Regeneración democrática
01/10/2010 - 09:45
ANTONIO PAPELL
Estamos asistiendo a una magnífica coincidencia: por el azar de los calendarios, la ya larga precampaña electoral española se está solapando con el proceso de primarias en los Estados Unidos. Aquélla, desenlace de una legislatura hosca y ruda, de grandes enemistades y de coléricos disensos, agrava el hartazgo que muchos tenemos de una política ruin y desorientada que difiere demasiado de la que soñamos quienes vivimos y auspiciamos en la medida de nuestras fuerzas el período constituyente.
Las primarias USA, en cambio, constituyen el gran alarde democrático de un país en plena madurez y no en decadencia, como aseguran sus detractores, con poco fundamento- que es consciente de que la dirección de los asuntos públicos es un asunto muy serio al que deben llegar los mejores tras un minucioso proceso de selección y decantación, primero en el seno de los partidos, después mediante el grandioso plebiscito general.
Uno trata de no ser malicioso y de no incrementar la desazón que produce aquí la gran mediocridad reinante en estos prolegómenos electorales, pero es imposible no sentir cierta sana envidia de los norteamericanos, sin duda orgullosos al asistir a la pugna por el liderazgo que está teniendo lugar entre personajes que llevan muchos años preparándose para esta ocasión, al frente de equipos interdisciplinares muy competentes que han preparado minuciosos programas y cuidadosas estrategias.
Aquí, en cambio, hemos padecido una permanente endogamia, en ocasiones explícita y a veces tácita, que ha ido generando representantes y líderes mediante procesos oscuros, en absoluto competitivos, y a los que no han podido concurrir quienes hubieran deseado desempeñar un rol político al margen del sistema partitocrático. Entiéndaseme bien: no se pone en duda la limpieza ni la legitimidad democrática de los sucesivos liderazgos; sencillamente, se lamenta que la competición política no haya sido mucho más abierta, lo que hubiera incrementado la igualdad de oportunidades y hubiese permitido que la circulación de las elites hubiera seguido pautas de mérito y capacidad.
Aclaro, por si acaso, que esta crítica solapada que está implícita en estas líneas no se dirige a los líderes principales de nuestro firmamento político, que han dado generalmente la talla, sino a los segundos niveles, que, con las honrosas excepciones de siempre, han carecido de envergadura por la sencilla razón de que, al contrario de lo que pretendía Ortega en sus discursos regeneracionistas, no van ni mucho menos los mejores a la política. En cualquier caso, hemos edificado un sistema de representación francamente mejorable en el que la mediocridad hace carrera y el ingenio brilla llamativamente por su ausencia. Y es bien patente que la propia clase política es consciente de ello: los programas de los principales partidos, y especialmente de los que están en la oposición cuando se celebra cada consulta, incluyen capítulos enteros dedicados a propuestas de regeneración democrática, encaminadas a perfeccionar la representación, a flexibilizar y abrir los partidos políticos, a mejorar los instrumentos del control del poder y a perfeccionar los equilibrios de los poderes entre sí.
Pero, por sistema, los partidos que han efectuado estas propuestas tan estimulantes se olvidan de ellas cuando llegan al gobierno. Con una excepción relevante, que ha sido la desgubernamentalización de RTVE llevada a cabo por este gobierno presidido por Rodríguez Zapatero. Pero, una vez reseñada esta plausible singularidad, hay que añadir con resignación que la excepción confirma la regla también esta vez.
Porque para que los partidos se abran a la sociedad y den acogida en sus organizaciones a personalidades relevantes de diversas disciplinas no basta con la buena voluntad de los líderes: sería necesario modificar de una vez el viejo sistema de las listas cerradas y bloqueadas que figura en la normativa electoral desde las primeras elecciones democráticas de 1977. Ya se sabe que este paso no es sencillo porque debilitaría a los partidos, ablandaría la disciplina interna, fomentaría las escisiones, etc. Sin embargo, esta medida, o cualquier otra reforma de la ley electoral que persiga semejantes objetivos, es inaplazable si se quiere infundir vida a un pluralismo a todas luces decadente.
