, igualmente, bajo nuestra dilatada monarquía, la más antigua de Europa. 

Desde la restauración de la Corona tras la muerte del dictador, España ha gozado del proceso más intenso y efectivo de ejercicio de libertades, desarrollo del bienestar y mejora de nuestras infraestructuras. Suena a coletilla oficial, pero no por ello es menos cierto. Digamos que bajo la batuta real la orquesta ha sonado bastante bien. Aceptemos que con algún instrumento desafinado, asumamos que con alguna partitura mal interpretada. Me pregunto, sin esa batuta, ¿qué hubiera ocurrido?

Resulta provocador comparar los dos periodos recientes en pretendidos regímenes de libertades, la Segunda República con nuestra actual Monarquía. Aquélla fue incapaz de modular una convivencia pacífica que generara permanencia. Al contrario, se extremaron los mensajes y se precipitaron los radicalismos. Y el “invento” se rompió. Como tal sucedió, si no hubiera sido así se hubiera roto por el otro extremo.   ¿Y si Alfonso XIII no hubiera permitido la “dictablanda” de Primo de Rivera, por cierto, vista con buenos ojos por el PSOE republicano? ¿Y si Alfonso XIII hubiera asumido las reglas del juego democrático, reglas por entonces inocentes, hasta la llegada de la izquierda –no necesariamente republicana en esta ucronía-? En definitiva, ¿y si el bisabuelo de nuestro actual monarca no se hubiera exiliado? ¿Hubiera existido el franquismo?

Lo que resulta incontestable es que el asentamiento de un sistema democrático, como el que pretendió la Segunda República, y el que llegó tras la dictadura de Franco tuvieron distinta suerte –o infortunio-. En mi opinión, la existencia de una monarquía  democrática en el segundo caso es definitiva para comprender el resultado de aquélla y ésta.

Por otro lado, y situándonos en el momento actual, los Estados más avanzados del viejo continente tienen a la monarquía parlamentaria como forma de Estado. Y si abundamos en sus ventajas y en lo que respecta a nuestro país, que la jefatura de Estado no corresponda a ningún partido político, es una bendición providencial. 

El lustro que celebramos del sucesor del sucesor – hay que valorar que Juan Carlos I no dudara un minuto de lo que debía hacer, renunciando a todo su poder y finiquitando al franquismo,  y, por favor, contextualizando el momento a sus fechas, que siempre nos empeñamos en criticar las cosas sin respetar el transcurso del tiempo ni ubicarnos en el pasado-, es celebrar con normalidad la sucesión dinástica. 

Nuestro tiempo mantiene conflictos históricos que siguen sin resolverse. El nacionalismo anti estatal, principalmente. La idoneidad del mejor jefe de Estado que hemos tenido desde Carlos III, permite albergar la esperanza por la que sólo por los cauces legales canalizados por nuestra Constitución podremos mantener los principios que la consagran –que incluyen su propia modificación- y que nos permiten vivir en el mejor tiempo de libertades y progreso. Felipe VI, siendo consciente de determinadas consecuencias, no dudó en defender nuestro ordenamiento jurídico como así se lo exige la Carta Magna. Y tal vez porque se acordó de la paradoja de Popper; la tolerancia no puede ser infinita con la intolerancia, sería devorada por ésta.


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