Hemos de convencernos, en fin, de que la decisión política más trascendental no es la que los ciudadanos/electores tenemos que tomar cada cuatro años sino la previa de los partidos políticos a la hora de seleccionar y designar al mejor candidato. Y aunque haya que desacralizar y desmitificar la figura del líder por puro sentido de la racionalidad, no es de recibo que aquí se practique todavía el dedazo a la mexicana o que el finalmente designado lo sea por el azar de una carambola en su organización, sin haber acreditado suficientemente ante la opinión pública sus aptitudes.
Éstas que exhiben Obama y Clinton a los ojos de todos, con un ímpetu y una altura que aquí son sencillamente desconocidos.
Uno trata de no ser malicioso y de no incrementar la desazón que produce aquí la gran mediocridad reinante en estos prolegómenos electorales, pero es imposible no sentir cierta sana envidia de los norteamericanos, sin duda orgullosos al asistir a la pugna por el liderazgo que está teniendo lugar entre personajes que llevan muchos años preparándose para esta ocasión, al frente de equipos interdisciplinares muy competentes que han preparado minuciosos programas y cuidadosas estrategias.
Aquí, en cambio, hemos padecido una permanente endogamia, en ocasiones explícita y a veces tácita, que ha ido generando representantes y líderes mediante procesos oscuros, en absoluto competitivos, y a los que no han podido concurrir quienes hubieran deseado desempeñar un rol político al margen del sistema partitocrático. Entiéndaseme bien: no se pone en duda la limpieza ni la legitimidad democrática de los sucesivos liderazgos; sencillamente, se lamenta que la competición política no haya sido mucho más abierta, lo que hubiera incrementado la igualdad de oportunidades y hubiese permitido que la circulación de las elites hubiera seguido pautas de mérito y capacidad.
Aclaro, por si acaso, que esta crítica solapada que está implícita en estas líneas no se dirige a los líderes principales de nuestro firmamento político, que han dado generalmente la talla, sino a los segundos niveles, que, con las honrosas excepciones de siempre, han carecido de envergadura por la sencilla razón de que, al contrario de lo que pretendía Ortega en sus discursos regeneracionistas, no van ni mucho menos los mejores a la política. En cualquier caso, hemos edificado un sistema de representación francamente mejorable en el que la mediocridad hace carrera y el ingenio brilla llamativamente por su ausencia. Y es bien patente que la propia clase política es consciente de ello: los programas de los principales partidos, y especialmente de los que están en la oposición cuando se celebra cada consulta, incluyen capítulos enteros dedicados a propuestas de regeneración democrática, encaminadas a perfeccionar la representación, a flexibilizar y abrir los partidos políticos, a mejorar los instrumentos del control del poder y a perfeccionar los equilibrios de los poderes entre sí.
Pero, por sistema, los partidos que han efectuado estas propuestas tan estimulantes se olvidan de ellas cuando llegan al gobierno. Con una excepción relevante, que ha sido la desgubernamentalización de RTVE llevada a cabo por este gobierno presidido por Rodríguez Zapatero. Pero, una vez reseñada esta plausible singularidad, hay que añadir con resignación que la excepción confirma la regla también esta vez.
Porque para que los partidos se abran a la sociedad y den acogida en sus organizaciones a personalidades relevantes de diversas disciplinas no basta con la buena voluntad de los líderes: sería necesario modificar de una vez el viejo sistema de las listas cerradas y bloqueadas que figura en la normativa electoral desde las primeras elecciones democráticas de 1977. Ya se sabe que este paso no es sencillo porque debilitaría a los partidos, ablandaría la disciplina interna, fomentaría las escisiones, etc. Sin embargo, esta medida, o cualquier otra reforma de la ley electoral que persiga semejantes objetivos, es inaplazable si se quiere infundir vida a un pluralismo a todas luces decadente.
Hemos de convencernos, en fin, de que la decisión política más trascendental no es la que los ciudadanos/electores tenemos que tomar cada cuatro años sino la previa de los partidos políticos a la hora de seleccionar y designar al mejor candidato. Y aunque haya que desacralizar y desmitificar la figura del líder por puro sentido de la racionalidad, no es de recibo que aquí se practique todavía el dedazo a la mexicana o que el finalmente designado lo sea por el azar de una carambola en su organización, sin haber acreditado suficientemente ante la opinión pública sus aptitudes.
Éstas que exhiben Obama y Clinton a los ojos de todos, con un ímpetu y una altura que aquí son sencillamente desconocidos.